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San Cristóbal: leyenda viva de Metztitlán

Por: Milagros Reynaldo

Inmerso en la verde vega hidalguense, replegado en un cerro con forma de ballena, se encuentra el pintoresco San Cristóbal, cuya cercanía con la laguna de Metztitlán ha hecho de él un pueblo pescador, a pesar de ser la agricultura su principal actividad económica.

Inmerso en la verde vega hidalguense, replegado en un cerro con forma de ballena, se encuentra el pintoresco San Cristóbal, cuya cercanía con la laguna de Metztitlán ha hecho de él un pueblo pescador, a pesar de ser la agricultura su principal actividad económica. Rodeado de los hermosos cerros, unos de un amarillo pálido, otros con el rosáceo de los amaneceres y la mayoría de un singular verde olivo plateado, este rinconcito de Hidalgo es, además, la tierra de un pueblo poeta e imaginativo, cualidades que se reflejan en sus curiosas y bien urdidas leyendas.

Al decir del profesor Javier Torres y su hermano Samuel, vecinos amantes de su natal pueblo y exquisitos anfitriones, la leyenda del cerro de la ballena cuenta que éste no existía; que en las orillas de la laguna vivía una familia de pescadores con una hija, dechado de virtudes, llamada Xochiltépetl. Todas las mañanas la niña se internaba con su canoa en aquellas apacibles aguas, lamentándose de no tener con quién jugar. Los dioses, al escucharla, se compadecieron y la premiaron por su bondad enviándole una lúdica ballenita. A partir de ese momento la vida de la niña cambió, los días se tornaron alegres y entretenidos.

Cierto día llegó un forastero con una bebida desconocida para todos, el pulque, y pronto el pueblo, bajo sus efectos, se hizo flojo y desobligado. Los dioses, con gran disgusto, empezaron a secar la laguna como castigo. Xochitépetl, temiendo por la vida de su ballenita, imploró que tuvieran compasión de ésta. Al escuchar sus súplicas, los dioses decidieron convertir a la ballena en cerro, para que su presencia fuera un símbolo trascendente del amor y la amistad.

Entre la amena plática nos fuimos a visitar la iglesia de San Cristóbal, cuya belleza reside, precisamente, en la sencillez de su arquitectura y de su ornato. Luego subimos al cerro del Fortín, muy cercano al templo. Dicha elevación está formada por grandes rocas, dispuestas de tal manera que parecieran creadas por la mano del hombre. Rematada con una cruz blanca, desde su cima se tiene una de las más hermosas vistas del pueblo, de la laguna y de las verdes vegas.

Si algo llama de inmediato la atención del visitante es la curiosa forma de la mayoría de estas montañas, un tanto bajas. No son ni un montón de rocas dispuestas sin concierto, ni un cúmulo de piedras y tierra. No, éstas poseen una belleza intrínseca en su composición. Es sorprendente cómo los cerros pueden estar formados por la superposición regular de un gran número de lajas, al parecer calizas, y de un grosor similar. A esta interrogante debe añadirse que, curiosamente, dicha superposición no es siempre horizontal, en su gran mayoría es transversal y, aunque pocas veces, también pueden formar figuras geométricas casi triangulares, dando la impresión de un gran mural pétreo al aire libre.

Se hace necesario en este punto mencionar que los cerros son hábitat, según estudios realizados por los botánicos, de once variedades de agave, cuatro especie de orquídeas y doce de hierbas matorrales. Esta sierra es, además, poseedora de una de las más ricas colecciones de plantas desérticas que existen en el mundo: hay casi 60 especies de cactus, entre los que destacan la biznaga, los órganos y los famosos viejitos (estos últimos en peligro de extinción, aunque por fortuna existe ya un vivero cerca de Metztitlán encargado de reproducir y propagar nuevos ejemplares).

Bajamos del Fortín y nos dirigimos a La Vega. Y caminando entre coles y calabazas, llegamos a una elevación donde se pueden observar interesantes muestras de pintura rupestre.

Las pinturas son pequeñas, de unos 10 cm, pero en ellas se nota la sensibilidad que tuvieron sus creadores, probablemente los antiguos mezcas, para transmitir la expresión casi de asombro de un venado o la fortaleza de carácter de un guerrero. Creemos que estas manifestaciones culturales merecen ser estudiadas por los especialistas.

De regreso a San Cristóbal nuestros amables anfitriones nos tenían dispuesta una mesa bien servida, donde el rey era un enorme y sabrosísimo tamal cuadrado, hecho a la barbacoa, típico de la región. En la agradable sobremesa, Samuel nos platicó una más de las hermosas historias de San Cristóbal. Y con su voz baja y pausada comenzó a contarnos la leyenda, nacida en la época de la Colonia, de cuando llegaron unos frailes con la misión de evangelizar al pueblo. Según la historia, entre ellos había uno identificado sobremanera con la bondad de los pobladores y la belleza de la región, y todas las tardes subía al cerro del Fortín, y por horas contemplaba la hermosura de La Vega y de la laguna.

Un día –continuó Samuel–, llegó la orden de que los religiosos debían regresar de inmediato a la ciudad de México. El fraile, al conocer la noticia, se puso muy triste; y subió al Fortín, como de costumbre, y se puso a orar pidiendo que ocurriera un milagro: poder quedarse más tiempo en San Cristóbal. Postrado estuvo implorando al cielo, sin darse cuenta de que había anochecido. Por la mañana del nuevo día sus compañeros empezaron a buscarlo por todas partes; al no encontrarlo y conociendo su costumbre de subir al mencionado cerro, hacia allá se encaminaron. Grande fue su sorpresa cuando lo encontraron convertido en piedra. Desde entonces podemos verlo orando por el pueblo que tanto quiso.

Ya oscureciendo, de regreso a Metztitlán –allí nos alojamos, pues en San Cristóbal no hay hotel–, pasamos junto a un cerrito copado de arriba abajo por un gran shalama –árbol endémico de la región– que nace en las rocas para aferrarse a éstas con sus poderosas raíces, hasta dar con ellas en tierra firme.

Al día siguiente, en la mañana, nos dirigimos de nuevo a San Cristóbal, donde ya nos esperaba nuestro amigo Javier para conducirnos a la laguna de Metztitlán. En el camino recogimos también a Telésforo Flores, pescador del pueblo quien sin otro pago que el de la pura gasolina, nos dio una excursión en su lancha por las partes más interesantes de la represa. Antes de abordar la pequeña embarcación tropezamos con unos pescadores que estaban alrededor de una improvisada fogata. Cocinaban al vapor unas hermosas carpas rellenas de cebollas, chiles y queso oaxaqueño y envueltas con papel aluminio. Quisimos comprarles algunas mas, para sorpresa y admiración nuestra, y a pesar de que era su almuerzo, nos regalaron tan sabroso platillo regional acompañado de un montón de tortillas. Esta fue una prueba más de la generosidad y hospitalidad de este pueblo, cualidades ya muy escasas en las grandes ciudades.

DE CÓMO SE FORMARON LA LAGUNA Y LA VEGA DE METZTITLÁN

En la laguna, algunas aves acuáticas se afanaban en la pesca de quizá su primer alimento del día. Nuestro destino era visitar El Tajo, con el fin de conocer cómo se originó la represa natural más grande de México. En el trayecto pudimos disfrutar no sólo del paisaje sino también de la presencia de las estilizadas garzas, de la gracia y delicadeza de los ibis negros y de los desconfiados cuervos de agua. En lo que respecta a la fauna de esta región, se conocen 93 especies de aves, 16 de mamíferos, y varios tipos de peces.

Luego nos enteramos de que la Vega de Metztitlán es una cañada de 100 km de largo, y que, según mapas del siglo pasado, toda esta región era un gran lago que tenía su comienzo en el actual pueblo de Venados y terminaba en San Cristóbal, a unos 80 kilómetros.

Al llegar a El Tajo pudimos ver la montaña de la cual, hace unos 35 mil años, se desgajó una gran parte para obstruir parcialmente el paso del río Metztitlán.

Las verdes vegas de Metztitlán se encuentran en una zona de clima subtropical, parecido al de Cuernavaca; son de una topografía plana horizontal y en ellas se cultiva –con excelentes resultados– el maíz, la papa, la coliflor, el chile, la calabaza y el jitomate, entre otros.

Anteriormente, en épocas de mal tiempo, producto de la crecida de los ríos el nivel del agua de la laguna subía, se desbordaba, y los terrenos quedaban bajo el agua, perdiéndose las cosechas. Esto provocó que durante la presidencia de Lázaro Cárdenas se construyera el primer túnel, con sus compuertas, para ayudar a los sumideros naturales de la laguna a evacuar el agua hacia el otro lado de El Tajo. “Como consecuencia de esta obra de ingeniería se formó, pasando esta frontera producto del desgajamiento, un nuevo río, el Almolón –comenta Javier–, pero los resultados para evitar el desbordamiento de la laguna no fueron los esperados. ¡Miren, miren hacia la derecha, allí está el túnel!” ¿Pero entonces qué hicieron para resolver el problema? pregunto yo. “¡Ah! entonces se construyeron unas segundas compuertas más arriba”.

Luego de contemplar el paisaje y de admirar las obras de ingeniería que solucionaron de manera definitiva el problema de los desbordamientos, dimos por concluida la expedición.

Al día siguiente nos fuimos a México con la certeza de un próximo regreso, ¿por qué? porque en La Vega hay mucho qué ver, y la hospitalidad de su gente hace que, como aquel monje convertido en piedra, uno no se quiera ir, al menos definitivamente. Experiencia imborrable fue ver, además, el sentimiento de fidelidad que tienen los pobladores por su tierra. A ella están aferrados como el majestuoso shalama a las rocas.

Fuente: México desconocido No. 270 / agosto 1999

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