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La antigua Ruta del Vino en Baja California

Anímate a conocer más sobre el vino mexicano y recorre la antigua Ruta del Vino en Baja California. Los paisajes son hermosos y los vinos exquisitos.

16-08-2019, 4:00:02 PM
La antigua Ruta del Vino en Baja California
Archivo MD
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Periodista e historiador. Es catedrático de Geografía e historia y Periodismo histórico en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México donde intenta contagiar su delirio por los raros rincones que conforman este país.

Algunas personas saben que el vino y los viñedos se abrieron paso hacia el norte de las Californias por los valles ubicados al sur de Ensenada: la Grulla, Santo Tomás y San Vicente Ferrer. Pero poca gente sabe que aquí y ahora un puñado de vinícolas están elaborando varios de los mejores caldos del estado.

El vino acompañó a los misioneros que en tiempos virreinales expandieron el territorio cristianizado hacia el norte. En la segunda mitad del siglo XVIII, los frailes dominicos fundaron entre los indios kumiai y pai-pai una serie de misiones cercanas a la costa del océano Pacífico. Los religiosos trajeron consigo ganado, semillas, instrumentos de labranza y también vides. Consolidada una misión, todo aquello se difundía a la siguiente.

El sistema misional colapsó en el siglo XIX, pero la vid sobrevivió. De los viñedos de estos valles surgió la primera empresa vitivinícola de Baja California: Bodegas de Santo Tomás. Con el auge de los vinos mexicanos a fines del siglo XX y principios del XXI la región se ocupó de la vid en gran escala, aunque fuera del caso mencionado, como mera proveedora de uva. Quizá la mayor parte de la uva con la que se hace vino en Valle de Guadalupe proviene de estos tres valles.

En los últimos años, sin embargo, los viticultores, conscientes de la calidad de su uva, decidieron pasar a la siguiente etapa y ahora se han convertido en vinicultores. Y lo han hecho con gran fortuna. Sus vinos son espléndidos y anuncian que lo mejor está aún por venir.

Vinícola Santo Domingo

A 39 kilómetros al sur de Ensenada por la carretera Transpeninsular se llega al Valle de la Grulla. Los letreros en la carretera anuncian el Ejido Uruapan, que se creó a mediados del siglo XX con colonos provenientes de Michoacán, si bien aquí se trabajaba la tierra desde los siglos anteriores. Se trata de un valle fresco, gracias a que la brisa entra por el Cañón de las Ánimas desde el Océano Pacífico. Y está dotado de suelos arcillosos y arenosos.

Uno de los ranchos más antiguos del rumbo es el Rancho Santo Domingo, perteneciente a la familia Meza Ramírez desde la última década del siglo XIX. Ya por entonces en él se cultivaba vid y se elaboraba vino para los trabajadores de la cercana mina de El Álamo.

Tras la decadencia de la mina, la siguiente generación olvidó la vid por preferir la ganadería. Fue hasta 1980 que los nietos de los propietarios originales sembraron nuevos viñedos y, como otros productores de la región, se dedicaron a vender uva a las principales vinícolas bajacalifornianas.

En 2006, sin embargo, un grupo de agricultores del Valle de la Grulla formaron una cooperativa que a varias familias, como los Meza, les permitió elaborar sus propios vinos. Siguen siendo grandes proveedores de uva (venden aproximadamente el 90% de su cosecha obtenida en 45 hectáreas de viñedos), pero ahora, año con año vinifican con gran éxito.

De la mano de la enóloga uruguaya Laura Chiappella elaboran un vino joven a partir de uvas Grenache, Nebbiolo y Merlot, y tres muy buenos vinos monovarietales de reserva: Cabernet Sauvignon, Nebbiolo y Syrah. Por ahora producen unas 1,500 cajas. No es un vino fácil de encontrar, porque casi todo se consume en la zona.

MD Vinos

Propiedad de la familia Delgado, esta bodega es otra de las más importantes en la Antigua Ruta del Vino. Originalmente era un rancho involucrado en el cultivo de hortalizas y la ganadería, actividades que todavía hoy mantiene. A principios de siglo, sin embargo, la familia se embarcó en la vitivinicultura.

En 2008 elaboraron sus primeros vinos, que tuvieron tal éxito, que los impulsaron a ampliar su producción. Construyeron una nueva y enorme bodega en donde comenzaron a vinificar en 2015, con la asesoría de Gerard Zanzonico, un enólogo estadounidense que ha laborado en el Valle de Napa, California, desde hace 40 años. Hoy manejan ocho etiquetas. Están sus varietales Cabernet Sauvignon y Syrah, así como un Tempranillo que lleva un toque de Grenache.

También ofrecen ensambles, el celebrado Entre Tintos y uno más novedoso llamado Cerralvo en honor de la isla de este nombre en el sur del Mar de Cortés, ya que este vino también lleva uva sembrada cerca de La Paz, Baja California Sur. Tiene también un blanco, un rosado y un nuevo varietal de Nebbiolo que obtuvo medalla de oro en el Concours International des Vins de Bruselas en 2018.

Aparte de la calidad de los vinos, esta bodega amerita la visita por su extensión y sus paisajes campiranos. De sus 41 hectáreas, cerca de la mitad son de viñedos y la otra mitad son potreros o huertas de duraznos, cerezos y olivos. Se pueden hacer cabalgatas y comidas (se especializan en lechón, criado aquí mismo), previa reservación, así como eventos en la terraza que mira a la bodega.

Viñedos Palafox

Al pie de la carretera Transpeninsular se localiza esta bella casa vitivinícola. Su nombre formal, Vinícola Aldo César Palafox, hace honor a su fundador, quien inició este proyecto en 1997 y al poco tiempo falleció. Su familia retomó el proyecto a principios del siglo actual y poco a poco lo ha desarrollado y robustecido.

Estableció un proceso de vinificación por gravedad con maquinaria de vanguardia y construyeron una impresionante bodega subterránea. De los incipientes viñedos casi experimentales de hace 20 años, han pasado ahora a 42 hectáreas en tres ranchos. En 2008 producían unas 800 cajas anuales, ahora están por obtener unas 10,000.

La fama de esta casa no proviene sólo de su notable crecimiento en volumen, sino también de la excelencia de sus vinos, que a lo largo de los años han recibido una crítica muy favorable de la prensa especializada. Asesorados por la enóloga Lourdes Martínez Ojeda, siguen ofreciendo dos tintos muy aplaudidos, elaborados por ensamble: Tributo y Pionero.

Entre los blancos está Quercus, y el galardonado Marija, un Chenin Blanc de gusto clásico. Quienes siguen las últimas tendencias en vinos no pueden perderse la última creación de la casa, el Natural Rosé, que además de ser un vino natural, está hecho a partir de uva Misión, la vieja cepa que llegó con los jesuitas a la Baja California desde finales del siglo XVII.

Su sala de degustación se encuentra en el edificio de la bodega, que se levanta en un promontorio rodeado por viñedos en su parte trasera. Al frente, una serie de jardineras con lavanda y plantas suculentas conduce hacia un jardín poco visible a simple vista por el recién llegado.

Aquí una serie de gruesos encinos centenarios se hacen acompañar por manzanos, perales, bugambilias y palmeras que cobijan a infinidad de pájaros. Atrás se extienden más viñedos. Desde luego, este jardín se alquila con frecuencia para bodas y eventos sociales, sin embargo, el visitante puede disfrutarlo para degustar en él los vinos de la casa.

Bodegas de Santo Tomás

Al sur del Valle de la Grulla se levanta una serie de montañas tras de las cuales se abre otro hermoso valle donde se encuentra esta vitivinícola, que es la más veterana de Baja California y una de las mayores productoras de vino en México.

Sus orígenes hay que ubicarlos en la misión dedicada a Santo Tomás de Aquino que los frailes dominicos establecieron aquí en 1791. A mediados del siglo siguiente el terrateniente Lorenzo Amador adquirió las tierras de la misión, donde se seguía cultivando la vid y produciendo vino para el consumo local.

Al morir, su viuda se vio en la necesidad de vender una porción de tales tierras, conocida ya como el Rancho de los Dolores. Así, el vasco Francisco Andonaegui y el italiano Miguel Ormart, mercaderes en el puerto de Ensenada, compraron el rancho y se dedicaron en adelante a comercializar el vino. Esto ocurrió en 1888, año considerado como el del nacimiento formal de la empresa.

En 1931, Andonaegui vendió la bodega al general Abelardo L. Rodríguez, quien más tarde llegaría a la presidencia de México. Posteriormente, la empresa pasaría a manos de la familia Pando y la familia Cosío, la cual es su actual propietaria.

Las diversas innovaciones de Bodegas de Santo Tomás en 130 años de historia, la colocan como una casa vanguardista en la industria mexicana del vino. Desde fines del siglo XIX, los propietarios sembraron en sus viñedos nuevas cepas, como Zinfandel, Rosa del Perú y Palomino.

En la década de 1930, el enólogo italiano Esteban Ferro, contratado por Abelardo Rodríguez, introdujo dos cepas que ahora son características del vino bajacaliforniano: Cabernet Sauvignon y Barbera. Para 1939, la bodega embotelló vino mexicano por primera vez en la historia y pocos años después ya lo vendía en distintas partes del país (gracias a los barcos del ex presidente Rodríguez).

En la década de 1980, Santo Tomás trajo al enólogo Hugo D’Acosta, quien renovó profundamente la bodega y ha dado un intenso impulso a la vitivinicultura bajacaliforniana. Finalmente, en 2003 contrató a Laura Zamora, la primera enóloga mujer responsable de una bodega mexicana, quien hasta la fecha está a cargo de los vinos de Santo Tomás.

¿Hace falta destacar la calidad de los vinos de esta casa? Las etiquetas que manejan abarcan desde los sencillos vinos Misión (sus vinos más baratos), hasta varietales como el Barbera o el Syrah, o espléndidos vinos de guarda como Duetto y Unico.

Otro ámbito en el que Bodegas de Santo Tomás se ha ubicado en primera línea es en el enoturismo. El viajero puede degustar sus vinos en los espacios de la empresa en Valle de Guadalupe y Ensenada (ver capítulo de Ensenada). Aquí también, sólo que la degustación se combina con un recorrido en una de las experiencias vínicas más originales y divertidas que se puedan disfrutar en México.

En la degustación básica se visitan los viñedos en una carreta y durante el recorrido se hacen paradas para probar algunos de los vinos de la casa. También se visita el audaz edificio de la planta de vinificación, construido en 1995 por el arquitecto Alejandro D’Acosta.

El itinerario culmina en una cava donde se realiza una cata de maderas; en ella se ponen a prueba los sentidos y resulta un cierre con broche de oro a la experiencia (no lo describimos aquí para no arruinarle al lector la sorpresa).

Hay recorridos más sofisticados que pueden incluir comparación de vinos jóvenes con vinos de reserva o comparación de vinos por diferencia de suelos o de edad, o bien, el ejercicio de hacer uno su propio ensamble. Para grupos también se pueden organizar comidas de maridaje, invitando a determinados chefs. Sea como sea, ésta será siempre una visita obligada en cualquier recorrido enológico por Baja California.

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