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Así se vivió la caminata Costa a Costa en el desierto de Baja

Cada año el desierto de Baja California recibe a los caminantes durante tres días de travesía de Costa a Costa. ¡Conoce esta experiencia!

23-11-2018, 5:35:22 PM

Nina Pizá

En noviembre sucede esta aventura caminando por el desierto Costa a Costa de Baja California. Regularmente somos alrededor de cien personas quienes lo intentamos. Muchas completan los 110 kilómetros caminados y otras más, hacen lo posible e imposible por lograrlo pero el cuerpo a veces no da para más y recorren menos.

Esta fue mi tercera travesía y aunque el camino siempre ha sido el mismo, cada experiencia es única. La mente, más que los pies, es el principal motor para avanzar kilómetro a kilómetro. La salida fue temprano por la mañana en Playa Altamira, de frente al Océano Pacífico. La tradición dicta que uno debe tocar el agua de mar y luego adentrarse en el desierto a lo largo de tres días.

Nina Pizá

No importa si se hace a solas o con compañía, conforme se avanza por el camino, cada asistente comprende que el ritmo es propio y que no es carrera de tiempo, sino de resistencia.

Primer día: Misión de San Francisco de Borja de Adac

La primera jornada que nos llevó hacia la antigua Misión de San Francisco de Borja de Adac, comprendió cincuenta kilómetros. Los días de otoño son cortos y el señor sol nos regaló su luz hasta las 4:30 de la tarde, a partir de ese momento el manto de la noche me cobijó hasta hacerme sentir que me adentraba en la boca del lobo. La luna estaba en su cuarto creciente y la visibilidad era limitada, los ruidos de la noche se hicieron presentes e inició el concierto nocturno de grillos y otros insectos propios de desierto.

Hice trece horas caminando. Si mis piernas pudieran hablar, seguro hubieran puesto una denuncia contra mí ante Derechos Humanos, pero no podía haber tregua, el fantasma de la derrota mental siempre ronda y es un obstáculo difícil de vencer, lo inteligente fue ignorarlo y tratar de no llorar de dolor y cansancio.

Nina Pizá

La primera meta había sido superada y la Misión de San Borja me recibía con aroma a cena y aplausos de mis compañeros que habían llegado antes que yo. El cansancio mental y físico sabían que habían llegado a zona segura y bajaron la guardia. La antigua construcción de la época virreinal, los viejos espíritus del desierto y el universo resguardaron mi sueño en el campamento, el día dos estaba por venir.

Entre cirios y cardones: Agua de Higuera

Campar junto a la Misión de San Borja me dio la oportunidad de conocer a José Ángel Gerardo Monteón, el custodio desde siempre de este histórico sitio. Él pertenece a la séptima generación de familia cochimí que ha habitado en el mismo lugar. “Aquí nací yo, mis padres, mis abuelos y toda mi familia. Yo ya soy mitad cochimí y mitad español” me dijo inflado el pecho lleno de orgullo.

“Parte del camino que ustedes recorren ahora yo lo hacía de niño cuando iba a la escuela, primero caminando luego a burrito o caballo. Hacía como unas diez horas, ahora lo hago en carro en una hora”, compartió José Ángel conmigo.

Me adentré en la vieja construcción que data de 1762, ya que es de los pocos vestigios que existen en el estado. Su labor evangelizadora terminó cuando se acabaron los indígenas y por ello, las misiones fueron abandonadas. La recorrí y la congelé en la memoria, el tiempo apremiaba y había 29 kilómetros por delante para caminar.

En la segunda jornada, se atraviesa el majestuoso Valle de los Cirios ubicado dentro del Desierto Central de Baja California. Conforme me abría paso entre ese singular bosque, descubría inmensos cardones, cirios de extrañas formas, choyas voladoras, datilillos, gobernadoras y torotes, antiguos y viejos guardianes del desierto. Pensaba que bajo esas filosas espinas han guardado por siempre celosamente sus néctares y agua, y ahora ahí estaba yo, mera observadora de esta grandeza milenaria que una vez al año nos dice buen camino.

Conforme avanzaba en el trayecto y mi mente viajaba de ida y regreso sobre las más diversas reflexiones, me topaba con otros viajeros, quienes sin importar la condición física en la que se encontraban mantenían el buen ánimo porque sólo había una meta en común: terminarla sin importar cómo.

Nina Pizá

Y en uno de esos encuentros fortuitos conocí a Catalina, quien por primera vez hacía la caminata y me confesó que la travesía le estaba ayudando a perder el miedo a la oscuridad, a la soledad y al mar. “En la ciudad no tenemos la oportunidad de ver el cielo como lo he visto aquí. Esas estrella que vi, la constelación con forma de ollita como yo le llamo, es una maravilla”.

El destino hizo que también cruzara mi camino con Manuel, otro andariego quien hacía esta caminata en honor a un familiar. “Mi esposa falleció recientemente de cáncer y ella tenía contemplado hacer la travesía pero el tiempo no le alcanzó, así que ahora me vine con mi hijo a hacerla, a ella le hubiera gustado venir”.

Las compañías en estos andares son temporales en su mayoría. Hay quien se detiene por cansancio, hay otros que lo hacen por alguna molestia, otros más porque aceleran el paso y entonces una termina otra vez caminando sola acompañada únicamente por nuestra propia sombra.

La segunda jornada nos llevó a Agua de Higuera, uno debía caminar 29 kilómetros pero mi cuerpo sólo dio para 21, preferí descansar y recuperar energía para el día que estaba por venir, gocé el atardecer del desierto y me dejé llevar por los brazos de Morfeo.

Destino final: Bahía de los Ángeles

El sol se asomaba tímidamente y nos despertaba poco a poco, el cansancio nos impedía movernos con ligereza hasta que del monte brotó un ruido desconocido para muchos, extrañado por otros: aullidos de tres coyotes que merodeaban el campamento como si fueran alarma para terminar de despertar.

Con esta singular manera de darnos los buenos días, me entregué por completo a lo que sería la tercera y última jornada de ésta inigualable experiencia que todo senderista debe de hacer al menos una vez en la vida. Para disfrutar de la inigualable vista de la Reserva de la Biósfera Bahía de los Ángeles, habría primero que caminar 31 kilómetros.

Nina Pizá

Mientras avanzaba en esa tierra arenosa, escuchaba mis pasos crujir y sentía que el dolor de mis pies y piernas no me abandonaría nunca. Me contagié de la algarabía mañanera de los otros caminantes pues todos sabíamos que ya faltaba menos y eso nos mantenía en pie.

Conecté mi música y como si mi reproductor supiera las condiciones bajo las que me encontraba, empezó a tocar esa canción con estribillos: “parece fácil, se ve muy fácil, pero es difícil, en realidad…”, esbozo una sonrisa y me entrego a la melodía. A todo pulmón canto la canción del Tri.

Salgo del desierto y camino ahora por la carretera que me llevará hacia el destino final. Canto y avanzo, ahora más lento pero sin desistir. Después de cuatro horas de andar, se abrió ante mi la postal donde el desierto y el mar se unen por siempre. El color azul marino y el turquesa de Bahía de los Ángeles aparecieron entre las montañas y me animaban a continuar porque estaba cerca de la meta.

Por más de dos horas aproximadamente, la majestuosidad del paisaje impide que despegues la vista de su esplendor, la imponente Isla de la Guarda, la segunda más grande del Golfo de California se roba el espectáculo de todo el archipiélago.

El cúmulo del dolor corporal que llevo a cuestas me empuja a seguir adelante, veo ya muy cerca de mi el punto de reunión de mis compañeros en el mar que con sus gritos a todo pulmón me motivan a continuar. Los sentimientos empiezan aflorar y la lágrimas de cansancio, desesperación y satisfacción ruedan por mis mejillas. Avanzo los últimos metros que me separan del Mar de Cortés y el bullicio y la porras de los que han llegado antes que yo me dan la bienvenida. He caminado 101 kilómetros antes de tocar las cálidas aguas del otro extremo donde salí hace tres días. Doy gracias a la vida por permitirme cruzar una vez más este otro México, la otra Baja.

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