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Cascadas de hielo (Estado de México)

Este tipo de cascadas no son exactamente parte de los glaciares, más bien son escurrimientos de agua en las paredes de roca producidos por la lluvia, que bajo ciertas circunstancias climáticas, se congelan.

22-07-2010, 4:15:42 PM
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Este tipo de cascadas no son exactamente parte de los glaciares, más bien son escurrimientos de agua en las paredes de roca producidos por la lluvia, que bajo ciertas circunstancias climáticas, se congelan.

¿Cuál sería nuestra expresión si nos dijeran que existen cascadas de hielo en México? al vez responderíamos: ¡imposible!, o preguntaríamos ¿dónde? Y ¿qué cara pondríamos si nos dicen que es posible escalarlas, y más aún si aseguran que están en los límites del Distrito Federal?

En México, las cascadas de hielo se forman en nuestros volcanes, específicamente en el Iztaccíhuatl, el Popocatépetl y el Pico de Orizaba. Este tipo de cascadas no son exactamente parte de los glaciares, más bien son escurrimientos de agua en las paredes de roca producidos por la lluvia, que bajo ciertas circunstancias climáticas, se congelan. La formación de cascadas de hielo se produce a finales de la temporada de lluvias y en algunas ocasiones en otoño e invierno. Una característica de las cascadas es que por lo general están orientadas hacia el norte; factor determinante para su formación, ya que a las paredes de cara al norte, casi no les pega el sol.

Andrés me invitó a escalar una cascada de hielo que se había formado en el Iztaccíhuatl, cerca del glaciar de Ayoloco. Quince días antes, él, solo, había escalado la cascada, pero esta vez quería subir acompañado para poder tomar algunas fotografías. Acepté la invitación, y unos días después nos encontramos caminando hacia el refugio, lugar donde pasamos la noche.

Planeamos que al día siguiente deberíamos llegar a la base de la cascada lo más temprano posible para evitar que el sol le pegara directamente y empezara a derretirse. Sin embargo, comenzamos a caminar a las siete de la mañana, eso implicaba que estaríamos escalando la cascada a las ocho; muy tarde para intentarlo; pero, de cualquier forma, la decisión estaba tomada.

El plan para el ascenso se dividió en cuatro etapas: la primera consistía en superar un muro rocoso, de aproximadamente quince metros de altura; el siguiente paso sería ascender un tramo vertical de diez metros de altura de la cascada. La tercera etapa era una rampa de hielo de alrededor de sesenta grados de inclinación y más de veinte metros de longitud. Por último, escalaríamos otra cascada de más de quince metros de altura.

Habíamos acordado que Andrés iría primero todo el tiempo, con mayor riesgo de sufrir una caída seria. Yo lo seguiría, pues la cuerda por arriba disminuiría mi riesgo.

En el primer tramo, observo cómo utiliza uno de sus piolets para empotrarlo en una fisura de la roca. Jamás había visto ese procedimiento, muy válido en nuestra situación. Sigue avanzando, coloca algunas protecciones, y se detiene; veo su cara de dolor, se había quitado los guantes para sujetarse mejor a la roca; seguramente sus manos se habían enfriado mucho, y el regreso de la circulación le devolvía la sensibilidad, junto con un gran dolor. Por fin logra terminar el primer tramo y grita que es mi turno.

Apoyando mis crampones contra la roca, logro enganchar un piolet en una de las protecciones que había puesto Andrés, me jalo del piolet, sigo subiendo haciendo movimientos desesperados, hasta lograr llegar a unos bloques de roca. Unpar de metros más y me encuentro con Andrés; apenas habíamos superado la primera etapa.

Ahora la escalada sería por la cascada. Andrés se prepara para el siguiente tramo, sube unos cinco metros y me doy cuenta que le es muy difícil encontrar un lugar dónde poner una protección. Son momentos de tensión. Finalmente se detiene y coloca un tornillo de hielo -¡qué alivio!-. Sigue subiendo unos tres metros más y coloca otro, progresa dando golpes muy preciosos al hielo con sus piolets hasta perderse de mi vista. Espero con ansiedad su grito de llegada a la reunión y mi señal de salida.

Soy yo el que ahora está entre carámbanos de hielo tratando desesperadamente de subir. Mis golpes con los piolets no son como los de Andrés; no tan preciosos. Veo cómo se cuartea el hielo y acaba por romperse; es probable que a su paso lo haya dejado frágil; además, mis antebrazos están a punto de reventar. Pienso -“Unos cuantos metros más y estoy en la reunión. ¿Cómo pudo subir él sin caerse?”

Nos preparamos para subir por la rampa para después escalar la última parte de la cascada. A los lados de la rampa de hielo había piedras sueltas, un lugar algo peligroso, pero lo que más me preocupaba era que empezara a pegarle el sol a la cascada. Conforme pasaba el tiempo la temperatura subía y el riesgo de que se colapsara la cascada aumentaba. Teníamos que escalar más rápido.

Mi compañero había superado bastante bien la rampa; mientras dejaba atrás un tornillo de hielo que le serviría en caso de una caída. Yo no apartaba la mirada para no perder detalle de sus movimientos, tenía que estar muy atento para detenerlo si caía. Cada vez que se alejaba, era imperiosa la necesidad de colocar otro punto de seguro.

Logra hacer unos movimientos laterales, me doy cuenta que el hielo es demasiado frágil; el ascenso se vuelve peligroso, un nerviosismo recorre mi cuerpo. Andrés da varios golpes con su piolet pero el hielo se quiebra; en un instante veo cómo se rompe un gran pedazo de hielo que cae sobre el casco de mi camarada, su grito me hace pensar lo peor. Por arte de magia o encanto divino queda suspendido de un solo piolet, ¡qué momento de tensión! Ya repuesto, consigue clavar sus dos piolets. Cuando la situación se ha normalizado, sigue escalando. Roban mi atención el contraste de los colores de su ropa con el hielo, la roca y el cielo me hacen reflexionar sobre nuestra presencia en este lugar, hostil pero a la vez hermoso.

Algunos trozos de hielo que caen me regresan a la realidad, ya está casi por salir de la cascada. Sus últimos movimientos me dicen que la parte final es difícil, le grito que tiene poca cuerda, desaparece de mi vista, al mismo tiempo que se acaba la cuerda, un rato de silencio y el grito “esperado”: ¡Vienes!

Por primera vez en mi vida ruego que empeore el tiempo, pero el sol hace su aparición. Escalo la rampa sin problemas hasta llegar a la parte vertical, subo un par de metros y escucho cómo ocurre el agua detrás del hielo. El miedo me invade, y me repito sin parar -“esto se viene abajo, tengo que salir lo antes posible”. Doy un golpe con mi piolet derecho y cae un trozo de hielo sobre mi cara; veo que me escurre un poco de sangre, pero no es de importancia. El sonido del agua escurriendo me pone nervioso, el hielo se rompe con mucha facilidad. Ahora, en lugar de golpear con los piolets, tengo que buscar los agujeros que dejaron los piolets de Andrés, para así poder colocar, “con mucho cuidado”, la punta de los míos. Así evito que el hielo se siga rompiendo, trato de escalar con la mayor delicadeza, me doy cuenta que me faltan pocos metros para salir.

Unos cuantos movimientos más, y saldré de este pequeño mundo vertical de extraña creación. Doy una última mirada al vacío; regreso mi vista, y veo con alegría a mi compañero sentado; unos pasos más y nos estrechamos la mano. Sólo nos resta caminar y platicar nuestra aventura.

Fuente: México desconocido No. 237 / noviembre 1996

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