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Cuetzala, lugar donde brota el agua en Guerrero

Necesitamos casi dos horas para recorrer los 33 km. de terracería que van desde la carretera federal Iguala-Teloloapan hasta la población de Cuetzala del Progreso, a partir del entronque del poblado de Chapa.

Necesitamos casi dos horas para recorrer los 33 km. de terracería que van desde la carretera federal Iguala-Teloloapan hasta la población de Cuetzala del Progreso, a partir del entronque del poblado de Chapa. El vehículo brinca por baches mientras, a tumbos, apreciamos el paisaje café verdoso de invierno que rodea las subidas, bajadas y curvas del camino que pasa por los poblados de Los Sauces y Cuaxilotla. Poco antes de llegar a nuestro destino, la vegetación de selva baja presenta un drástico cambio: a partir del nacimiento del río Cuetzala que vierte sus aguas en el caudaloso Balsas 30 kilómetros al sur, el verde intenso de los cultivos y las huertas crea un oasis contrastante con los resecos arbustos deBurserade los cerros calcáreos que siguen el curso del agua.

 En estas tierras fértiles, donde llueve un poco en verano e invierno, se aprovecha el río para la agricultura de temporal, y abundan las huertas de mamey que dan fama a Cuetzala. Desde la lejanía, el pueblo de Cuetzala (del náhuatl “entre quetzales” o “lugar donde brota el agua entre la arboleda”) semeja una mancha rojiza sobre una meseta rodeada por grandes cerros. Cuenta con casi cinco mil habitantes, y destacan sus calles de rectos trazos y sus casas de adobe, techadas con teja roja, que en muchos casos poseen corral para varios caballos y vacas. Muy cerca está el río, bordeado por sauces, amates y carrizos; y en sus pozas, como Las Tinajas, Del Paso o Petlancal, nadan jóvenes y niños, sobre todo en vacaciones de Semana Santa.

En sus riberas, las tierras planas son cultivadas con maíz, frijol, cítricos, grandes árboles de mango, aguacate y principalmente mamey, que ocupa las mayores huertas y alcanza altas producciones. Esta deliciosa fruta tiene una gran demanda regional. En terrenos más arriba, predominan los arbustos de cuajiote, guaje, cazahuate, gramíneas y herbáceas espinosas. Al caminar por estos parajes, se localizan lagartijas, iguanas, conejos, alguna paloma, calandria, pijuy, gavilán o los dañinos zanates. Cerca del agua sobrevuelan grandes mariposas verdes, blancas y amarillas o con mezclas de vistosos colores. Un atractivo más son las cascadas y la cueva aledaña al nacimiento del río, así como el santuario y el cercano cerro del chivo donde está una gran Cruz. 

EL SANTO PATRONO Y LAS FESTIVIDADES 

Cuetzala es muy visitado por su feria anual que se celebra del 21 al 25 de febrero. Cuentan que antes de entrar vehículos, los visitantes caminaban de tres a diez días para pedir favores o dar gracias al Señor de Cuetzala, o para comerciar. Hoy, como antaño, los fieles proceden de lugares lejanos como Altamirano, Huetamo, Teloloapan, Iguala y de otras regiones del país; pero ahora entran y salen en vehículos durante los cinco días que dura la celebración, una de las fiestas mexicanas más coloridas. Lo primero que hacen los visitantes es caminar por una empinada calle hasta el ojo de agua donde hace siglos apareció el santo junto a una gran ceiba. Se dice que todavía muchas personas con profunda fe pueden ver al santo entre las aguas del manantial.

 Ahí ha sido edificada la capilla de la Cruz, donde los fieles escuchan misa y reciben un “panecito” de tierra, como reliquia curativa que obsequia el mayordomo. Además, recogen piedritas para curar muchos malestares; colectan algas verdes, llamadas “amoscle”, del fondo del agua y las extienden para guardarlas ordenadamente; y llenan de agua el bule(Cucurbitasp.), recién comprado, para después usar todo como cura milagrosa: las piedritas y el panecito se hierven, y el amoscle se rehidrata y se coloca en la parte afectada. Los fieles permanecen varias horas en el santuario y después bajan al centro para ofrecer regalos, flores, velas, rezos y exvotos al santo patrono que veneran en la iglesia del siglo XVII. Desde el atardecer hasta entrada la noche del Miércoles de Ceniza, varios sacerdotes atienden a la gente que forma interminables filas para recibir la cruz, dibujada con ceniza, que simboliza nuestro origen y destino. Personas de todas las edades se acercan al santo, lo tocan, limpian y besan. Dentro de la iglesia, bailan todos los grupos de danzantes que al concluir su turno salen al atrio, donde tocan las bandas de viento. Los danzantes, llamados los “Retos”, entablan discusiones bailadas que se alargan varias horas; y las “Pastoras”, ataviadas con trajes rosas, blancos o azules, adornados de encaje, golpean el piso rítmicamente con un bastón cubierto de cascabeles y flores naturales.

Por otra parte se escucha el entrechocar de los machetes de los “Moros”, que bailan al ritmo de una flauta y un diminuto tambor; otros, como los “Chinelos”, los “Santiagueros” y los “Tecuanes” hacen su parte, y congregan a numerosos admiradores. Antes del amanecer empiezan los cohetones acompañados de “Las mañanitas” interpretadas por las bandas; los danzantes que bailan casi todo el día; el castillo y los juegos pirotécnicos se reservan para el último día, cuando se reúnen las multitudes frente a la iglesia, mientras las bandas tocan incansables. Junto al atrio, los juegos mecánicos como la rueda de la fortuna, los caballitos y el trenecito producen vértigo con sus vueltas.

Todo el pueblo vive la feria, pues las calles del centro están repletas de puestos con frutas y verduras, artesanías de barro, copal, petates, sombreros, y en muchas casas venden comida; es difícil caminar, y a veces la muchedumbre arrastra a los despistados. Solamente una casa de huéspedes alberga a escasas personas; el atrio de la iglesia es la mayor posada para casi la totalidad de los visitantes foráneos, quienes utilizan petates que aquí se venden casi igual o más que los mameyes.  Cuetzala es un pueblo con muchas fiestas, en su mayoría de índole religioso, como la de San Miguel, celebrada el 28 y 29 de septiembre y organizada por los miembros de una familia que solventa todos los gastos. Para ello se limpia la iglesia y la entrada se adorna con arcos de vistosas figuras hechas de flores. Mientras, en las calles, hombres disfrazados de animales y con ropas viejas y máscara, bailan, juegan y hacen participar a los observadores. Al mismo tiempo, en un extremo del pueblo, dicen que cada noche un bailador ensaya la danza de los “Tecuanes” que heredó de su abuelo para mantener viva la tradición. 

RECUERDOS DE OTROS TIEMPOS

La señora G. Aparicio recuerda con nostalgia aquellos tiempos… “Han pasado muchos años desde que viví en Limontitlán, un rancho cercano al poblado de Balsas, en la tierra montañosa en el norte de Guerrero. Las pocas casas de adobe y palma estaban junto al camino real que comunica a Cuetzala con Balsas. Durante el presente siglo, este camino de 30 kilómetros ha sido usado por arrieros para surtirse de productos básicos, porque ahí pasa el ferrocarril que, antes, era el único medio de transporte para viajar a ciudades más grandes como Iguala o México. Recuerdo con agrado aquella época de los años sesenta, y casi hasta mediados de los setenta. En febrero, al acercarse la feria del pueblo, dos o tres días antes del primer miércoles de Cuaresma, el camino se llenaba de peregrinos. A todos nos invadía una intensa inquietud, pues frente a nuestra casa pasaban las interminables procesiones con gran algarabía.

“La larga caravana se componía por más de 300 burros, y cientos de personas a pie. Los colores vistosos relucían con el sol del atardecer; las mujeres venían montadas de, lado, y sobre la espalda, envuelto en un rebozo, cargaban al niño pequeño que visitaría por primera vez al milagroso santo de Cuetzala. Otras mujeres traían, a manera de rifle, varias velas grandes, envueltas con tallos de carrizos para protegerlas durante el trayecto; y, a cada costado del burro, colgaban morrales llenos de ropa y comida. “La mezcla de voces sonaba extraña para mí porque hablaban en dialecto; sólo recuerdo frases como chu-chu-chu que decían al animal al tiempo que le pegaban con el talón para hacer que apresurara el paso. Algunos rezagados pedían permiso para “sistear”, quedarse y calentar su “itacate”; otros aprovechaban para dar agua y alimentar a los animales. Los menos precavidos compraban café, pan o comida a mi familia. Los primeros grupos, que pasaban a media tarde, se quedaban en otras rancherías como Loma Larga o Kalaquial (hoy Pueblo Nuevo); aunque, preferían lugares junto al agua, donde había algún manantial o arroyito.  “Días después, de nuevo veíamos a aquellos que regresaban a sus lejanos hogares ubicados en Mezcala, Xalitla, Maxela, Balsas y otros pueblos esparcidos entre las grandes elevaciones occidentales del país.

Durante el retorno pasaban más temprano y descansaban en sitios como Limón Real y Balsas, cerca de Limontitlán. Igual que el primer día, las mujeres venían sobre sus burros, pero ahora destacaban a la distancia porque traían la cabeza adornada con un “sacual” que es una bandeja honda de intenso color rojo hecha de cirián(Crescentia alata).El hombre de blanca ropa usaba sombrero de palma y venía casi siempre atrás de las mujeres para arrear los animales de su familia, formada cuando menos por dos mujeres. “Hoy casi todos los peregrinos llegan en vehículo, y ya no se ven aquellos densos grupos multicolores; no lucen con aquel colorido sus ropas y se ha perdido la costumbre de cubrirse la cabeza con el sacual. La modernidad ha llegado hasta aquí; los visitantes sólo permanecen uno o dos días y regresan rápido en sus vehículos repletos, con frecuencia sin esperar aquel milagro por el que vinieron. Muchos vuelven año tras año por la satisfacción de llevarse una canasta llena de mameyes y para visitar nuevamente al milagroso Señor de Cuetzala”. Igual que todos los cuetzaltecos, la presidenta doña Filiberta confía que los nuevos proyectos se cumplan y se concluya el acceso asfaltado para ir a Iguala vía Cocula y así sacar más rápido la producción de mamey. Otro objetivo es crear una casa de la cultura para dar cursos y albergar rebozos, máscaras, huipiles, piezas arqueológicas, fotos y piezas diversas. Aquellos que viven en Cuetzala saben que también será un beneficio para los miles de creyentes que, desde alejados rincones del país, durante todo el año vienen a pedir o agradecer algún milagro. 

SI USTED VA A CUETZALA

Desde la Ciudad de México tome la carretera 95 que va a Iguala. En Iguala tome la carrertera 51 rumbo a Teloloapan; aproximadamente en el kilómetro 50 a la izquierda se encuentra el camino que lo lleva hasta Cuetzala del Progreso.  Fuente: México Desconocido No. 238 / diciembre 1996

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