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De San José Iturbide Guanajuato a Aguascalientes

Rumbo al corazón del Bajío, este Sobre Ruedas nos lleva por lugares poco explorados del estado de Guanajuato, con sus infinitas leyendas, joyas arquitectónicas y tesoros naturales, para culminar en Aguascalientes, donde se mezcla en perfecta armonía la tradición con la expansión industrial.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Rumbo al corazón del Bajío, este Sobre Ruedas nos lleva por lugares poco explorados del estado de Guanajuato, con sus infinitas leyendas, joyas arquitectónicas y tesoros naturales, para culminar en Aguascalientes, donde se mezcla en perfecta armonía la tradición con la expansión industrial.

Aún no había amanecido cuando tomamos por la autopista México-Querétaro pues queríamos llegar al mediodía a nuestro primer destino, San José Iturbide, a poco más de media hora de la capital de ese estado, pero ya en el vecino Guanajuato. Luego de Santa Rosa Jáuregui y de pasar por delante de varios parques industriales queretanos, cruzamos rumbo a la llamada “Puerta del Noreste”, por la vialidad hacia San Luis Potosí.

UNA RUTA INUSUAL

No conocíamos este tramo que nos llevaría hasta la población próxima a los límites de la Sierra Gorda y que aún está poco explorada para el turismo, aunque dispone de múltiples atractivos, tanto urbanos como paisajísticos. Cuentan que en 1752 el entonces arzobispo de México, Manuel Rubio y Salinas, conoció el lugar durante una visita pastoral a las parroquias del noreste de su arquidiócesis. En camino a San Juan Bautista Xichú de Indios -hoy Victoria-, el prelado se percató del numeroso vecindario de esas tierras. De regreso, informó al virrey Juan Francisco de Güemes y Horcasitas sobre la necesidad de evangelizar esa zona guanajuantense y propuso construir un templo religioso, decreto que el virrey expidió ese mismo año. No obstante, el cumplimiento ocurrió hasta el 5 de febrero de 1754, fecha que se considera oficialmente como la de fundación de la entonces “Casas Viejas”, hoy San José Iturbide.

CON EL POLVO DEL CAMINO

En efecto, llegamos ante las puertas del Hotel Los Arcos poco después del mediodía y ahí nos esperaba quien sería nuestro guía durante dos intensos días, Alberto Hernández, un incansable promotor de la zona. Sin perder tiempo, dejamos nuestros equipajes y tras un fugaz refrigerio comenzamos el recorrido con solo cruzar la calle hacia la imponente Parroquia de San José, de arquitectura neoclásica y en cuyo vestíbulo de altas columnas con capiteles corintios que evocan los del Panteón de Roma, se aprecian dos placas, una con la dedicatoria “Al libertador Iturbide en el centenario de su entrada triunfal en la capital de la república. Uno de los pocos pueblos que no se han olvidado de su memoria. San José de Iturbide, a 27 de septiembre de 1921”, y otra con información acerca de la realización del templo, a cargo del padre Nicolás Campa.

EN POS DEL DESCUBRIMIENTO

A partir de ese momento, Hernández, al frente del volante de la Equinox, nos lleva a conocer a los artesanos del lugar, a ver cómo Gabriel Álvarez prepara sus novedosas velas, en una suerte de artificio sorprendente, o a que Luz María Primo y Luis Paniagua nos muestren cómo trabajan sus vitrales emplomados.

Más tarde, disfrutamos de una deliciosa comida, donde las enchiladas mineras típicas del estado calmaron el apetito, que se colmó con un estupendo helado de vainilla aderezado con cajeta de Celaya. Enseguida, salimos hacia Tierra Blanca donde se alzan retando el paso de los siglos las famosas biznagas gigantes, unos cactos impresionantes, que a pesar del daño causado por los depredadores de plantas exóticas en años pasados, aún ocupan buena parte de estos terrenos para admiración de ajenos y propios.

MÁS SORPRESAS

En la siguiente mañana volvimos por las proximidades, pues aún habían motivos para el asombro. Visitamos la Presa del Cedro, con sus raras formaciones pétreas, cual paraje de otro planeta y seguimos hasta el Cañón de El Salto, un sitio cada vez más popular entre los amantes de los deportes extremos, donde es posible volar en parapente y practicar la escalada, además de contar con un restaurante familiar desde el cual se divisa casi en 180 grados la magnificencia del paisaje.

Poco después, por la estrecha vialidad que nos lleva a Cienaguilla, entramos a una zona magnética que abarca unos cuatro km, donde al poner el vehículo en punto muerto este se mueve sin acelerarlo hasta alcanzar una velocidad de 80 km/h, además, en plena subida. Es una experiencia curiosa, que tal vez algún día puedan explicar los científicos.

Así transcurre el día, y luego de una visita a dos curanderas de la zona que nos explican el uso de las hierbas medicinales y del temascal a la manera regional, no nos queda tiempo para visitar el pueblo fantasma, Mineral de Pozos, donde se exploraron 300 minas entre el siglo XIX y principios del XX, pero que se ha sumido en el olvido. Ya organizaremos una futura visita, pues al salir el sol debemos continuar rumbo a San Miguel de Allende, a sólo 54 km.

DE NUEVO EN RUTA

Por una accidentada carretera entre la serranía partimos hacia esta ciudad tan reconocida a escala mundial por su señorío arquitectónico, sus calles empedradas, la permanencia de sus tradiciones, además de su encanto provinciano en singular conjunción con un ambiente cosmopolita, pues ha cobijado a múltiples escritores y artistas plásticos de varios continentes, quienes han colmado sus seculares casonas de galerías de pintura, escultura u otras manifestaciones, así como propiciado un clima inspirador para los amantes de la belleza en todos los rincones de San Miguel de Allende.

Aún recuerdo cuando más de 20 años atrás me dirigía en un ómnibus hacia Guanajuato, y este hizo una breve parada en la mágica ciudad. Fue tal el hechizo, que con mi bolsa al hombro bajé y me olvidé de proseguir el viaje previsto, mientras deambulaba por sus callejuelas, sus patios y sus plazas, entraba a sus iglesias, tomaba fotografías y observaba cada detalle, hasta que entrada la noche busqué otro transporte y saciada en parte mi avidez por el lugar continué hacia donde había olvidado que me esperaban. Quien me había despedido en la Central del Norte, en el DF, y los amigos que me recibirían en la capital del estado se preocuparon ante mi ausencia. Al siguiente día, cuando los contacté, me reprocharon la indolencia, pero comprendieron entonces que había quedado prendada, como tantos, de San Miguel de Allende.

SIEMPRE INABARCABLE

Otra vez aquí confirmo que, sin duda, se necesita mucho tiempo para conocer a fondo esta ciudad. Cual imán me atrae la Parroquia de San Miguel Arcángel, con su impresionante torre neogótica, visible desde cualquier punto y sus llamativas paredes de cantera rosa, erigida en el siglo XVIII. En el Jardín Principal y en los portales circundantes no cesa el paso de los turistas interesados en las obras de arte expuestas en las galerías o las artesanías de hojalata, bronce o vidrio, además de la cerámica o los artículos de piel. También, están repletos sus restaurantes con mesitas hacia la calle, de buen prestigio gastronómico.

Mantengo el paso y llego a la plaza del templo de San Francisco, construido a fines del siglo XVIII, y cuya fachada constituye una de las obras maestras del estilo churrigueresco en el país. Más adelante, descubro el Museo Histórico “Casa de Allende”, ubicado en una casona de notoria portada neoclásica, donde nació el prócer de la Independencia don Ignacio Allende y Unzaga. Es un sitio de indispensable visita para conocer más sobre la ciudad.

Comienza a llover y decido hacer una breve pero instructiva visita a la primera fábrica de vidrio soplado de la región, Guajuve. En medio de tan intenso calor, frente a los hornos de donde sacan al rojo vivo el material con el que realizan sus piezas, valoramos más la extraordinaria labor de los vidrieros. Resulta una vivencia impactante.

Luego, retomamos la ruta, esta vez hacia la capital del estado, por una carretera llena de curvas que a cambio de la emoción brinda vistas magníficas del exuberante paisaje del Bajío.

UN LABERINTO ENTRE CAÑADAS

El origen de su nombre, de raíz purépecha, denota su antigüedad. Antaño Cuanaxhuato o “lugar cerril de ranas”, Guanajuato afloró con sus grandes palacios y a veces diminutas plazas, con el influjo de las laberínticas ciudades de raíz árabe de la Península Ibérica, tanto que al pasear por sus calles pareciera que lo hacemos por el viejo centro de Granada o de Málaga.

Su auge como enclave minero se dio a mediados del siglo XVI, aunque no fue hasta el XVII y el XVIII cuando alcanzó su mayor bonanza. Antes de entrar a sus túneles que desembocan en el corazón de la urbe, con los que entre las décadas de los 50 y 60 del siglo XX entubaron el río homónimo para evitar los daños de las inundaciones y facilitar además el tráfico por su accidentada geografía, nos instalamos en el hotel Misión, de atractiva arquitectura y construido en el casco de la ex hacienda de San Gabriel de Barrera, del siglo XVIII, de la cual se restauró una parte donde se exhiben pinturas y muebles antiguos, y se conservan 17 jardines a la usanza de aquella época. Así, cerramos la noche, sólo con un breve paseo por el lugar, antes de irnos a dormir pues debemos recuperar las fuerzas para las largas caminatas previstas por Guanajuato.

EN LA PLAZA DE LA PAZ

Ahí nos espera Briseida Hernández, de la Coordinadora de Turismo estatal, quien nos guiará en esta incursión por los museos, y con posterioridad, por las vías subterráneas, mansiones, templos, callejones o mercados. Declarada en 1988 Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, indiscutiblemente es una de nuestras ciudades más espléndidas, con más de una decena de museos importantes, de los cuales, ante la imposibilidad de conocerlos todos, elegimos el Museo Casa Diego Rivera, donde nació este insigne pintor, y donde exhiben un centenar de sus obras representativas de sus años de formación y su periodo cubista. De ahí nos dirigimos a Museo de Sitio Siglo XVII, en el Claustro del ex Convento de San Pedro de Alcántara, donde se exponen los cambios de nivel sufridos por la ciudad durante su existencia, así como el estilo arquitectónico de las edificaciones religiosas en ese siglo. Para concluir la tarde, vamos al Museo Regional Alhóndiga de Granaditas, uno de los lugares imprescindibles para el viajero si desea ahondar en la historia regional.

CALLES Y LEYENDAS

Dedicamos el siguiente día a recorrer lo más posible de Guanajuato. Briseida propone ir al Templo de San Cayetano, erigido entre 1765 y 1788 por el propietario de la rica mina de La Valenciana, don Antonio de Obregón y Alcocer. Su impresionante fachada de estilo barroco churrigueresco se complementa con el oro reluciente en su interior, mineral con el que se elaboraron sus altares y retablos. Se trata, sin duda, de un homenaje a la opulencia de los viejos tiempos.

De ahí subimos hasta el mirador donde se alza el monumento a El Pípila, erigido en honor de Juan José de los Reyes Martínez, quien realizó un acto heroico el 28 de septiembre de 1810, en plena Guerra de Independencia, al incendiar a riesgo de su vida la puerta de la Alhóndiga de Granaditas. Desde aquí se contempla Guanajuato en todo su esplendor, tanto de día como de noche.

Bajamos por los túneles hasta el centro y nos tomamos un café en uno de los restaurantes de la Plaza de la Paz o Mayor, frente a la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato. Más tarde, pasamos por el famoso Callejón del Beso, pero proseguimos el recorrido hacia el Teatro Juárez, inaugurado por Porfirio Díaz, y luego buscamos el edificio de la Universidad, con su monumental escalera, uno de los símbolos citadinos.

También, ya en coche Briseida nos conduce hasta el Paseo de la Presa, un remanso de paz en la periferia y de ahí pasamos a ver -nada de entrar- varias casas de leyendas, donde según cuentan abundan los fantasmas y “asustan”. Así nos despedimos a Guanajuato, que siempre deja con ganas de más.

DE PASO POR LEÓN

Pocos kilómetros separan de la histórica capital del estado a la denominada “capital mundial de la piel y del calzado”. Sin embargo, sorprende su moder- nidad y el entorno comercial en plena expansión. Por supuesto, aprovechamos al máximo el tiempo para “ajuarearnos”, y salimos de allí cargando chamarras, zapatos, bolsas y cualquier cantidad de artículos con ese peculiar olor de la piel, todo comprado a un excelente precio. Todo un festín para el bolsillo.

Nos esperaba un largo trayecto de nuevo por la autopista rumbo a Aguascalientes, así que no demoramos la estancia para arribar antes de la medianoche.

TRADICIÓN E INDUSTRIA

Ambas palabras identifican a la ciudad de Aguascalientes, pues su conservado centro histórico brinda al visitante el encuentro con una rica tradición arquitectónica y cultural, mientras alrededor de sus anillos periféricos, bien planeados, y de sus vialidades de primera clase, han proliferado innumerables parques industriales que aseguran un empleo digno no sólo a miles de aguascalenteses, sino a una nutrida migración, en especial de jóvenes llegados de todo el país en busca de una superior calidad de vida.

En el recorrido matutino por la zona antigua no puede faltar la visita al Palacio Municipal y de Gobierno, del cual llama la atención de inmediato la atractiva fachada de tezontle rojo y los dos patios con más de un centenar de arcos de medio punto.

También, da gusto pasear con calma por la plaza principal o de la Patria, donde se yergue la catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Aguas Calientes, de portada barroca y erigida en el siglo XVI, para después buscar las edificaciones hechas por ese genial constructor autodidacta, Refugio Reyes, como el Templo de San Antonio, los hoteles Francia y París, o la antigua Escuela Normal. Como broche de oro, no olvidamos el Centro Cultural Los Arquitos, conocido siglos atrás como los Baños de Abajo, y que fuera declarado monumento histórico en 1990.

Ya al final de nuestro viaje vamos a las áreas más modernas y nos sorprenden el Museo de Ciencia y Tecnología “Descubre”, con su pantalla IMAX y sus muestras interactivas, así como los dedicados a la obra de José Guadalupe Posadas, al Arte Contemporáneo o a la historia regional. Todos son de primer nivel y merecen un día de nuestro viaje.

No nos da tiempo para conocer los alrededores y quedamos con el deseo de ir hasta Calvillo, popularmente nombrada “la capital mundial de la guayaba”, a la Presa Tolimique o a El Ocote, famoso por sus pinturas rupestres. No es posible ver tanto en una semana y con esos deseos volvemos hacia el DF pasando de largo por ciudades que nos motivan, como Lagos de Moreno, Silao, Irapuato, Salamanca o Celaya, pero que ya quedan como asignaturas pendientes para un futuro próximo.

TIPS PARA UN BUEN VIAJE

Buena parte de esta ruta se realiza por carreteras de cuota. Sin embargo, en el tramo entre San José Iturbide, San Miguel de Allende y la ciudad de Guanajuato el chofer debe extremar sus precauciones en la múltiples curvas, por lo que le sugerimos viajar preferiblemente en las horas del día.

La región visitada cuenta con una notoria diversidad artesanal a precios sumamente razonables. En Guanajuato hallará desde las multicolores piezas cerámicas de Mayólica -platos, jarrones, ollas, tazones o macetas, entre otras-, hasta velas ornamentales, curiosos rompeabezas o juegos de vasos de vidrio soplado con originales formas y tonos. No olvide en Aguascalientes los famosos manteles de deshilado o las blusas bordadas típicas del lugar.

Y a su regreso al DF aproveche para comprar dulces de Celaya -cajetas, obleas o cocadas- o haga un alto en la periferia de Irapuato, bien llamada “capital mundial de la fresa”, donde encontrará puestos con ofertas de ese fruto fresco, y también como postre en chocolate y cristalizado.

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