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El cartero, permanencia y lealtad

Día a día requerimos de su trabajo y constatamos o ponemos en duda, casi siempre injustamente, su eficiencia.

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Desconocemos su nombre y su rostro nos resulta ajeno, no obstante que es portador de noticias, mensajero de novedades y anunciador de acontecimientos. Por el contrario, él sí sabe quién somos, dónde y con quién vivimos y cuándo es posible encontrarnos.

Su sencillez, su lealtad y el empeño que pone en su trabajo le han valido la permanencia a pesar de los adelantos tecnológicos y de nuestra resistencia cada vez más evidente a tomar una pluma y una hoja de papel y asentarnos, tranquilamente, a escribir.

El cartero, personaje anónimo, es ignorado la mayor parte del tiempo. Sólo se hace presente una vez al año al deslizar debajo de nuestra puerta una sencilla tarjeta anunciando la cercanía de la celebración del 12 de noviembre.

Las misivas de Joseph Lazcano

Incontables cambios ha experimentado la sociedad desde que Joseph Lazcano, primer cartero de oficio de la Nueva España, empezó a repartir a domicilio en la ciudad de México misivas y legajos, cartas, documentos oficiales, libros y otros impresos. Conforme a las ordenanzas reales, Lazcano cobraba el porte, previamente indicado en la envoltura por el administrador de correos. Él sólo percibía un cuarto de real de sobreporte por cada carta.

Al parecer, el nombramiento de Lazcano se hizo en 1763 o 1764, cuandola capital de la Nueva España estaba dividida en barrios y empezaba a despuntar como una gran metrópoli, difícil de administrar a causa de su desordenado crecimiento.

Además de llevar la correspondencia, entre otras obligaciones, el cartero tenía la de anotar los cambios de domicilio, indagar los nuevos y dejar las cartas en manos del destinatario, o bien de sus parientes o servidores, en caso de la ausencia de éste, pero siempre que los conociera personalmente. Si el envío era certificado, debía recoger el recibo correspondiente y entregarlo en la administración de correos. Según la ordenanza de 1762, cuando el cartero no cumplía con su reparto en un término de doce horas o cuando modificaba el precio marcado en la envoltura, era suspendido, pues se le considerabaindigno del aprecio público.

En su tiempo, Joseph Lazcano fue el único cartero de la ciudad de México, mientras que en aquellos años París contaba ya con 117. Inexplicablemente, y a pesar de las reformas, en 1770 se suprimió el cargo de cartero hasta 1795 cuando gracias a una nueva ordenanza se crearon plazas postales en México y Veracruz y se instalaron oficinas subalternas de correos en numerosas ciudades y villas.

A partir de esa fecha los carteros de la Nueva España empezaron a usar un uniforme, que consistía encasaca de paño azul marino con chupín, collarín y vueltas encarnadas con alamares bordadoscon oro. A los carteros de ese entonces se les consideraba el cuerpo militar de correos.

Los carteros iban y venían

Durante la guerra de Independencia nuevamente los carteros desaparecieron del escenario, cuando menos en cuanto a sus pagos. No se sabe si los pocos que quedaban lograron subsistir sólo con los donativos de los destinatarios. De lo que sí hay constancia es de que las cartas permanecían en las oficinas de correos, en listas interminables hasta que eran reclamadas.

En 1865 se emitió un decreto que ordenaba la contratación de un cartero por cada barrio o cuartel de la ciudad, ocho en total. Las continuas luchas entre los grupos de poder impidieron que el decreto se cumpliera, pero tres años después se publicó el “Reglamento del servicio de los carteros de la Administración Pública”, mediante el cual el remitente pagaba el porte, pero utilizando timbres; por otra parte, las cartas sólo se aceptaban si iban en sobres.

Con el auge de las publicaciones que tuvo lugar en el último tercio del siglo XIX, el correo se vio en la necesidad de reglamentar el envío deperiódicos, cuadernos, folletos, devocionarios, libros a la rústica, calendarios, tarjetas, anuncios, avisos o circulares comerciales, billetes de lotería, impresos en cartón, vitela o lienzo y papel de música.

Hacia 1870 el movimiento general de correspondencia rebasó todas las expectativas. Sin duda, y a pesar de los escasos testimonios al respecto, el trabajo de los seis carteros de la capital debió ser de gran importancia durante la paz porfiriana, época clave en el desarrollo general de las comunicaciones. A finales del siglo XIX el correo ya manejaba 123 millones de piezas al año.

El uniforme de los carteros de inicios del siglo XX consistía en camisa blanca, corbata a rayas, saco largo y recto con solapas anchas y una gorra con las iniciales del servicio postal bordadas en el frente. Según el testimonio de un cartero de aquellos años aparecido en la publicaciónNuestro Correo, para ejercer el oficio antes había trabajado como meritorio, es decir sin salario alguno durante dos años, después de los cuales empezó a recibir 87 centavos diarios. El entrevistadoafirmaba quecuando algún cartero no cumplía eficientemente con su trabajo, los jefes lo golpeaban sin consideración alguna y además lo corrían. Si alguien se atrevía a quejarse era peor, pues las autoridades nos consignaban y detenían por incumplimiento del deber. Teníamos una disciplina tipo militar.

Carteros modernos

En 1932 se formó un grupo de 14 carteros dotados de bicicletaspara la correspondencia de “entrega inmediata”. Este servicio desapareció en 1978, fecha en que, por cierto, fueron contratadas en Mexicali, Baja California, las dos primeras mujeres carteras.

Hasta ese momento la labor del cartero era muy semejante a la que desempeñara en el siglo XVIII, cuando, entre muchas otras faenas, tenía que separar las cartas que iban a entregarordenándolas por calle y marcadas con el sello correspondiente, así como señalar a lápiz el orden de la entrega. Aparentemente, tanto el uso del código postal, vigente desde 1981, como la utilización de los vehículos motorizados simplificaron la tarea del cartero, pero en el desempeño de su oficio surgieron nuevos obstáculos, entre otros las grandes distancias, los peligrosde las vías rápidas, la inseguridad y, sobre todo, la deshumanización característica de las ciudades de finales del siglo XX.

Hacia 1980, en México había más de ocho mil carteros, la mitad de los cuales trabajaba en la capital. En promedio, cada uno repartía diariamente trescientas piezas de correspondencia, y llevaba una cartera que podía pesar hasta veinte kilos.

Depositarios de la confianza popular, los carteros son símbolo de civilización. En el contenido de su saco llevan hasta los más apartados rincones la alegría, la tristeza, el reconocimiento, la presencia de los ausentes. Su lealtad y su esfuerzo propician que entre el remitente y el destinatario se establezca o se reafirme un lazo ya casi irrecuperable: el privilegio de conversar.

Fuente: México en el Tiempo No. 39 noviembre / diciembre 2000

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