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El Desierto Chihuahuense: un vasto tesoro por descubrir

Lamentablemente, la creación de gigantescas conurbaciones donde se concentran los empleos, los servicios y la población, combinada con la deforestación y la creciente demanda de agua, amenaza con secar de verdad el Desierto Chihuahuense.

La imagen que tenemos de algo determina, en gran parte, la actitud que asumimos hacia ello y, por consecuencia, el trato que le damos. Al contemplar el desierto, mucha gente suele ver una luz aplastante, monótona y áspera, pero si la mirara a través de un prisma se percibirían todos los colores del espectro que se matizan con lo invisible en sus dos extremos. Uno escucha la palabra “desierto” y se imagina interminables dunas de arena impulsadas por un viento imbatible. Desierto: sinónimo de “abandono”, “vacío” y “yermo”, “reino de exiliados”, “imperio de la sed”, “frontera entre civilización y barbarie”, frases y vocablos que resumen las ideas más comunes sobre este espacio tan importante para la historia nacional, la ecología mundial y el equilibrio del clima del planeta. Puesto que sus tierras y sus habitantes son marginales, rara vez se sospecha la abundante y diversa riqueza que esconden.

Aun y cuando componen la tercera parte de la superficie del globo terráqueo y la mitad de nuestro país, los desiertos figuran entre las regiones menos comprendidas y valorizadas. El Great Basin, el Mojave, el Sonorense, el Atacama, nombran grandes regiones áridas de nuestro continente, pero el Desierto Chihuahuense es la más extensa, la más diversa, y probablemente la menos estudiada. Este enorme espacio alberga ecosistemas muy diversos: bolsones, pastizales, riberas, humedales, cañones y sierras boscosas que forman islas en los archipiélagos del cielo. Cada uno de estos nichos nutre sorprendentes formas de vida.

Este desierto comenzó a formarse hace cinco millones de años, en el Plioceno. Hoy, al oeste, la región boscosa y escarpada de la Sierra Madre Occidental aprovecha el agua de las nubes provenientes del océano Pacífico, mientras que al este la Sierra Madre Oriental hace lo propio con las nubes que se aproximan desde el Golfo de México, por lo que la precipitación promedio sólo varía entre 225 y 275 mm por año. Al contrario de otras zonas áridas, la mayor parte de la precipitación ocurre en los meses cálidos de julio a septiembre, lo cual, aunado a su altura, influye en los tipos de vida silvestre que ahí prosperan.

La grandeza del Desierto Chihuahuense no radica únicamente en su tamaño: el Fondo Mundial de Vida Silvestre (WWF) le otorga el tercer lugar en el planeta debido a su biodiversidad, ya que alberga 350 (25%) de las 1 500 especies de cactáceas conocidas, y tiene la mayor diversidad de abejas en el mundo. Asimismo, lo habitan cerca de 250 especies de mariposas, 120 de lagartijas, 260 de aves y alrededor de 120 de mamíferos, y es de los pocos desiertos del mundo que cuentan con importantes poblaciones de peces, algunos de los cuales viven en humedales permanentes como Cuatro Ciénegas, Coahuila.

Las estadísticas son impactantes, pero las estrategias de supervivencia que han creado inusitadas formas de vida lo son aún más. Imagínese: arbustos como la gobernadora (Larrea tridentata) que pueden soportar el sol calcinante sin recibir una gota de agua por dos años; ranas que suprimen la fase larval, o renacuajo, y nacen como adultos para no depender de un pozo de agua para su reproducción; plantas que brotan hojas cada vez que llueve convierten la luz en alimento y, días después, las dejan caer para no perder el líquido vital; poblaciones de lagartijas compuestas sólo de hembras que se reproducen, o más bien se clonan, mediante la partenogénesis sin necesidad del macho fecundador; cactáceas diminutas y antiquísimas que únicamente crecen en un cerro del mundo, o reptiles con sensores de calor cerca de la nariz que les permiten cazar de noche. Esto es una mínima parte de lo que sabemos que existe en el Desierto Chihuahuense, una fracción de un milagroso tejido vital, urdido a lo largo de millones de años de evolución hasta alcanzar un equilibrio perfecto.

Si bien es cierto que los organismos del desierto son increíblemente resistentes, también es verdad que el tejido que constituyen es muy delicado. Se dice que una especie es endémica a una región cuando nada más ocurre de manera natural ahí, y el Desierto Chihuahuense cuenta con altos índices de endemismo debido al aislamiento genético de muchas de sus vastas subregiones. Este rasgo es un honor, pero también destaca lo frágil de la trama de la vida porque el vacío que deja una especie al desaparecer es irremediable y puede acarrear consecuencias funestas para otras. Por ejemplo, el dueño de un predio en San Luis Potosí puede decidir utilizarlo para construir una casa y, sin saberlo, eliminar para siempre una especie como el raro cactus Pelecyphora aselliformis. La tecnología ha permitido sobrevivir al ser humano, pero ha fracturado el ecosistema, agujerando la red de relaciones y poniendo en peligro su propia supervivencia.

Aunada a la indiferencia e incluso desdén de mucha gente hacia los desiertos, quizá la gran extensión del Desierto Chihuahuense ha impedido la realización de proyectos integrales de manejo y de estudio. Esto sería un primer paso necesario para resolver los graves problemas de la actualidad como el uso irracional del agua.

Por otra parte, las actividades tradicionales, como la ganadería, han tenido un impacto desastroso para el desierto y, por tanto, es necesario fomentar maneras más adecuadas de ganarse la vida. Ya que las plantas crecen lentamente debido a la falta de agua –a veces un cactus de dos centímetros de diámetro tiene 300 años–, la explotación de la flora tiene que respetar los tiempos que tarda en reproducirse antes que la demanda del mercado. Hay que mencionar también que especies introducidas, como el eucalipto, acaban con las endémicas, como el álamo. Todo esto ha afectado al desierto profundamente, a tal grado que podemos perder vastos tesoros aun antes de saber de su existencia.

Recorrer el Desierto Chihuahuense es como flotar en un océano de tierra y guamis: uno se percata de su verdadero y diminuto tamaño. Ciertamente, en partes de San Luis Potosí y Zacatecas enormes y milenarias palmas reinan sobre el paisaje, pero este desierto normalmente tiene la altura de la abundante gobernadora, el mezquite y otros árboles y arbustos que brindan protección a muchos grupos de plantas y animales. Su monotonía es aparente, porque la sombra y las raíces de los arbustos sostienen una diversidad de vida asombrosa.

El rostro de estas tierras no delata inmediatamente su enorme riqueza: vistas desde el aire parecen poco más que parcas extensiones de olvido, inmensidades de color mineral interrumpidas repentinamente por manchas de un verde polvoriento. El desierto revela sus secretos, y eso sólo a veces, a quienes estén dispuestos a soportar su calor y su frío, a caminar hacia sus lejanías y a aprender a vivir según sus reglas. Así lo hicieron los primeros moradores cuya presencia se ha reducido a nombres geográficos: Lomajú, Paquimé, Sierra de los Hechiceros Quemados, Conchos, la Tinaja de Victorio.

Quizá la fascinación nació de la luminosidad que desmaterializa hasta las piedras, de la sencilla poesía de sus pobladores, del aroma que suelta la gobernadora cuando llueve, del viento que empuja las nubes más hermosas sobre la faz de la tierra, del trazo que deja el tiempo en la roca, de los sonidos que divagan por la noche, del silencio que zumba en oídos acostumbrados al estruendo de ciudades o simplemente de la sorpresa llamada flor, lagartija, piedra, lejanía, agua, arroyo, barranca, brisa, chubasco. La fascinación se convirtió en pasión, la pasión en conocimiento… y de los tres brotó el amor.

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