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El museo comunitario en México

Los museos comunitarios han fundado un modelo de incorporación activa de las comunidades en las tareas de investigación, conservación y difusión de su propio patrimonio cultural…

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De ahí que hayan despertado gran interés en los especialistas dedicados a la creación y funcionamiento de los museos. De hecho, la inauguración de un recinto cultural de este tipo constituye la cristalización de un proceso paulatino de relación de la colectividad con el conocimiento y el manejo de su patrimonio, que resulta de una extraordinaria riqueza tanto organizativa como educativa. Veamos por qué.

En términos generales, el proceso principia cuando una comunidad manifiesta su voluntad de contar con un museo. La clave para que éste continúe reside en la organización de la propia comunidad, es decir, en la posibilidad de sancionar la iniciativa del museo en la instancia a través de la cual se sienten representados los habitantes del pueblo: Ia asamblea de autoridades tradicionales, la ejidal o la de bienes comunales, por ejemplo. El objetivo en este caso consiste en involucrar a la mayoría en el proyecto para no restringir la participación.

Una vez que la instancia adecuada acuerda la creación deI museo, se nombra un comité que durante un año cubrirá sucesivamente diversas funciones. La primera es consultar a la comunidad sobre los temas que abordará el museo. Esta actividad es muy relevante, pues permite a cada persona expresar libremente sus demandas de conocimiento, y al hacerlo, tiene lugar una primera reflexión acerca de lo que es importante saber, recuperar y mostrar de sí mismos; lo que corresponde a la esfera individual y a la comunal en términos de historia y cultura; lo que los puede representar ante los otros y simultáneamente los identifica como colectividad.

Es importante señalar que a diferencia de los museos institucionales -públicos o privados-, en donde la selección de los temas es definitiva, en los comunitarios se presentan unidades museográficas que no necesariamente contienen una secuencia cronológica o temática. Pueden surgir tópicos tan diversos como arqueología y medicina tradicional, artesanías y costumbres, la historia de una hacienda o la de un problema vigente sobre un deslinde de tierras entre dos pueblos vecinos. El acento está puesto en la capacidad de responder a las necesidades de conocimiento colectivas.

Un ejemplo muy elocuente en este sentido es el museo de Santa Ana del Valle de Oaxaca: la primera sala está dedicada a la arqueología del lugar, pues la gente quería saber el significado de las figuritas encontradas en las parcelas, al igual que de los diseños utilizados en la fabricación de sus textiles, probablemente procedentes de Mitla y Monte Albán. Pero también deseaba averiguar qué había ocurrido en Santa Ana durante la Revolución. Muchas personas tenían evidencias de que el pueblo había participado en una batalla (unas cananas y una fotografía) o recordaban el testimonio que el abuelo había platicado alguna vez, y sin embargo carecían de claridad suficiente sobre la importancia del suceso o bien del bando al que habían pertenecido. Consecuentemente, la segunda sala se dedicó a satisfacer estas interrogantes.

Así, durante el proceso de investigación que se realiza para cada tema, cuando se entrevista a los miembros de mayor edad o más experimentados, los individuos pueden reconocer en sí mismos y por iniciativa propia el papel de protagonistas en la definición del curso de la historia local o regional y en el modelaje de las características de su población, adquiriendo una idea de proceso, continuidad y transformación histórico-social que implica un importante giro en cuanto a la concepción del museo.

AI sistematizar los resultados de la investigación y elaborarse el guión museográfico tiene lugar una confrontación de las diferentes versiones de la historia y de la cultura, aportadas por los sectores y estratos de la comunidad, así como por las diversas generaciones. Comienza así una experiencia compartida de elaboración muy abstracta en Ia que se ordenan hechos, se resignifica la memoria y se asigna un valor a los objetos en función de su representatividad e importancia para documentar un concepto, es decir, se va construyendo poco a poco una idea de patrimonio comunal.

La etapa de donación de piezas enriquece sustancialmente la idea anterior en la medida en que favorece una discusión relacionada con la importancia de los objetos, la pertinencia de exhibirlos en el museo y acerca de la propiedad sobre ellos. En Santa Ana, por ejemplo, la iniciativa de hacer el museo derivó del hallazgo de una tumba prehispánica en un terreno comunal. Dicho descubrimiento fue consecuencia de un tequio acordado para la remodelación de la plaza del pueblo. La tumba contenía restos óseos humanos y de perro, además de algunos utensilios de cerámica. En principio, los objetos no pertenecían a nadie dadas las circunstancias; sin embargo, los participantes del tequio decidieron otorgar a los restos el estatuto de patrimonio comunal, al responsabilizar a la autoridad municipal de su conservación y solicitar su registro a las autoridades federales correspondientes, al igual que la realización de un museo.

Pero el hallazgo dio para más: propició el diálogo sobre lo que es representativo de la historia y de la cultura, y la discusión de si los objetos debían estar en un museo o permanecer en su lugar. Un señor del comité no creía que unos huesos de perro fueran tan valiosos como para mostrarse en una vitrina. Así mismo, varias personas señalaron los riesgos de que al mover una piedra con relieves prehispánicos “se enojara el cerro y se enojara la piedra “, hasta que finalmente se optó por pedirles permiso.

Éstas y otras discusiones fueron dando sentido y significado al museo, al tiempo que los habitantes adquirían conciencia sobre la necesidad de hacerse cargo ellos mismos de la conservación de su patrimonio en general, y no sólo de aquella parte que ya se encontraba resguardada. Además, terminaron los saqueos de material arqueológico que si bien esporádicos, ocurrían en los alrededores deI pueblo. La gente optó por suspenderlos una vez que tuvo la experiencia de valorar de una forma distinta los testimonios de su pasado.

Tal vez este último ejemplo pueda resumir un proceso en donde se ponen en juego todas las funciones que integran la noción de patrimonio cultural: identidad, a partir de la diferenciación respecto de los otros; sentido de pertenencia; establecimiento de fronteras; noción de un cierto concepto de temporalidad, y significación de hechos y objetos.

Visto de esa manera, el museo comunitario no sólo es el recinto que alberga objetos del pasado: también es un espejo donde cada uno de Ios miembros de Ia comunidad puede mirarse como generador y portador de cultura y asumir una actitud activa frente al presente y, por supuesto, al futuro: Io que quiere cambiar, Io que desea conservar y respecto de Ias transformaciones impuestas desde el exterior.

La reflexión anterior tiene una importancia central, dado que Ia mayoría de estos museos se encuentran en poblaciones indígenas. No podemos ser tan ingenuos como para suponer a Ias comunidades aisladas de su entorno; por el contrario, es indispensable entenderIas en el marco de subordinación y dominio que desde los primeros años de Ia conquista se ha construido a su alrededor.

Sin embargo, a la luz de lo que viene sucediendo en el contexto mundial, también es preciso considerar, aunque parezca paradójico, la emergencia de los pueblos indios y sus reivindicaciones étnicas y ecológicas. En cierta medida existe en los hombres el deseo y la intención de establecer otras formas de relación entre ellos mismos y con la naturaleza.

La experiencia de los museos comunitarios ha mostrado que a pesar de las condiciones tan precarias, los indios actuales son depositarios de un saber acumulado al igual que de modos particulares de acceder al conocimiento, rotundamente desvalorizados anteriormente. Así mismo, que mediante un proceso como el descrito es factible establecer una plataforma en la que ellos se escuchen a sí mismos y muestren a los otros -los diferentes- cuál es su historia y su cultura en sus propios términos y lengua.

Los museos comunitarios han llevado a la práctica el reconocimiento de la pluralidad cultural como un hecho que enriquece al conjunto y, por lo menos tendencialmente, podría contribuir al contenido mismo de un proyecto nacional, el que lo legitima y lo hace viable, se trata de desarrollar una nación pluricultural sin pretender que deje de serlo”.

Esta propuesta nos remite a la necesidad de considerar que un proyecto cultural en una comunidad indígena es, o debiera plantearse como, una relación de carácter simétrico, de intercambio, de aprendizaje mutuo. Reflexionar juntos nuestros propios pensamientos, comparar nuestras formas de conocer, de hacer juicios, de establecer criterios, alimentaría sin duda nuestra capacidad de asombro y potenciaría extraordinariamente la gama de perspectivas.

Requerimos del establecimiento de espacios para un diálogo respetuoso entre dos maneras de concebir la tarea educativo-cultural para establecer la utilidad y el valor de ciertos conocimientos y conductas.

En este sentido, el museo comunitario puede ser el escenario adecuado para iniciar ese diálogo capaz de contribuir al enriquecimiento mutuo de las preguntas y Ios saberes que se consideran dignos de ser conservados y, consecuentemente, transmitidos. Pero sobre todo, ese diálogo parece impostergable porque se ha convertido en un imperativo desde el punto de vista de nuestra responsabilidad frente a la definición sobre la clase de sociedad en la que deseamos vivir.

Desde esta perspectiva resulta indispensable pensar en los niños. El museo puede contribuir a la formación de nuevas generaciones en un marco de pluralidad y tolerancia, y también propiciar un ambiente en el que se escuche y se respete la palabra de los menores y éstos aprendan a confiar en su propia capacidad de expresión y de reflexión, desarrollada en el diálogo con los otros. Algún día no importará si los otros aparecen como iguales o diferentes.

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