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El reloj que marca el tiempo de la capital

El Palacio Postal fue sujeto a una restauración integral. La obra incluyó al reloj que se encontraba detenido, tanto por el abandono como por reparaciones mal realizadas.

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Para echar a andar el mecanismo se requirió de año y medio de trabajo, que se inició con una investigación histórica que reveló datos de gran interés. Uno de los múltiples atractivos del Palacio Postal de la ciudad de México es su reloj monumental, que durante décadas se consideró que marcaba el tiempo oficial de la gran urbe porque sus campanadas se escuchaban hasta a 4 kilómetros de distancia, y por la visibilidad de su carátula de 2 metros de diámetro, sobre la entrada principal del edificio.

Uno de los objetivos fundamentales de su reparación fue recuperar su funcionamiento con todo y el carillón o campanario, que sirve para anunciar las horas completas y también las medias.

Datos de su historia

La empresa Hermanos Diener y Compañía, propietaria de la joyería La Perla, fue la responsable de comprar el mecanismo en Alemania, en el año de 1906, a un precio de 5,515 pesos de la época. Ninguna de las dos empresas existe ahora. La búsqueda sacó a la luz cartas firmadas a principios del siglo XX por el arquitecto Adamo Boari, autor del proyecto general, en las que el italiano expresaba su inconformidad porque a la primera carátula del reloj instalada se le colocaron números romanos que no tienen relación con el diseño arquitectónico del inmueble —donde predomina el estilo ecléctico que fusiona el renacentista veneciano con el mudéjar y el gótico—, y solicita que sean cambiados a números arábigos, a lo cual se accedió antes de la inauguración, el 17 de febrero de 1907.

Entre engranes y pernos…

Descubrir la compleja maquinaria del reloj en 1996 fue una sorpresa; tras un muro de tabiques se encontró una vitrina de madera en donde se guardaban la mayoría de las piezas, aunque desarmadas y en estado ruinoso. Se inventariaron cientos de ellas: engranes, poleas, cuerdas, tornillos, flechas, trinquetes, cardanes, ejes, pernos, cables, rodamientos, tensores y pesas. Todas se limpiaron a fondo con cuidado de no dañar los metales ni sus acabados. Las piezas perdidas debieron ser fabricadas a mano y esmaltadas o bruñidas conforme  a la técnica original. De las seis campanas que anunciaban el tiempo, una se encontraba rota, por lo que debió fundirse una campana similar a las demás, pero con la nota musical faltante, para lo cual debió hacerse un análisis acústico-musical.

Más que un reloj, este instrumento es todo un artificio de varios relojes donde la ingeniería mezcla transmisiones hidráulicas y mecanismos con sistemas de freno de aire, engranajes y contrapesos. Su fuerza motriz la constituyen recipientes de hierro cargados de pesados balines que por gravedad giran ciertas poleas. Una vez por semana un empleado debe darle cuerda al aparato, lo cual consiste en enrollar dichas poleas para que el peso las haga girar.

Para recuperar la carátula horaria…

Se siguió el diseño original de Boari, el cual consta de un cristal esmerilado que permite el paso de la luz diurna a la máquina. Las manecillas de bronce dorado estaban intactas, pero el cristal estaba fracturado y tanto los números como un anillo de bronce que confinaba la carátula se encontraban muy deteriorados, por lo que debieron ser renovados. El marco decorativo que rodea la carátula circular es un altorrelieve labrado en cantera y consiste en un cuadrado que a su vez contiene un arco mixtilíneo con dos leones que sostienen la circunferencia de la carátula y ornamentos vegetales. El fondo de dicha decoración tenía un recubrimiento de oro de 22 kilates, que fue renovado.

La reposición de las piezas de relojería y su mantenimiento fueron tareas a cargo del maestro relojero Antonio Martínez y de su hijo Iván, quienes tienen en el Centro Histórico un taller especializado en reparar relojes antiguos, que van desde los hogareños hasta los mecanismos colosales de la Catedral Metropolitana y de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Renovación que resplandece

La fidelidad de la reconstrucción del monumento fue blanco de críticas por quienes consideran que los inmuebles antiguos pueden modernizarse, y hubo detractores que ironizaron que el edificio había sido “porfirizado” en alusión al conservadurismo del gobierno del general Porfirio Díaz, que construyó el inmueble.

Se argumenta que revitalizar el antiguo edificio de correos fue una obra paradigmática por constituir un símbolo histórico que mantiene su función original, ser sede del Servicio Postal Mexicano.

Así lo demuestran su poderoso tic tac que asemeja el latir del corazón, sus campanadas cada media hora que conforman su voz, y el contar con su propio trabajo, marcan minuto a minuto sin parar el paso del tiempo y de esta forma aportan un renovado impulso de vida al compás de la capital mexicana.

Datos interesantes

• La carátula fue diseñada en 1904 por Adamo Boari.
• El precio de la maquinaria en 1905 fue de 5,515, de su carátula 1,500 y de su instalación de 250 pesos.
• La carátula del reloj, de bronce con baño de oro, fue fabricada por la Fundición Artística e Industrial Mexicana.
• La carátula de cristal mide 2 metros de diámetro y 9 milímetros de espesor.
• El carillón de seis campanas pesa 700 kilos.
• Al mecanismo horario se le da cuerda una vez por semana.
• El reloj se inauguró junto con el Palacio Postal el 17 de febrero de 1907.

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