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El universo sagrado de los purépechas

El tiempo propicio para elevar las plegarias a los dioses estaba próximo.

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En Tzintzuntzan se preparaban para celebrar la Equata Cónsquaro, la gran fiesta en la que se aplicaría la justicia a los espías capturados en la guerra, a los cobardes que no habían obedecido las órdenes del cazonci de ir a pelear contra los enemigos, y a los desertores; también ahí morirían los falsos hechiceros, las prostitutas, los malos médicos y otros malvivientes, quienes esperarían en la gran mazmorra su destino final, que llegaría cuando el verdugo golpeara su cabeza con el gran mazo.

Para la festividad se habían juntado cuantiosas cargas de leña que serían utilizadas en la sagrada hoguera dedicada al dios Curicaueri. Mientras se reunían los aparejos necesarios, Tzipémuri, sacerdote de uno de los templos de la ciudad, a quien todos respetuosamente llamaban cura, “el abuelo”, instruía de nueva cuenta a su hijo Erauacuhpeni en los extraordinarios mitos que había heredado de sus padres y de sus abuelos, y éstos, a su vez, de las consejas recabadas por los primeros pobladores de Michoacán. Así, rememoró vivamente la creación del universo sagrado. Los padres de Tzipémuri le habían dado ese nombre, “el que alegra a los otros”, anhelando que, en efecto, fuera un convincente orador en el futuro.

El sacerdote relató cómo el universo fue ordenado en tres planos: arriba estaba Arándaro, la faja celeste que al mediodía era de color azul, donde volaban águilas y halcones; este era el hogar de Curicaueri, el Sol, y Xaratanga, la diosa lunar. Dando golpes con la planta del pie, Tzipémuri se dirigió a Erauacuhpeni diciéndole: “Nosotros los purépechas vivimos en Echerendo, la tierra, nuestra misión es cuidarla y protegerla; debemos estar siempre en paz con ella pues es la diosa Cuerauáperi, ‘nuestra abuela’, la que tiene el poder de crear, patrocinando el nacimiento de los hombres y de todas las cosas; y es también la que marca el fin de la existencia, manda las nubes y las lluvias, hace crecer el maíz que comemos, mas si se enoja puede enviarnos las hambrunas.

“Más abajo de donde estamos nosotros se encuentra el Cumiechúcuaro, lugar frío y oscuro donde domina la muerte; es un sitio lleno de cuevas en las que abundan las culebras, los topos, las tuzas y los ratones”.

Continuando con su relato, el sacerdote señaló a su hijo las cuatro direcciones que definían en el horizonte los límites del universo: “El rojo es el oriente, donde sale el Sol, el lugar preferido por Curicaueri, dios del fuego, quien puede tomar la forma de la gran águila blanca o bien transformarse en el sagrado cuchillo de obsidiana. A su vez, en el poniente vive Xaratanga; en aquella dirección del color blanco se encuentra también el mar; esta deidad es hija de Cuerauáperi, su culto se tenía desde la antigüedad en el lago de Pátzcuaro; es patrona de los pescadores, por ello debes tener cuidado de no provocar su enojo, de lo contrario esconderá los peces de la laguna y tendremos hambruna”.

Señalando hacia el norte, Tzipémuri explicó que ese rumbo se identifica con el color amarillo, y girando en sentido contrario mostró el sur, reconocible por el color negro, región muy conocida por su familia porque de ahí provenían los sabrosos productos de la Tierra Caliente. Antes de concluir esta parte de su relato, el sacerdote dijo: “Nosotros estamos en el centro, mira hacia arriba y contempla el cielo azul, ese es el color de la región donde ahora nos ilumina Curicaueri, el Sol que fertiliza a la tierra con sus rayos y su calor”.

Para esta hora del día, un buen número de sacerdotes se congregaba en el templo de Curicaueri para recibir las instrucciones del petamuti, quien se distinguía de entre los demás por su altiva figura: vestía una larga camisa negra decorada con pequeños adornos blanquecinos que seguramente eran plumas entretejidas; a manera de cetro, sujetaba una lanza muy ornamentada que indicaba su alta jerarquía religiosa; en la espalda cargaba un guaje o calabazo ritual recubierto con pequeños mosaicos de turquesa. Su pecho brillaba por el resplandor del colgante sagrado y las pinzas refulgentes que lo identificaban con su cargo de sacerdote principal.

Lo rodeaban los curitiecha, sacerdotes adjuntos que tenían la responsabilidad de controlar todas las prácticas religiosas que se llevaban a cabo en Tzintzuntzan; ellos se encargaban de recordar a su gente los deberes para con los dioses, principalmente la obediencia a Curicaueri y a Xaratanga. Cada uno cargaba sobre sus espaldas la calabaza ritual, símbolo de su misión de llevar a cuestas la devoción de todo el pueblo.

Otros sacerdotes menores, los curizitacha, también llamados curipecha, era muy conocidos en todo el pueblo porque constantemente cargaban sobre sus espaldas las ramas y otros elementos del bosque que utilizaban durante las festividades; ellos también velaban con los dioses y quemaban copal en los braceros durante la noche.

De entre todos destacaban por su aspecto fornido los tiuiniecha, sacerdotes que durante las guerras llevaban en sus espaldas las figuras de los dioses, tomando entonces el nombre del dios que cargaban a cuestas.

El petamuti, de pie, arengó a todo el sacerdocio a cumplir devotamente su misión; la fiesta se avecinaba y el pueblo sería nuevamente testigo de la ofrenda sagrada y del sacrifico de aquellos hombres, con lo que aseguraban las buenas cosechas y el triunfo del cazonci sobre sus enemigos en las próximas batallas.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 8 Tariácuri y el reino de los purépechas / enero 2003

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