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Estancia de la emperatriz Carlota en la hacienda de Mucuyché, Yucatán

Mi principal fuente de información fueron las cartas y los diarios de viaje que la princesa belga, archiduquesa austriaca e ilusa emperatriz mexicana, nos dejó de su puño y letra.

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Generalmente divido los viajes a través de México en dos grupos igualmente nutridos: los viajes físicos, concretos, que llevan a “peinar” rincones inusitados del país, y los viajes sobre el papel, de la mano de algún autor andariego de otros tiempos que haya dejado sus experiencias en alguna publicación.

Mi investigación acerca de los escritos mexicanos de Carlota de Bélgica me compenetró con ese dramático personaje y me acercó a los itinerarios que realizó por nuestro territorio.

Frustrada desde Europa porque Maximiliano fue echado del gobierno de Lombardo-Véneto por órdenes de su hermano el emperador Francisco José; desgraciada en cuanto llegó a México y constató que el pueblo no los esperaba con los brazos abiertos, sino que los veía más bien como extranjeros advenedizos; en fin, frustrada también en su vida familiar, Carlota asumió con vehemencia su artificial imperio y se refugió en las labores del gobierno (que le gustaban mucho más que a su esposo) y también se solazó con varios periplos, el más notable efectuado a Yucatán.

Aunque en un principio el recorrido fue planeado para la “pareja imperial”, a última hora Maximiliano tuvo que permanecer en la capital, pues su endeble situación no le permitía ausentarse más de un mes. Después de viajar por tierra de la ciudad de México al puerto de Veracruz, Carlota se embarcó rumbo a la península el 20 de noviembre de 1865, y durante su viaje, a manera de diario, preparó un informe en alemán para su esposo, escrito con caligrafía antigua o “gótica”. (Nuestra protagonista era políglota; hablaba francés, alemán, inglés, italiano y español, este último aprendido ex profeso para su aventura mexicana, además de latín y griego.

Después de una agitada travesía llegó a Sisal el 22 de ese mes y quedó deslumbrada: “Personajes blancos aparecían en los umbrales; aquí en Yucatán todo es blanco, hasta el suelo… Caminamos sobre un tapete de conchas blancas hasta la casa prevista para descansar. Allí la gente subió a las ventanas, agarrándose de las rejas, con grandes ojos, curiosos y amables…; el paisaje consistía en un bello matorral siempre vivo salpicado de muchas palmeras y grandes plantas en forma de abanico; en fin, era un bosque ininterrumpido”. La primera noche en suelo yucateco la emperatriz pernoctó en la hacienda de Hunucmá (tal y como lo reporta México desconocido en su número 187).

El buen humor de Carlota, frecuente en sus escritos, lo apreciamos ante un avance tecnológico: “Al lado de este camino se extiende el telégrafo hasta Sisal, el primero en la península, que funciona desde hace una semana. Malas lenguas dicen que los meritenses primeramente dijeron que ‘quién sabe lo que serán’ estas invenciones de los mexicanos, pero que luego telegrafiaban tan asiduamente todos los días que fue preciso equipar las oficinas con sillas para las damas”.

Los atuendos de la región admiraron a nuestra viajera: “Los trajes de los indios son verdaderamente algo excepcional… Por lo que se refiere al sexo femenino, el traje consiste en una falda de lino blanco (llamado fustán) con el borde primorosamente bordado en muchos colores. Por encima llevan una camisa con escote rectangular, bordada de igual manera alrededor del cuello, que cuelga en forma recta, y un velo blanco de la misma tela que usan las monjas. Los hombres llevan sombreros de paja tejidos en forma muy bonita con diseños negros, una pequeña banda negra como la que usan los ingleses, una camisola blanca y un par de pantalones”.

Una vez llegada a Mérida, Carlota visita y describe los principales atractivos: “Fuimos a pie a la catedral, construida en piedra amarilla al estilo morisco, como las de Málaga y Ragusa. Por dentro tiene formas muy hermosas, pero el altar está construido en estilo totalmente diferente. La cimbra es mucho más ancha y en la nave tiene lámparas con vidrio mate de corte muy agradable. Todo se asemeja mucho más a la Vieja España que a sus colonias; en una palabra, no es para nada americana sino más bien medieval”.

Como en Mérida observó a jóvenes mestizos rubios, escribió a Maximiliano: “Entre los hombres de Yucatán podrías escoger apuestos oficiales de ordenanza; (algunos) pudieran tomarse por alemanes”.

De su primera velada en la Ciudad Blanca, la visitante comenta entusiasmada: “En la noche todo está iluminado, es una verdadera fiesta veneciana como no he visto nada parecido desde Venecia, y las linternas multicolores de papel lucen muchísimo entre las guirnaldas… Salta a la vista que todas las mujeres y las muchachas llevan vestidos de muselina de lo más sencillo, pero siempre están vestidas y peinadas muy cuidadosamente, y que todo está muy limpio. No se ven pobres, tampoco hay limosneros, y no recibí ni una sola petición”.

En otra ocasión Carlota fue motivo de un agasajo diferente, y su relato nos remonta bastante más de un siglo en el tiempo: “En la tarde hubo un paseo por la calle principal y un panorama encantador. Todos los hombres y las mujeres estaban sentados frente a sus casas o detrás de las ventanas enrejadas, con trajes y vestidos claros, algunos en silla de ruedas. Otros se desplazaban, por parejas, en ligeras carretelas como en La Habana. Estos carruajes tienen sólo dos asientos, están muy inclinados hacia atrás y carecen de ventanas de vidrio. Los tira un caballo con la cola firmemente enrollada, como los de los majos, y monta al caballo un jockey. Las damas llevan vestidos con grandes escotes, no llevan nada alrededor del cuello, pero sí en cambio flores frescas en los cabellos. No sé de qué se morirá aquí la gente, pero difícilmente será de pena o dolor; la vida pasa como una eterna primavera y se comprende por qué se ama a un país como éste”.

Coincidió la visita de la emperatriz con la Exposición de Industria, Agricultura y Productos Elaborados, y valga esta crónica suya de primera mano: “Allí estaba el henequén en todas sus formas: en estado natural la hoja del áloe, aquí castaña, allá rubia, y finalmente firme y graciosamente hilada en sogas y hamacas… También se veían enormes cañas de azúcar y el gracioso ‘gusano de aceite’ que supuestamente produce un excelente aceite. La sala del medio estaba dedicada sobre todo a la industria. Peines de carey, esteras de hilado de henequén con dibujos coloreados, jarras y mantas de Izamal, calabazas untadas con el aceite del gusano…

Además, había un pequeño museo de productos naturales, como conchas de la costa de Cozumel, una colección de toda clase de maderas, desde el ébano hasta la caoba… Todas las especies estaban mezcladas, distinguiéndose una rama de la planta de tabaco con 50 cigarros elaborados que colgaban en la misma y que habían sido enrollados en las propias hojas… Lo que me impresionó sobremanera fue la habilidad y el justificado orgullo con que todo estaba agrupado para dar la mejor idea posible del futuro de Yucatán”.

El 5 de diciembre Carlota dejó la capital yucateca y partió rumbo a Campeche. Durante el trayecto visitó varias haciendas henequeneras, y entre ellas destaca la de Mucuyché, en aquellos tiempos “…propiedad de don Manuel José Peón, donde me rindieron los honores doña Loreto y el recién nombrado gentilhombre de cámara Arturo, su hijo. Acompañada por el sonido del ‘luntulo’ y nuevamente con antorchas, la familia Peón me enseñó el cenote, una pequeña laguna natural en medio de una bóveda de rocas, una rareza en este país donde escasea el agua. Es superfluo mencionar que en todas las haciendas las salas para los desayunos y para las cenas, y aun aquellas donde se pretendió comer, estaban amuebladas imperialmente, y que la hospitalidad se brindaba con esa gracia serena y simplicidad orgullosa típicas de la nobleza territorial yucateca”.

La voz maya de Mucuyché quiere decir “tórtola de madera”, y la hacienda de ese nombre se encuentra en el municipio de Abalá, 50 km al sur de Mérida, sobre una brecha que parte de la cabeza municipal. Aunque hoy se halla en ruinas, todavía es posible apreciar su hermosa construcción del siglo XIX que habla del auge del henequén. Originalmente la hacienda tuvo 5 000 ha de extensión, pero hoy sólo quedan 300 y el casco, que ocupa 12. La actual propietaria, la agradable y gentil doña Josefina Peón, es parienta de los dueños originales y me permitió el acceso a este sitio excepcional. Aunque es obvio que en tales ruinas no existe hoy mobiliario, los indicios de su antiguo esplendor nos dejan imaginar los motivos de las palabras de Carlota: “estaban amuebladas imperialmente”.

El cuerpo principal de la hacienda es una gran construcción rectangular rodeada en sus cuatro lados por un amplio pórtico con arcos conopiales, lo que le da un cierto sabor mudéjar a su apariencia. En dos de las entradas a los terrenos de la hacienda hay una especie de arcos, formados a su vez por otros más pequeños superpuestos, que dan la idea de una espadaña. Aunque ya sin ningún ornato eclesiástico, subsiste la capilla, y en diversos lugares se aprecia la forma como en esa época se techaban las habitaciones: con troncos y mampostería integrados.

Uno de los principales atractivos es su cenote, donde, de acuerdo con la siguiente cita que proviene de un raro libro, Carlota tomó un baño: “De retorno de su viaje a Yucatán, en 1865, la emperatriz Carlota Amelia se dirigió a Campeche por el camino carretero que pasaba por Ticul y Muná, con el objeto de visitar de paso las ruinas de Uxmal. La acompañaba una lucida escolta de lanceros a caballo, amén de sus damas de honor. Habiéndose detenido en la hacienda Mucuyché de doña Loreto Peón, al visitar el precioso cenote que hay allí Carlota manifestó deseo de bañarse en la cristalina linfa, lo cual hizo luciendo un atrevido traje de baño que no dejó de escandalizar un poco a las timoratas damas de honor”. Por otra parte, cabe señalar que también en Hunucmá dicen que Carlota nadó en su cenote, pero esta información no está documentada.

Hoy en día la espesa vegetación apenas permite vislumbrar la centenaria escalera que desciende al interior del cenote de Mucuyché, el cual está cubierto por una bóveda con estalactitas que lo convierten en verdadera gruta al aire libre, y sus aguas corrientes son de una perfecta transparencia. Relatar su belleza es bastante más fácil que experimentarla, pues en la región ha proliferado la abeja africana y hay un enorme panal en el techo de la alberca natural. De hecho, para entrar tuvimos que hacerlo fumando con profusión.

El calor de la recepción en Campeche conmovió a la emperatriz: “Todo esto venía de gentes humildes, de marinos ignorantes procedentes de las clases pobres campechanas, y no de meridanos poéticos y cultos. Una observación que hice fue que allí se llega al corazón más directamente, pero por un camino menos florido [que en Mérida]”.

El 16 de diciembre, Carlota se embarcó a Campeche rumbo a Ciudad del Carmen, donde llegó al día siguiente: “Este puerto está bien dotado de cónsules; aparte del ya mencionado [belga] hay un francés y un italiano, y todos bailaban las cuadrillas con mucho ánimo enfundados en sus fracs. La sociedad es bastante mezclada y menos yucateca”.

El día 19, Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina abandona el puerto carmelita rumbo a Veracruz “…despidiéndome con el corazón conmovido”. Poco después escribiría sobre “…esa hermosa y a mí tan cara península… Todas mis simpatías han sido y quedan para siempre en Yucatán”.

Menos de un año después caería víctima de la locura –esquizofrenia paranoide– y viviría enajenada durante más de seis décadas, pues murió en 1927, a los 87 años de edad. Hija de los reyes de Bélgica, nieta de reyes de Francia, prima de la reina de Inglaterra, cuñada del emperador de Austria, Carlota llegó a usar camisa de fuerza.

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