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Explorando Pacchen y el cenote del Jaguar

El cenote del Jaguar es algo verdaderamente impresionante. Se encuentra aproximadamente a 40 km de la costa del Caribe y el agua fluye a través de pequeñas filtraciones por donde un buzo no podría pasar. Su profundidad máxima, bajo el agua, es de poco más de 30 m y en el fondo hay agua salada.

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La aventura dio inicio al entrar al camino de terracería (sacbe) sin anunciarse. Después de cinco kilómetros llegamos al pueblo de Pacchen. Ahí había un grupo de mayas esperándonos. Jaime, el guía que nos trajo de Playa del Carmen, nos presentó a José, habitante de Pacchen, hombre fuerte, sonriente y muy amable.

Caminamos a paso rápido por la selva; en el recorrido, José nos explicaba el uso de algunas plantas y cómo había aprendido a curar con ellas. En tanto, llegamos al cenote del Jaguar (Balam Kin).

Entrar al cenote es algo impresionante. En un principio no se ve bien, pues la mirada se tiene que acostumbrar a la oscuridad, pero una vez que lo hace es posible distinguir una enorme galería con agua profunda y cristalina. Son 13 m de descenso hasta el agua. Desiderio, hermano de José, nos recibió con un flotador y una vez libres de la cuerda nos explicó: “Este lugar es un sitio sagrado, para nuestros abuelos era como un templo. Esta agua, cura”. Desiderio nos introducía a la parte mágica del cenote, pero también nos dio datos técnicos: explicó que la profundidad máxima, bajo el agua, era de poco más de 30 m y que abajo había agua salada. Los seres vivos que utilizaban al cenote como hogar eran los bagres ciegos, diminutos camarones, murciélagos y un pájaro que llaman to, pariente del quetzal que anida dentro de las cuevas. De hecho, cuando uno camina por la selva y ve o escucha un to significa que hay una cueva cerca.

Desiderio nos llevó hasta la parte más oscura del cenote. “Tienen que entrar a la oscuridad para descubrir la luz”, dijo. “Este lugar es la garganta del jaguar.” En realidad, no se veía mucho, pero se sentía que estábamos en una cueva pequeñita. El espectáculo comenzó al dar la vuelta para regresar: la totalidad de la caverna se podía ver y en el techo se apreciaba claramente la proyección de luz de las entradas que simulaban los ojos de un jaguar.

Ahora venía la parte interesante. ¿Cómo íbamos a subir? “Tenemos dos formas para subir“, dijo Desiderio. “Una es por las escaleras de cuerda que ven allá. Para hacerlo tienen que enganchar la cuerda a su mosquetón y desde arriba les daremos seguridad. La otra es por medio del elevador maya” (sistema de poleas con bloqueo por donde tres hombres suben a los visitantes). “El problema es cuando vienen personas gordas”, dijo José al recibirnos afuera.

Caminamos sólo unos 200 m y llegamos a otro cenote, abierto como laguna, que formaba un círculo perfecto. A este cenote-laguna se le conoce con el nombre de cenote del Caimán, pues es común ver a uno o varios de estos animales.

Sobre el cenote hay dos largas tirolesas de aproximadamente 100 m de largo. Después de enganchar tu mosquetón a la polea viene la parte más emocionante del trayecto: brincar hacia el precipicio. Es una sensación muy intensa, donde lo mejor que puedes hacer es gritar. A punto de llegar al otro extremo una cuerda elástica te frena y hace que vueles casi hasta la mitad de la extensión; es imposible caer al agua con los caimanes. Del otro lado José nos esperaba con otro hombre, que nos presentó como Otto, su compadre, originario de Monterrey, que llegó a la comunidad de Pacchen hace tres años, poco después de que abrieran el camino de terracería. Nos contó que los ejidatarios habían establecido contacto con Alltournative, operadora de expediciones en Playa del Carmen, y le invitaron a participar, así que se mudó a la comunidad y ayudó a los ejidatarios a organizarse para crear la infraestructura turística y organizar el trabajo.

La siguiente actividad fue embarcarnos en una canoa y remar a través de las lagunas y los canales. Desde el agua, el pueblo se puede apreciar muy bien, igualmente la selva alta que está del lado opuesto a la comunidad.

Cuando volvimos al muelle, nuestro guía, Jaime, nos dijo que la comida estaba preparada. En la cocina cuatro mujeres mayas, vestidas con su hipil tradicional, hacían tortillas de nixtamal (masa de maíz auténtico) a mano. El menú fue variado y desde el comedor teníamos una vista privilegiada de la laguna y la selva.

Después de la comida descansamos un rato hasta el momento de partir hacia Cobá, a sólo 30 km de Pacchen.

UN POCO DE LA HISTORIA DE PACCHEN

Pac-chén, significa “pozo inclinado”: pac, inclinado; chen, pozo. El poblado original de Pacchen se encontraba a cuatro kilómetros al este de su ubicación actual. Los fundadores de Pacchen fueron cuatro familias que habían trabajado como chicleros en la selva. Cuando el mercado del chicle cayó por la introducción de un derivado del petróleo para la goma de mascar, estas familias nómadas no pudieron regresar a su tierra de origen, Chemax, Yucatán, y se establecieron alrededor de aquel pozo inclinado en medio de la selva. Vivieron allí por cerca de veinte años. Para salir a la carretera tenían que caminar nueve kilómetros. Cuentan que cuando había enfermos graves los tenían que sacar cargando. En fin, era una vida muy dura y difícil. El gobierno municipal les ofreció construir el camino si se mudaban más cerca, al área de las lagunas. Así fue como hace 15 años la comunidad de Pacchen se mudó al lugar que actualmente ocupa.

COBÁ

Frente a la entrada de la zona arqueológica de Cobá hay una laguna donde vimos un cocodrilo de tamaño considerable. Jaime nos explicó que, a diferencia de Pacchen, donde los caimanes son prácticamente inofensivos, aquí es peligroso nadar en la laguna. Cobá fue una importante metrópoli durante el periodo Clásico de la cultura maya. Hay cerca de 6 000 templos dispersos en un área de 70 km2. La meta del grupo era llegar hasta la pirámide alta, conocida como Nohoch Mul, que significa “Montaña Grande”. Esta pirámide se encuentra a dos kilómetros de la entrada principal, así que para facilitar el transporte rentamos unas bicicletas y el recorrido fue por uno de los caminos antiguos o sacbeob.

Desde la cima de Nohoch Mul es posible ver kilómetros a la redonda, y desde allí apreciar el área que abarcaba la antigua ciudad. Jaime apuntó hacia la distancia mostrándome unas colinas lejanas: “Allá es Pacchen”. Entonces fue claro ver la relación que toda la región guardaba; más aún, desde la cima de Nohoch Mul parece que se puede ver el mar.

EL CENOTE SECO

A sólo unos 100 m del camino principal hacia Nohoch Mul se encuentra el cenote Seco. Este lugar tiene un aspecto mágico; allí nos sentamos en silencio a disfrutar de la tranquilidad y el encanto. Jaime nos explicó que la hondonada del cenote Seco había sido construida por el ser humano durante el periodo Clásico, cuando la gran ciudad fue erigida. El lugar era una cantera de donde los mayas extraían parte del material para construir sus templos. Luego, durante el Posclásico, la hondonada se utilizó como cisterna para almacenar agua de lluvia. Actualmente la vegetación ha crecido de manera sorprendente, y la antigua cisterna es ahora un pequeño bosque de árboles de corcho.

Salimos de Cobá cuando estaban cerrando la zona arqueológica y el sol se ocultaba por el horizonte. Fue un largo día de aventura y cultura, de emoción e inspiración, de magia y realidad. Ahora teníamos por delante una hora de camino hasta Playa del Carmen.

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