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Ferrocarril y fotografía

Pocos inventos han tenido en México una incidencia y coexistencia casi tan perfecta como el ferrocarril y la fotografía.

Foto:
México Desconocido

México Desconocido

Ambos nacieron, se perfeccionaron y alcanzaron buena parte de su desarrollo en Europa, y su revolución fue tan rápida y brillante que trascendió al resto del mundo. Estas creaciones del hombre habían nacido con los atributos necesarios para alcanzar el triunfo al abatir los límites de velocidad. El ferrocarril, desde sus inicios, garantizó una transportación rápida, segura y placentera; sin embargo, la fotografía, para registrar momentos en los que la instantánea fotográfica revelaba la esencia fugaz del hombre empeñado en la lucha por acortar distancias, debió superar muchos obstáculos antes de disfrutar el vértigo de la velocidad.

El surgimiento del ferrocarril y de la fotografía aconteció en un momento de notable crecimiento demográfico y de un activo desarrollo industrial en países con una firme estructura económica y social. México, por su parte, no compartía estas circunstancias: atrave-saba por una inestabilidad política en la que dos bandos se disputaban el poder, los liberales y los conservadores. Sin embargo, estas nuevas tecnologías probaron ampliamente que ofrecían los ingredientes para sorprender, convencer y hacerse asimilar con paso firme alcanzando cotas importantes de perfección en su aplicación, aun en el ámbito nacional mexicano.

Fue a principios de los años cuarentas del siglo XIX cuando se hizo realidad el proyecto de camino de riel en México, con un tramo de 13 kilómetros que conectaba el Puerto de Veracruz con la capital del país.

Volando casi a la par de la noticia, no tardó en extenderse por todo el país el estrépito de las ruedas de fierro sobre rieles de acero, que si bien resultaba atronador, no impedía escuchar el potente y penetrante silbato de la locomotora, máquina que a manera de nueva y vigorosa criatura, posibilitaría más tarde el desarrollo industrial y de poblamiento.

Al igual que el ferrocarril, el proceso fotográfico se asomó primero como noticia en el ámbito nacional, y fue a finales de la tercera década del siglo pasado y al inicio de la cuarta cuando se conoció que el proceso fotográfico llamado daguerrotipo había llegado a México. Teniendo como registro de imagen, en el género del retrato, a la burguesía mexicana que podía pagar este novedoso proceso, desfilaron frente a la cámara, en la búsqueda de una nueva imagen del orden social, banqueros, industriales, propietarios de minas y haciendas agrícolas, quienes llegaron a sentirse intérpretes de la historia, ya que podían legar su retrato a la posteridad. En un ambiente tan preocupado por la inmortalidad del rostro humano nace, como en Europa, un nuevo oficio, la pintoresca bohemia fotográfica.

Gracias a la fotografía fue posible mostrar en todo su realismo, tanto al México que sirvió de trampolín para el incipiente desarrollo tecnificado, como al propio desarrollo que posteriormente trajo consigo la sorprendente nueva era de la automatización.

Fue entonces cuando la imagen esculpida o pintada como resultado de la mano del artista probó ser incapaz de dar una imagen satisfactoria de la realidad. Como ya lo cité en el libro "Los días del vapor", el ferrocarril, en su paralelismo cronológico con la fotografía, cruzó la línea de acción de ésta para transportar la cámara fotográfica por insospechados rincones del país, registrando ávidamente los nacientes poblados del México contemporáneo.

Después, la fotografía rendiría tributo a este esfuerzo al verse el ferrocarril sistemáticamente fotografiado en un incontable número de placas que hoy forman parte de archivos públicos y privados. Éstos reúnen la herencia creadora de numerosos fotógrafos extranjeros y nacionales quienes, para la realización de su obra, incorporaron una extensa gama de cámaras y no pocas técnicas fotográficas, consiguiendo imágenes que pronto superaron el campo de acción del escritor, ya que pueden hablar por sí mismas de una rápida y eficaz evolución. Las imágenes fotográficas referentes al ferrocarril de vapor que hoy resguarda la fototeca del INAH, me han sugerido un reencuentro singular en el que el ferrocarril y la fotografía comparten el escenario de México. Pronto, la fotografía daría muestras de un desarrollo tal, que propició el establecimiento de los fotógrafos en las principales calles de ciudades de las nacientes poblaciones.

En la Ciudad de México, por ejemplo, en los años cuarentas del siglo pasado podían contarse con los dedos de la mano los fotógrafos, principalmente extranjeros y en menor número nacionales, que se ubicaron en las céntricas calles de Plateros y San Francisco, muchos de ellos instalados temporalmente en los hoteles y anunciando sus servicios en periódicos locales.

Pero dos décadas más tarde se rebasaba el centenar de estudios fotográficos que trabajaban, tanto dentro como fuera de sus establecimientos, utilizando métodos más rápidos que el daguerrotipo, como el proceso negativo positivo con el colodión húmedo en el que, imprimiéndose por contacto, se utilizaron papeles en los que el vehículo de las sales de plata portadoras de la imagen eran la albúmina y el cordión, ambos en un proceso de autoimpresión que requería un tiempo considerable para obtener la copia, caracterizada por sus tonalidades sepia y tonos purpurios siendo menos frecuente el tono cian producido por las sales de fierro.

Fue hasta mediados de los años ochentas cuando aparece la placa seca de gelatina que hace más versátil el proceso fotográfico y lo pone al alcance de miles de fotógrafos, quienes no sólo con una intención pictorialista, sino más bien como práctica del fotoperiodismo ilustrado, logran llegar a todo lo largo y lo ancho del país.

Gracias al ferrocarril los profesionales de la cámara hicieron acto de presencia en las distintas regiones del país. Se trataba principalmente de fotógrafos extranjeros, cuya encomienda era fotografiar al sistema férreo, pero no dejaron de lado la oportunidad de registrar el paisaje y la vida cotidiana del México de entonces.

Las imágenes que ilustran este artículo corresponden a dos fotógrafos asociados, Gove and North. En una composición singular nos dejan ver al vendedor de ollas posando en un tramo de camino de riel, o bien, nos hacen presente la magnificencia en la infraestructura férrea para la construcción de puentes y túneles; en otra gráfica, las estaciones y los trenes evocan un ambiente romántico. Asimismo, vemos personajes relacionados con el ferrocarril que eligieron el vestíbulo abierto de un coche de pasajeros para posar.

En México, ferrocarril y fotografía, relacionados estrechamente, atestiguan el transcurrir del tiempo a través de imágenes pintadas de luz, que a manera de cambio de vía cortan y desvían repentinamente el presente para remontarnos al pasado derrotando al tiempo y al olvido.

Fuente: México en el Tiempo # 26 septiembre / octubre 1998

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