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Las asombrosas sierras de La Giganta y Guadalupe

Enclavadas en la parte oriental de Baja California Sur, estas reservas constituyen un verdadero corredor biológico en el que muchas especies (incluso endémicas) han logrado sobrevivir entre cañones y montañas.

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El corredor de las sierras La Giganta y Guadalupe representa la parte más intacta de Baja California Sur, a pesar de que nunca ha gozado de protección oficial. Conservar esta región como una nueva reserva de la biosfera preservaría un paisaje volcánico asombroso en el que han evolucionado formas de vida únicas.

El objetivo es salvaguardar desde una rara especie de ambrosía que crece en una sola meseta, hasta un palo de fierro que puede vivir mil años y producir una de las maderas más densas y duras del mundo, pasando por una profusión de fauna única, en la que destaca como exponente superlativo una subespecie endémica de borrego cimarrón.

Las maravillosas serranías que todavía vemos hoy, los paisajes deslumbrantes de las laderas agrestes donde llegan los chubascos, los conocimientos ancestrales que impulsan la vida de los oasis y de los ranchos, pueden todos asegurarse para las generaciones venideras; y la propia población del área podrá pasar sus conocimientos profundos y sabiduría tradicional a sus descendientes si actuamos ahora para detener los riesgos que amenazan un tesoro natural y cultural que se perderá para siempre si no actuamos con decisión. El resto del mundo podrá también disfrutar la Reserva de la Biosfera Sierras de La Giganta y Guadalupe bajo el cuidado de un sistema que, en colaboración con sus pobladores nativos, sea capaz de conservar estos paisajes de la esperanza y los saberes tradicionales del agua y del desierto.

Borrego cimarrón. Fauna endémica de las sierras La Giganta y Guadalupe, BCS / Miguel Ángel de la Cueva / ILCP

Saberes del agua, paisajes de la esperanza

Los bosques de montaña y los oasis de los cañones profundos ocupan una pequeñísima fracción de la superficie de la Baja California, pero proveen de vida a toda la península.

Los primeros pobladores indígenas lo sabían muy bien, los jesuitas lo entendieron a la perfección, los habitantes de la sierra lo viven cotidianamente y lo comprenden en todo detalle: el agua proviene de la sierra, y sin los veneros de ésta, la región se muere.

Sin una serranía saludable y conservada no hay futuro para la región. De eso se compone el porvenir sudcaliforniano: de la sierra, de la vida que brota de ella; de la profunda naturaleza del agua que corre desde lo alto de las montañas hasta lo más recóndito de profundísimos cañones para alimentar, día a día, de vida al desierto.

Hubo un tiempo en el que los manantiales del desierto regaban los cultivos de los valles con acequias y canales llenos de verdor, y en el que el agua que bajaba de la sierra era generosamente compartida con el resto de las especies vivas en hermosos oasis de palmas y frutales. Un tiempo en el que los manglares y los esteros de la costa vivían con el agua dulce que llegaba por el cauce rocoso de los ríos, y entregaban su riqueza de peces y larvas y nutrientes al mar abierto después de cada chubasco. Un tiempo en el que entendíamos las señales de los demás seres vivos y hablábamos el lenguaje de la tierra, y en el que la única agua que consumíamos era la que corría y danzaba por arroyos y cañones proveniente de los ricos veneros de la sierra.

Las serranías tienen aún miles de secretos que contarnos, y es nuestra responsabilidad descifrarlos con precisión y detalle, en la plenitud de un nuevo tiempo en el que podamos proteger efectivamente esta maravillosa área natural.

Más riquezas…

La región posee pinturas rupestres con estilos que no existen en ningún otro lugar. Tiene cañones y cimas que no han sido aún explorados por la ciencia. Tiene una cultura de ranchos que ha evolucionado su propia artesanía tradicional, señera y deslumbrantemente hermosa, y que desea seguir viviendo en el mundo contemporáneo adaptando su vida tradicional a la dinámica de un área protegida capaz de amparar su naturaleza singular y su cultura ancestral. Sobreviven aquí restos de un dialecto de 300 años de antigüedad, con trazas quizás del antiguo Guaycura, que debe estudiarse y rescatarse por lingüistas antes de que el paso del tiempo lo haga desaparecer.

Sierras La Giganta y Guadalupe, Baja California Sur / Miguel Ángel de la Cueva / ILCP

El majestuoso paisaje volcánico del corredor de serranías de La Giganta y Guadalupe, la intrincada trama de sus formas de vida raras y únicas, y la preservación de una cultura ambientalmente sabia que ha cambiado muy poco en los últimos siglos, todos nos llevan a reflexionar con una perspectiva de largo plazo, mirando al pasado para atisbar el futuro.

El espejismo de la tecnología

Con bombas, turbinas y motores se empezó a saquear el agua de las entrañas de la tierra como si nunca se fuera a acabar. Creímos que podríamos convertir al desierto en un edén, y comenzamos a talar las grandes planicies, a cortar cardones centenarios e inmensos mezquites, verdes y frondosos, para abrir la tierra seca a grandes proyectos de desarrollo. Parecía que ya nunca más necesitaríamos de esos estrechos y pedregosos cañones serranos, ni de esas viejas construcciones de adobe y cantera y hojas de palma, ni de esos pueblos como sumidos en un pasado superado por el progreso y la tecnología.

El agua manaba a raudales de los pozos horadados en lo profundo del suelo del desierto. Pero el agua del subsuelo se acaba y al tornar el siglo XXI, la crisis de los acuíferos subterráneos se hizo dolorosamente evidente en miles de campos agrícolas abandonados y una creciente escasez de agua en las ciudades sudcalifornianas. El futuro llegó antes de lo esperado, y con dolor nos dimos cuenta que no era lo que habíamos soñado.

El agua de los pozos profundos está dejando de manar, los vergeles artificiales nunca dieron los frutos prometidos, los grandes distritos agrícolas se ven polvorientos y resecos. Observándolos, nos preguntamos con angustia qué sigue. Miramos el desierto sin agua, y buscamos un camino alternativo para el progreso. En realidad, hay sólo un camino posible, y consiste en recuperar los antiguos saberes del agua, en caminar hacia arriba de las sierras siguiendo la ruta de los arroyos, la senda del agua misma.

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