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La muerte de Cuauhtémoc, último señor de los mexicas

Eduardo Matos Moctezuma, reconocido investigador del México prehispánico, nos acerca a los últimos instantes en la vida de Cuauhtémoc, noveno tlatoani de México-Tenochtitlan, el señor “águila que desciende”.

Eduardo Matos Moctezuma

El 3 de septiembre de 1526, Hernán Cortés envía una carta al rey de España, Carlos V, en la que refiere sus andanzas por diversas regiones del sureste de México. En ella menciona cómo fue la muerte de Cuauhtémoc y Tetlepanquetzal, señor de Tacuba.

Cortés narra que le habían informado que los señores mexicas conspiraban en su contra. Dice así el capitán español: “que sería bien que buscasen algún remedio para que ellos las tornasen a señorear y poseer [las tierras y señoríos], y que hablando de ello muchas veces en este camino, les había parecido que era buen remedio tener manera como me matasen a mí y a los que conmigo iban…”

Al ser interrogados algunos indígenas acerca de esto, dijeron a Cortés que, en efecto, Cuauhtémoc y Tetlepanquetzal habían urdido el plan. Por cierto que los prisioneros acompañaban a Cortés en sus viajes, pues éste temía que provocaran un alzamiento en contra de los españoles. Confirmado lo anterior por Cortés, mandó ahorcar a los dos señores mexicas:

Así que hubieron de confesar todos que era verdad que lo habían oído, pero que nunca habían consentido en ello; desta manera fueron ahorcados estos dos, y a los otros solté, porque no parecía que tenían más culpa.

Estos hechos ocurrieron cerca del pueblo de Izancanac, en la provincia de Xicalanco y Tabasco, poco después del primer domingo de cuaresma del año 1525.

Asalta la duda de si en realidad hubo una conspiración o si fue una determinación de Cortés para deshacerse de los señores mexicas. Lo cierto es que si alguna esperanza había de levantarse en contra de los españoles, ésta se desvanecía con la muerte del tlatoani de Tenochtitlan y del señor de Tacuba.

Prisión de Guatimocín, último emperador de Méjico, por Carlos Esquivel y Rivas. 1854. (Museo del Prado, Madrid).

Por su parte, Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de Nueva España, narra este acontecimiento y coincide con Cortés en lo que a la conspiración se refiere: que querían matarlos a todos y regresar a México para un alzamiento general. En este viaje acompañaban a Cortés cerca de tres mil guerreros aztecas armados. Según Bernal, Cuauhtémoc confesó su participación en la plática en que se habló de ello, pero sostuvo que no había partido de él la idea y que no se había acordado cuándo se efectuaría el levantamiento. Es interesante hacer notar que, al parecer, Bernal Díaz no consideró que hubieran suficientes pruebas para el ajusticiamiento de los señores:

Sin haber más probanzas, Cortés mandó ahorcar a Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo. Antes que los ahorcasen, los frailes franciscos los fueron esforzando y encomendando a Dios con la lengua de doña Marina. Y cuando le ahorcaban, dijo Guatemuz: “¡Oh, Malinche, días hacía que yo tenía entendido que esta muerte me habías de dar y había conocido tus falsas palabras, porque me matas sin justicia! Dios te la demande, pues yo no me la di cuando a ti me entregué en mi ciudad de México”. El señor de Tacuba dijo que daba por bien empleada su muerte por morir junto con su señor Cuauhtémoc.

Leandro Izaguirre, El suplicio de Cuauhtémoc (1893)

Sigue diciendo Bernal Díaz:

“Verdaderamente yo tuve gran lástima de Guatemuz y de su primo, por haberles conocido tan grandes señores, y aun ellos me hacían honra en el camino en cosas que se me ofrecían, en especial darme algunos indios para traer yerba para mi caballo. Fue esta muerte que les dieron muy injustamente, y pareció mal a todos los que íbamos”.

Estas palabras, en boca de un español, ponen en entredicho las verdaderas razones que pudo tener Cortés para matar a los dos señores aztecas. Sin embargo, así ocurrió. ¿Qué sucedió con el cuerpo de Cuauhtémoc después de su muerte? No lo sabemos a ciencia cierta. Hace algunos años, en 1949, en el pueblo de Ichcateopan (o Ixcateopan), Guerrero, bastante lejos de donde ocurrió la muerte del señor de Tenochtitlan, se encontraron osamentas, un cráneo y una placa de cobre inscrita en una de las iglesias del lugar, que, se dijo, eran los restos de Cuauhtémoc (estos trabajos fueron dirigidos por la eminente historiadora Eulalia Guzmán). No obstante, estudios médicos y de otro tipo dieron por resultado que los huesos pertenecían a por lo menos ocho personas; que el cráneo era femenino y que, al parecer, se trataba de un fraude. El dictamen final de la Comisión para la Revisión y Nuevos Estudios de los Hallazgos de Ichcateopan fue el siguiente, después del examen realizado por diversos especialistas: “No hay base científica para afirmar que los restos hallados el 26 de septiembre de 1949 en la iglesia de Santa María de la Asunción, Ichcateopan, Guerrero, sean los de Cuauhtémoc, último señor de los mexicas y heroico defensor de México-Tenochtitlan”.

Sin embargo, no se necesita la presencia física de huesos o de otros elementos. Lo que representa Cuauhtémoc para el pueblo de México pervive por sí mismo. Sus palabras y recuerdo perduran en el tiempo.

Notas adicionales

El 28 de febrero de cada año, la bandera mexicana ondea a media asta en todo el país, recordando la muerte del prócer. A partir del siglo XIX su figura fue usada con fines nacionalistas, teniendo máximo ejemplo en la inauguración del Monumento a Cuauhtémoc obra de Miguel Noreña durante la dictadura de Porfirio Díaz.

El poeta mexicano Ramón López Velarde lo designa como el joven abuelo de México, y lo califica como único héroe a la altura del arte.

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