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La peste en el México colonial

Las enfermedades transmisibles han encontrado su medio de diseminación en las migraciones; cuando los pueblos de América estuvieron expuestos al contagio, el ataque fue fatal. Hubo patologías en el nuevo continente que afectaron a los europeos, pero no tan agresivas como lo fueron las suyas para los indígenas.

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La peste en Europa y Asia era endémica y tuvo carácter de epidemia en tres ocasiones; la primera ocurrió en el siglo VI, y se calcula que cobró 100 millones de víctimas. La segunda en el siglo XIV y fue conocida como la “muerte negra”, aproximadamente 50 millones fallecieron en esa ocasión. La última gran epidemia, originada en China en 1894, se propagó a todos los continentes.

En el continente europeo las precarias condiciones de la vivienda y la promiscuidad y el hambre facilitaron la diseminación de la enfermedad. Los europeos tenían como recursos terapéuticos para hacer frente a sus enfermedades la medida hipocrática transmitida por los musulmanes durante la ocupación ibérica, algunos descubrimientos de la medicina galénica y los primeros indicios de compuestos químicos, de ahí que tomaran medidas como el aislamiento de enfermos, el aseo personal y los vapores medicinales. Junto con las enfermedades trajeron esos conocimientos al continente americano, y aquí encontraron todo un saber empírico para los padecimientos nativos.

Aquí las comunicaciones terrestres de pueblos y aldeas jugaron un papel protagónico en la diseminación de las enfermedades. Además de hombres, mercancías y bestias, por los caminos de comercio se transportaban patologías de un lugar a otro según la dirección de su flujo, llevando y trayendo al mismo tiempo remedios para ellas. Este intercambio biológico hizo posible que poblaciones alejadas de los grandes centros urbanos se vieran afectadas; por el Camino de la Plata por ejemplo, viajaron la sífilis, el sarampión, la viruela, la peste, el tifo y la tisis.

¿Qué es la peste?

Es una enfermedad transmisible por contacto directo vía aérea y por las secreciones de enfermos infectados. Los síntomas principales son fiebre elevada, consunción y bubas, ocasionados por el Pasteurella pestis, microorganismo que se aloja en la sangre de roedores silvestres y domésticos, principalmente ratas, el cual es absorbido por la pulga (parásito vector entre la rata y el hombre). Los ganglios linfáticos se inflaman y supuran. Las secreciones son altamente contagiosas, aunque la forma que más rápidamente disemina la enfermedad es la complicación pulmonar, debido a la tos que origina. Las bacterias son expulsadas con la saliva e infectan de inmediato a las personas cercanas. Este agente causal de la peste fue conocido hasta el año de 1894. Antes de esa fecha se atribuía a diversas causas: castigo divino, calor, desempleo, hambre, sequía, aguas residuales y los humores de la peste, entre otras.

Las enfermedades infecciosas se diseminaron más rápidamente en los centros mineros, debido a las condiciones en que laboraban los hombres, algunas mujeres y menores de edad, en los tiros y socavones de las minas y en la superficie en las haciendas y patios de beneficio. El hacinamiento en dichos lugares hacía posible que se contagiaran los trabajadores, sobre todo por las malas condiciones de alimentación y el exceso de trabajo, aunado a la variedad pulmonar de la peste. Estos factores precipitaron la diseminación de una manera rápida y letal.

La ruta de la peste

La epidemia que se inició en el pueblo de Tacuba a finales de agosto de 1736, para noviembre ya había invadido la Ciudad de México, y se extendió muy rápidamente a Querétaro, Celaya, Guanajuato, León, San Luis Potosí, Pinos, Zacatecas, Fresnillo, Avino y Sombrerete. ¿La razón? Los caminos no eran muy fluidos pero si bastante transitados por los más diversos personajes. La mayor parte de la población de la Nueva España se vio afectada y el Camino de la Plata fue un vehículo eficaz de diseminación hacia el norte.

Ante las noticias de la epidemia proveniente de Pinos y el mortal impacto que estaba sufriendo esa población en 1737, en enero del año siguiente el cabildo de Zacatecas tomó providencias de manera conjunta con los frailes del hospital de San Juan de Dios, con la finalidad de hacer frente a la enfermedad que empezaba a tener sus primeras manifestaciones en esta ciudad. Se acordó realizar obras de equipamiento en dos salas nuevas con 50 camas provistas de colchones, almohadas, sábanas y otros utensilios, además de tarimas y bancas para alojar a los enfermos.

El alto nivel de mortalidad que empezó a causar la epidemia en ambas poblaciones obligó a construir un camposanto nuevo para dar cabida a los difuntos. Se destinaron 900 pesos para esta obra, en la que se construyeron 64 sepulturas del 4 de diciembre de 1737 al 12 de enero de 1738, como medida de precaución de los decesos que pudieran ocurrir durante esta epidemia. También hubo una dotación de 95 pesos para gastos de entierro de los pobres.

Las cofradías y órdenes religiosas contaron con hospitales para hacer frente a las enfermedades colectivas que, según sus constituciones y las condiciones económicas, brindaban ayuda a sus cofrades ya la población en general, ya fuera dándoles alojamiento hospitalario, ya dando medicinas, alimento o abrigo a fin de paliar sus dolencias. Pagaban a médicos, cirujanos, flebotomianos y barberos que practicaban sangrías con sanguijuelas y ventosas para las bubas (adenomegalias) que, como consecuencia de la peste, se presentaban en la población. Estos médicos pulsadores poseían literatura especializada con los tratamientos recién descubiertos que llegaban de ultramar y transitaban por el Camino de la plata, como las farmacopeas Hispana y De Londres, el libro de Mandeval Epidemias y de Lineo Fundamentos de Botánica, entre otros.

Otra medida tomada por las autoridades civiles de Zacatecas fue la de dotar de frazadas a los enfermos “desabrigados” -los afectados que no estaban bajo el amparo del hospital-, además de pagar a los médicos que les atendieran. Los facultativos expedían una boleta al enfermo que era canjeable por una frazada y algunos reales para alimento durante su enfermedad. Estos enfermos externos no eran otros que los viandantes del Camino de la Plata y los trabajadores itinerantes con corta estancia, en la ciudad que no habían obtenido alojamiento fijo. Para ellos también se tomaron las debidas precauciones de caridad respecto a su salud y alimento.

La peste en Zacatecas

La población de Zacatecas padeció intenso calor, sequía y hambre durante los años de 1737 y 1738. Las reservas de maíz contenidas en las alhóndigas de la ciudad apenas alcanzaban para un mes como máximo, fue necesario recurrir a las haciendas de labor cercanas para asegurar el alimento de la población y hacer frente con más recursos a la epidemia. Un agravante a las anteriores condiciones de salud eran los basureros, tiraderos de desperdicios y animales muertos existentes a lo largo del arroyo que cruzaba la ciudad. Todos estos factores unidos a la vecindad con Sierra de Pinos, donde ya había azotado esta peste, y el continuo tráfico humano y de mercancías fueron el caldo de cultivo que propiciaron la proliferación de la epidemia en Zacatecas.

Las primeras víctimas mortales atendidas en el hospital de San Juan de Dios fueron españoles, comerciantes provenientes de la Ciudad de México, que en su paso pudieron contraer la enfermedad y traerla consigo hasta Pinos y Zacatecas y de aquí llevarla en su largo recorrido hasta las poblaciones norteñas de Parras y Nuevo México. La población en general se vio agobiada con la sequía, el calor, el hambre y, como corolario, la peste. En ese tiempo el mencionado hospital, tenía un cupo aproximado para 49 enfermos, sin embargo, su capacidad fue rebasada y fue necesario habilitar pasillos, capilla de unciones y hasta la iglesia del hospital para dar cabida al mayor número de afectados de todas clases y condiciones sociales: indios, españoles, mulatos, mestizos, algunas castas y negros.

La población indígena fue la más afectada en cuanto a mortalidad: falleció más de la mitad. Esto corrobora la idea de la nula inmunidad de esta población desde la época prehispánica, Y que a poco más de dos centurias continuó sin defensas y muriendo la mayoría. Mestizos y mulatos presentaron casi la mitad de defunciones, cuya inmunidad está mediada por la mezcla de sangres europea, americana y negra y, por lo tanto, con un poco de memoria inmunológica.

Los españoles enfermaron en gran número y constituyeron el segundo grupo afectado. Contrariamente al indígena, sólo murió la tercera parte, en su mayoría ancianos y niños. ¿La explicación? Probablemente los españoles peninsulares y demás europeos fueron el producto biológico de muchas generaciones de sobrevivientes a otras pestes y epidemias que sucedieron en el viejo continente y, por lo tanto, poseedores de una inmunidad relativa ante esta enfermedad. Los grupos menos afectados fueron las castas y los negros, entre quienes la mortalidad se presentó en menos de la mitad de los contagiados.

Los meses en que se presentó la peste en el hospital de San Juan de Dios fueron diciembre de 1737 con solo dos enfermos registrados, en tanto que para enero de 1738 la suma fue de 64. El siguiente año -1739 – no hubo rebrotes, con lo cual la población pudo rehacerse en cuento al impacto sufrido por esta epidemia que afectó la mano de obra con mayor dureza, ya que el grupo de edad más dañado durante este año de peste fue el de 21 a 30 años, tanto en la enfermedad como en defunciones, lo cual arroja un total de 438 enfermos con 220 que egresaron sanos y 218 defunciones.

Medicina rudimentaria

Las medicinas en la ciudad y en la botica del hospital de San Juan de Dios eran escasas y poco se podía hacer, dado el estado que guardaba la medicina y los precarios conocimientos de la causa de la peste. Sin embargo, algo se lograba con remedios como sahumerios con romero, comidas con higos, ruda, sal, polvos de grana bebidos con agua de azahar, además de evitar los aires pestilentes, como recomendaba Gregario López: “traer una poma con media onza de ámbar y una cuarta parte de algalia y una ochava de polvos de rosa, sándalos y la raíz de jara molida con un poco de vinagre rosado, todo mezclado y echado en la poma, reserva de peste y aire corrupto y alegra mucho el corazón y los espíritus vitales a los que la trajeren consigo”.

Aparte de estos y muchos otros remedios, se acudía al auxilio divino en la advocación de la Guadalupana, que recién se estaba venerando en la villa de Guadalupe, distante una legua de Zacatecas, Y que era nombrada la Prelada, la cual fue traída en peregrinación y de visita en todos los templos de la ciudad para implorar su auxilio divino y remedio para la peste y la sequía. Éste fue el inicio de la tradición de la visita de la Preladita, como se le conoce aún y que continúa su itinerario cada año desde la peste de 1737 y 1738.

La ruta que siguió esta epidemia estuvo marcada por el flujo humano hacia el norte de la Nueva España. La peste se presentó el año siguiente -1739- en el poblado minero de Mazapil y en otros puntos más de este Camino de la Plata. Los vectores de esta peste fueron los comerciantes, arrieros, correos y demás personajes en su ruta de la capital hacia el norte y de regreso con el mismo itinerario, llevando y trayendo además de su cultura material, las enfermedades, los remedios y medicinas y, como compañero inseparable, la peste.

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