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Izamal: la sorpresa se pintó de amarillo

Todo empezó en una casa, de esas que cuando uno camina por las calles de pueblos añejos y tiene la fortuna de encontrar una rendija para asomarse, algo tienen que encantan.

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Directora de México desconocido. Antropóloga por formación y líder del proyecto MD ¡por 18 años!


Ya habíamos estado ahí, de paso, en el trayecto de Mérida hacia Cancún. Es tan impactante su convento del siglo XVI, construido sobre un templo prehispánico, cuyo atrio rodeado por arcos es el más grande de América, tan señoriales sus plazas, calles y casonas y tan fuerte la presencia de la cultura maya, que no perdíamos la oportunidad de parar aunque fuera un momento en Izamal, la ciudad más antigua de Yucatán. Nos habíamos percatado también de la existencia del Centro Cultural y Artesanal con su lindo museo y de las mejoras que han logrado como Pueblo Mágico, y algo nos decía que valía la pena quedarnos.

Por unos amigos supimos de unas casas coloniales ubicadas en el centro, restauradas con elementos modernos sin quebrantar su estilo original y acondicionadas para recibir huéspedes
por temporadas. Tuvimos tres casas para escoger y pasar un fin de semana muy especial: La Casa Azul, en cuyo jardín hay una pirámide; La Casa de Madera, colorida y con una alberca que más bien parece lago; y La Casa de los Artistas, señorial y exquisita en su decoración. Difícil decisión, nos quedamos en la Casa de los Artistas, sencillamente nos subyugó.

El refugio perfecto

Por fuera, una casa de pueblo más; por dentro, techos altos, fresco y colorido piso de mosaicos, una pequeña alberca en el patio, habitaciones acogedoras y elegantes, el comedor abierto. Su ubicación, inmejorable, a un costado de la plaza y a unos pasos del convento. Desde ahí pudimos descubrir un Izamal diferente, y también logramos algo que parece sencillo, que en estos tiempos no lo es tanto: descansar, relajarnos y disfrutar con total privacidad.

Dos ruedas y un guía

En la misma acera de La Casa de los Artistas está el Centro Cultural y Artesanal, instalado en una antigua casona colonial. Este lugar, que alberga un museo que exhibe una colección impresionante de arte popular y el Museo de las Haciendas con fotografías del rescate de las haciendas de Yucatán, está administrado por una cooperativa de jóvenes de Izamal, y claro, no podían faltar las bicicletas en los servicios que ofrecen, además de tienda de artesanías, restaurante y spa.

Pedaleamos pues, acompañados de Orlando. Si desde el convento se tiene una magnífica vista de la pirámide de Kinich-Kakmó, desde la bicicleta vivimos el asombro de encontrar una pirámide
tras otra. En los patios de las casas hay vestigios arqueológicos y las voces mayas se escuchan en cada esquina, sin duda el pasado de este pueblo está presente y latiendo con fuerza.

En la parte más alta de Kinich-Kakmó esperamos el atardecer mientras nos enterábamos de que cuatro templos prehispánicos construidos a la muerte de Zamná forman un cuadrángulo a
partir del cual, la antigua ciudad se comunicaba hacia los puntos cardinales. Todavía se distingue el sacbé (camino) que va de Izamal a la zona arqueólogica de Aké.

Regresamos a nuestro refugio, nos esperaba un chapuzón en la alberca, un masaje y una larga noche en la que disfrutamos, en la terraza tipo lounge de “nuestra casa de Izamal”, de una cena ligera y un cielo inmensamente estrellado.

Aké: entre hilos y viejos engranes

Una salida en corto fue el plan para la mañana siguiente. Aké queda a tan sólo 36 kilómetros de Izamal y lo que habíamos escuchado sobre el sitio llamaba nuestra atención. Un pequeño pueblo, muy limpio, nos recibió. Una hacienda con su casco rodeado de frutales, su capilla y un anexo en ruinas fue el anuncio de que habíamos elegido un sitio fascinante… Junto, la  zona arqueológica.

En un abrir y cerrar de ojos estábamos  en la Gran Plaza del antiguo centro ceremonial flanqueada por basamentos. Uno de ellos, el Edificio de las Pilastras, destaca por su tamaño y la gran cantidad de columnas que tiene en su remate. Por supuesto, subimos, y desde ahí nos dimos una idea de las dimensiones que tuvo la ciudad.

Quisimos conocer la hacienda, y  por el ruido y movimiento que había, nos percatamos de que una antigua desfibradora de henequén sigue activa y funcionando con maquinaria original, tal y como se hacía en el siglo pasado, ¡increíble! Tuvimos la sensación de que el tiempo se había detenido y nos daba la oportunidad de presenciar un proceso de producción casi extinto, mediante el cual se obtiene el famoso “hilo Yucatán”. Motores de vapor, bandas, calderas en el patio, refacciones y piezas de todos tipos y tamaños, un sinfín de artefactos extraños dan un toque especial. Nos acercamos a la casa grande, donde su dueño, nos invitó a pasar y a tomar agua fresca. Buen conversador, don Andrés, nos habló de los orígenes ganaderos de la Hacienda San Lorenzo y de los avatares de tener funcionando la planta productora de hilo de henequén. También nos enteramos de que muy pronto habrá aquí un parador turístico.

Continúa “La sorpresa se pintó del amarillo…”

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