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Las grandes pinturas rupestres de Baja California

Muchas veces hemos pintado en los muros de las barrancas serranas para comunicarnos con los espíritus que rigen la naturaleza. Muchas veces antes lo hemos hecho nosotros y nuestros ancestros, pero esta vez no pintaremos lo mismo que en otras ocasiones. Esta vez será diferente.

Celebramos las ceremonias en las que pintamos cuando los árboles cambian de hojas, cuando emprendemos el camino a las mesetas de la sierra. Allá arriba, en las mesetas, recogemos pencas de agave que, tatemadas, tienen un sabor dulzón. Ese es nuestro alimento antes de que logremos matar a los primeros animales.

El borrego cimarrón, provisto de poderosos cuernos retorcidos, es esquivo y trepa las cañadas más ágilmente que nosotros. Tenemos que cercarlo con mucho tiempo de anticipación. A su vez, el venado es rápido en terreno llano. También lo rodeamos y lo perseguimos entre varios hombres. El venado salta y vuelve la mirada hacia nosotros. Cuando lo atravesamos con las flechas interrumpe bruscamente la carrera, tuerce el cuello y saca la lengua de cansancio, por eso lo pintamos así.

Al ver que los árboles florecen y se visten de verde bajamos a las cañadas o, si calculamos que encontraremos agua en las tinajas de los arroyos costeros, hasta la playa. Al llegar al mar saciamos nuestra primera hambre con almejas y caracoles de la playa. Si el Señor del Mar nos favorece, capturamos grandes tortugas. También nos facilita la pesca: con largas lanzas atravesamos peces y mantarrayas. Seguramente el Señor del Mar está complacido con las pinturas que el año anterior hicimos de los peces traspasados y de las demás criaturas marinas, especialmente del gran monstruo de las aguas, la ballena.

En otras ocasiones bajamos al oeste, hacia los enormes llanos desérticos, donde encontramos al berrendo, animal que no tiene relación con la lluvia, porque no bebe agua, sólo rumia las yerbas verdes cargadas de la humedad que entra con la niebla del océano. De vuelta a las cañadas la vida se vuelve más fácil con las lluvias de verano. Entonces recogemos semillas maduras de palma de taco, palo blanco y mezquite. Con largas estacas derribamos las pitahayas, delicia de los niños, sobre todo las dulces.

En nuestras excursiones, el coyote nos sigue. Algunas veces espera que le demos parte de nuestra comida. El puma, nuestro protector familiar, se deja ver de lejos; nos atisba como para confirmar que las cosas marchan bien entre nosotros. A ellos y al berrendo también los pintamos, como a todas las criaturas que pertenecen al gran Señor de las Bestias. ¿Cómo podríamos mantener a raya al puma, cazar al venado y garantizar el número de las nuevas crías del borrego si no le rindiéramos culto?

En las cañadas de la sierra celebramos nuestros ritos, como lo hacen los demás hombres del rojo y del negro en esta y en las otras sierras. Sí, el rojo y el negro son nuestros colores esenciales, por eso con ellos nos pintamos el cuerpo y hacemos nuestras pinturas en las cuevas.

En las cercanías del gran volcán de las Tres Vírgenes y en otras partes del mundo recogemos piedras de las que obtenemos pigmentos de esos y otros colores; de regreso en las cañadas molemos esas piedras hasta convertirlas en polvo que posteriormente mezclamos con agua. Nos pintamos el cuerpo por mitades con el rojo y el negro. Después danzamos y levantamos los brazos en actitud de alabanza. Durante la danza ingerimos las plantas sagradas que nos permiten comunicarnos con el Señor de las Bestias y con los demás espíritus poderosos. En medio del trance, los chamanes bailan más y mejor; realizan movimientos espectaculares y elevan los brazos con más entusiasmo que todos los demás. En ciertas celebraciones es cuando los chamanes pintan, si los espíritus así lo aconsejan.

Los chamanes pintan animales y también pintan a los hombres del rojo y del negro, para congraciarnos con el Señor de las Bestias o con el Señor del Mar, y asegurar así caza y pesca abundantes. Casi siempre nos pintan danzando, que es cuando somos más reales y más felices; es decir, nos pintan teñidos de estos colores, con las manos en alto y adornados con penachos.

El acto de pintar es la culminación de toda ceremonia y de la vida en su conjunto, por eso se tiene gran cuidado en la manera de hacerlo. No se pinta en cualquier momento y mucho menos en cualquier lugar. Los chamanes saben encontrar refugios adecuados en las cañadas y en los montes. Únicamente algunos refugios, y dentro de éstos sólo ciertas paredes en particular, son sagrados, porque están en el Centro del Mundo.

Los refugios y las cavidades de las sierras se cuentan por miles, pero sólo algunos cientos son sagrados. Quizás el más sagrado de todos sea el de la gran Cueva Pintada, aquí arriba, que mide unos 200 pasos de longitud (170 metros) y que a través de las generaciones lo hemos pintado una y otra vez.

En el noroeste, un chamán encontró un bello refugio en donde pintó a toda su familia: él mismo, sus mujeres y sus hijos, pero su ceremonia parece que no fue muy grata a los espíritus, y él y su familia han desaparecido. Probablemente fue porque no pintó suficientes bestias.

Muy al sureste, en un lugar que no he visitado, otro chamán de la antigüedad encontró una gran cueva donde pintó sus danzas y sus animales de presa. Parece que no fue de los hombres del rojo y del negro, porque sólo usó pintura blanca, pero sin duda fue un chamán poderoso: los grandes viajeros dicen que sus ojos podían mirar el interior mismo de los animales –su esqueleto– a través de la piel y la carne. Así pintó a un gran pez.

Si el muro es sagrado, ahí se pinta, aunque ya antes se haya pintado en él. En la Cueva Pintada, hasta cinco veces hemos pintado venados, berrendos, borregos y otros animales sobre la misma parte del muro. Siempre ha sido necesario invertir varios días en construir andamios para alcanzar las partes más altas de ese muro; para ello recogemos troncos caídos de la palma de taco que crece junto al arroyo, los rajamos con estacas de mezquite a las que golpeamos con grandes piedras, y como travesaños utilizamos corazones de cardón amarrados con hojas verdes de la misma palma. A veces es difícil aceptar que nos tomemos tantos trabajos en construir los andamios, cuando podríamos pintar en tantos otros refugios y muros al alcance de la mano. Pero los chamanes saben bien que ese muro en particular –y no otros– posee un gran poder para favorecer la cacería.

Por eso creo que ahora será diferente. Nuestro chamán principal ha mandado construir un andamio mediano y lo ha enviado a la cueva que está enfrente de la Cueva Pintada. Hoy, lo sé, no invocaremos al Señor de las Bestias para que nos dé animales de presa, sino a otro de los señores que viven en lo Alto.

Esa no es la única razón de mis sospechas. Los últimos años han sido aciagos. Primero fue un raro aviso que apareció en el firmamento. Una madrugada reciente el campamento despertó en medio de una gran gritería (el 4 de julio de 1054): un resplandor gigantesco había surgido junto a la Luna en creciente. Fue simplemente una visión extraordinaria. El resplandor era tan intenso que lo pudimos ver durante 23 días y las siguientes 600 noches. El pueblo, los chamanes y los ancianos estaban desconcertados. Muchos murmuraban que, a pesar de su gran belleza, era una señal ominosa. Un chamán amigo de hechicerías peligrosas hizo una pintura de la Luna y el resplandor juntos, en el cercano arroyo del Parral; no se ganó muchas simpatías y casi lo hizo a escondidas. Consiguió pigmentos descoloridos de cualquier cerro y su pintura fue muy pequeña. Nadie más lo imitó.

A partir de entonces, el alimento ha escaseado. Muchos más niños que de costumbre, incluso algunos ya crecidos, han muerto de distintas enfermedades. Las últimas veces que recorrimos las cañadas encontramos las pitahayas y demás vegetación nutritiva ya cosechadas. El número de venados, berrendos, borregos cimarrones y hasta de liebres ha mermado, a pesar de todas las súplicas y pinturas que hemos hecho al Señor de las Bestias. Pero esto no es asunto del Señor de las Bestias.

Yo sé lo que ha pasado: han llegado invasores del norte. Hombres que no son del rojo y del negro. Su lengua es incomprensible y son en todo distintos a nosotros, aunque en sus ceremonias usen penachos y también levanten los brazos. Algunos vecinos que encontramos en nuestro peregrinar anual ya nos habían alertado sobre ellos. Cazan a nuestros venados y berrendos; en las cañadas recogen los frutos de la tierra antes que nosotros, y también van al mar en busca de los peces y las tortugas.

Hace poco cayeron sobre un grupo rezagado de los nuestros. Mataron a los hombres y robaron a las mujeres y a los niños. Por eso, hoy nuestra ceremonia será diferente y bailaremos de distinto modo.

Ya sé lo que va a ocurrir. Tal vez yo mismo tenga poderes chamánicos, puesto que adivino el futuro: invocaremos al Espíritu de la Guerra. Durante las danzas especiales de esta tarde lanzaremos gritos de combate y pintaremos a nuestros enemigos. Los pintaremos grandes y en medio de sus fiestas, para que sean más reales. Y en las pinturas los flecharemos, anticipando la muerte que habremos de infligirles.

Mañana, antes de que amanezca, iremos a buscarlos. Sabemos dónde encontrarlos, y entonces acabaremos con ellos. Así terminaremos con su estirpe. Su recuerdo sólo perdurará en la pintura que hagamos de ellos. Nosotros, en cambio, viviremos para siempre…

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