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Las ilamas de San Andrés Tuxtla (Veracruz)

Las ilamas llevan el nombre de una fruta de la región, están hechas de papel de china e hilo y son lanzadas al aire el 16 de septiembre, en plena temporada de lluvias.

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Entonces le enseñé un globitochiquito, una estrella que me hizomi hijo Pedro, de veinte picos…  Noche tibia y húmeda, de callejas solitarias alumbradas tenuemente por los redondos faroles de la plaza central de San Andrés Tuxtla. 

Mientras el agua cae, los pasos anónimos de algún trasnochador descubren el silencio de la ciudad al tiempo que oxidan los reflejos que se forman en el suelo encharcado de la plaza. Cae así, para nosotros, el primer velo de la dulce región de Los Tuxtlas y deja en la memoria una imagen que invita al retorno, a una segunda mirada.  Mala memoria del documental que nada aprende, que no contagia la tibieza de la lluvia, las contraluces a las orillas del lago de Catemaco, el olor desperdigado y perezoso del café de la región, las interminables jornadas de los peones tabacaleros; la mirada detrás del ocular que sabe que la mejor foto es apenas un torpe tributo de la sensación de ver una ilama en el aire, liberada por cuatro o cinco pares de manos que se yerguen hacia el cielo, suplicantes. Pero todo esto será mañana, todo esto aún no llega, aún no es. Será la magia del tiempo, en dos de sus sentidos, la que hará llegar las ilamas; pero más que la magia, el capricho del tiempo. Porque el tiempo en San Andrés es sinónimo de desorden: se escribe igual que lo imprevisto. 

Absurdo: es absurdo que las ilamas, delicadísimas arquitecturas que llevan el nombre de una fruta de la región, hechas de papel de china e hilo, se lancen en plena temporada de lluvias. Pero es así y es milagroso. El calendario arroja un saldo acuoso: ha llovido toda la mañana del día 15, no sólo en San Andrés sino en toda la región de Los Tuxtlas. Tan sólo algunos pájaros, raras y anfibias creaciones de estos lares, vuelan silenciosos bajo la cortina de lluvia que borra los contornos.  Y llega la tarde del 15 y la lluvia no amaina. La noche, con la fiesta patria en el balcón de la presidencia municipal, no traerá variación alguna. La muchedumbre alza la vista hacia quien les grita y de pronto, negros, duros, impertinentes, brotan los paraguas. Media hora de reposo y el agua retorna; las galas con que la gente ha salido a la calle se empapan sin restar un ápice a la voluntad de convivio, de verbena. Subyace, sin embargo, a lo largo de las calles húmedas y tibias, la sensación de que el futuro de las ilamas peligra. No pueden tocar el suelo mojado, no puede haber viento.

Todo es adversidad, todo peligro. Las ilamas, como la belleza, son extremadamente delicadas. ¿Qué será del tiempo mañana?  Mañana es hoy, 16 de septiembre, y si todo sigue como hasta ahora las ilamas no podrán lanzarse y el espectáculo se postergará una semana. Toda la tensión y la esperanza de los constructores de ilamas está en su constante mirar hacia el cielo encapotado, hacia la nube estúpida y pertinaz que se niega a morir.  Los constructores de ilamas son orgullosos. Las ilamas son algo suyo, dignidad de casta, de clan, tradición proveniente de inmigrantes chinos. Son memoriosos al traer a colación sus mejores ilamas, las más grandes, las de más picos, las primeras. No faltan oportunidades para la crónica, para la semblanza del padre orgulloso de tener por hijo al mejor constructor de ilamas de la región:    Y así fue que empecé a trabajar con don Carlos Chávez y me gustaba ver lo que él hacía:  –¿Qué, te gusta?  –Sí, me gusta, don Carlos.  –Bueno, pues adelante. Hay que pegar esto.  –Sí, cómo no. 

Y ahí fui, me fui con él. Y entonces llegó un tiempo en que le digo: “Don Carlos, ¿por qué no hacemos de más picos?”. “Ya no se puede; los números ya no lo dan”. “Ta bien, don Carlos, ta bien”. Entonces cuando él ya estaba muy enfermo, ya muy acabado, que ya se sentía malo del corazón, me dice: “Oye, antes de que yo me muera, quiero ponerte al tanto. Si yo llego a morir no dejes de hacer esto: una estrella, cuando menos año por año, porque esta tradición siga, no se vaya a perder”. “Sí, don Carlos”. Entonces le enseñé un globito chiquito, una estrella que me hizo mi hijo Pedro, de veinte picos. “Mire don Carlos que sí se puede, aquí está”. “Muy bien, adelante, que hay que seguir adelante”.  Y es lo único, se llevó esa satisfacción de que sí se podía hacer de más picos.  Fatídica, la lluvia sigue durante toda la mañana.

El costoso y difícil autofinanciamiento de los constructores de ilamas puede caer en saco roto. Parece imposible que deje de llover, aunque ahora sea sólo una suave llovizna. Al menos eso piensan las familias que conversan en los cafés bajo los arcos de la plaza, desilusionadas. Pero aunque parezca inverosímil comienzan a aparecer en el aire, flotando y escapando, silenciosos, pequeños globos de Cantoya multicolores. Se ven lejanos y suaves contra el cielo de nubes grises, pero se ven, están. Y entonces una pequeña cosquilla comienza a mover los dedos al imaginar el botón de la cámara que acciona el obturador. Las familias pagan pronto la cuenta del café y los panes de nata, suben a sus camionetas y parten hacia la carretera para ver si las ilamas gigantes pueden soltarse. 

Y aunque en la carretera hay aún poca gente, un ligero claro comienza a intuirse en el cielo. Empieza como un desgarrón en las nubes, algo como la desbandada de un batallón que forma parte de un inmenso ejército, y algunas nubes deciden seguir a las primeras y el claro se hace cada vez más grande; el suelo comienza a secarse y casi no hay brisa. Las dos principales familias de constructores de ilamas están en la escena. Queda poco tiempo antes de que caiga la noche y reine el negro. Hay que darse prisa. Las ilamas deben estar perfectamente infladas antes de introducirles la mecha que calienta el aire que las hace elevarse. Hay que tener cuidado de que un golpe de viento no agite la ligera estructura de papel de china y haga que la ilama se consuma en un fuego rápido e incontenible. Y entonces surgen sentimientos de zozobra compartidos entre la muchedumbre y los constructores. Desaparece la barrera entre el espectador y el actor y se sufre parejo: cuidado, se va a quemar. Se está rompiendo. No la suelten todavía. Cuidado, cuidado, cuidado. 

Y comienzan a triunfar las ilamas contra el clima, contra la incertidumbre, contra la duda contagiosa que se hunde en la nada cuando se inflan los pulmones con la satisfacción de ver la primera ilama gigante desplazándose lentamente en el aire, libre al fin, ella al fin, vuelo inapelable de fin y tumba desconocidos: ¿a dónde van a parar las ilamas? ¿en qué paraje yacen para siempre, desconocidas y muertas tras una efímera gloria? Nadie les lleva flores.   

Y tras la primera ascienden la segunda, la tercera. Algunas tienen formas de ilama, otras de cruz, otras son simples globos. Mal lastradas cabecean algunas y arden en el cielo; desvencijadas y heridas de muerte caen al suelo hechas negra ceniza. El público se lamenta con la prematura muerte de alguna ilama, pero el festín aporta más. Hay una, sin embargo, más grande que las demás. En silencio, Pedro ha ideado y construido una estrella de ochenta picos, récord Guinness no homologado por falta de recursos. La expectación es insoportable, la noche avanza y el peligro de lluvia no acaba de desaparecer por completo. Lenta, precariamente, la inmensa ilama rosa es alzada por un garfio y comienza a ser inflada con ventiladores.

Pedro mira el trabajo conjunto de varios compañeros que la ponen en vertical. Su hermano dirige junto a él la labor, dificultada enormemente porque Pedro es, desde los once años, casi totalmente sordomudo. Las cámaras repiquetean. Por momentos el peligro de que la ilama se incendie hace que el ojo se despegue del visor y se vuelva mera contemplación, respiración ahogada que va marcando los momentos de angustia.

Pero la ilama se va llenando de aire, va engordando y obteniendo forma. A cada minuto que pasa las manos que sostienen la ilama sienten con mayor fuerza que ésta comienza a jalar hacia arriba, harta de las terrestres ataduras. Un poco más, un poco más. Se va haciendo de noche y hay que disparar en un treintavo, en un quinceavo, usar el flash, no moverse, no respirar. Desde arriba desprenden el garfio de la ilama porque ya puede sostenerse por sí misma.

Con infinito cuidado hay que llevarla hacia una zona despejada para que al soltarla no vaya a atorarse en algún cable, en algún árbol, en alguna casa. Cuidado, cuidado. Mira el fuego que se ve a través del papel de china, huele el petróleo ardiendo, mira el rostro de Pedro bañado en sudor, aprieta el disparador, no te muevas, que no se queme, que no se queme, ya suéltenla, ya suéltenla, y sí, sí.  La inmensa ilama de ochenta picos comienza a destacarse contra el cielo por encima de las cabezas de la gente. Va subiendo tan suavemente, tan suspendida, tan leve. Quienes están en su nadir pueden ver su interior lleno de fuego y los fulgores que atraviesan el papel llenando de rosa el azul del cielo, cada vez más intenso por la noche que acampa sobre la tierra. El pecho se libera y se escuchan entonces las bocinas de los carros detenidos en la carretera, se sienten sus faros agresivos, se escuchan el rumor de las conversaciones y las exclamaciones de asombro, se vuelve a la vida.   

Fuente: México desconocido No. 283 / septiembre 2000

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