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Las salas cinematográficas, apuntes para un análisis arquitectónico

Hablar de los espectáculos en México a lo largo de su historia es rememorar actividades que requirieron espacios específicos para desarrollarse. Sin duda alguna el siglo XX ha sido especialmente rico en arquitectura para el espectáculo y la recreación.

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El desarrollo de la Ciudad de México llevó implícita la presencia de esta arquitectura y hay algunos vestigios urbanos que nos recuerdan ahora otras épocas del presente siglo; quizá pocos lo hacen como los cinematógrafos, esas viejas salas construidas en las primeras décadas que paulatinamente han venido desapareciendo. Incluso es contradictorio pensar en la celebración del centenario del cine en México cuando muchos de los espacios espectaculares donde éste se ha proyectado están en proceso de transformación, subdivisión o demolición.

Es así que nos interesa valorar este género arquitectónico, aportación de nuestro siglo, desde el punto de vista de sus características funcionales, formales, espaciales y tecnológicas, independientemente del gran significado social que han tenido para varias generaciones. Queremos de esta forma llamar la atención sobre estos palacios del espectáculo buscando con ello no sólo recordar el pasado, sino proponer la permanencia de estos inmuebles como potenciales espacios para la convivencia social.

La arquitectura de los cines se desarrolló, en mayor medida, como consolidación de un género o tipo arquitectónico, entre las décadas de los treinta y los sesenta. Esto se debió a que en las primeras etapas de la proyección cinematográfica en México -1896 a 1930-los espacios eran adaptaciones de antiguos teatros o casas como sucedió con los teatros Nacional y Arbeu, el Salón Rojo en la casa Borda, o la utilización de salones como el Bucareli Hall, la Academia Metropolitana o Tabacalera Mexicana

Hay que decir, sin embargo, que hubo excepciones desde finales de la segunda década de este siglo en cuanto a la necesidad de crear espacios más confortables y elegantes para los cines, tal como sucedió con el Granat (después Rialto) en 1918, y sobre todo con el Olimpia, inaugurado en 1921, y con las salas de la época silente de la industria cinematográfica como fueron los cines Isabel, Goya, Palacio, Teresa, Odeón, Regis y otros. En estos casos se relaciona con la idea de los cines-teatros que definían ya el esquema de las salas con lunetario, anfiteatro, galería (s) y escenario, incluyendo además, como en el mismo Olimpia, ciertos servicios adicionales: salones de recepciones, de baile y para fumar, así como oficinas, etcétera.

Es en los años treinta cuando los cines entran en su etapa de consolidación, puesto que se definen las necesidades específicas que cubrirán, independientes de la tradición teatral con la que convivieron en los primeros años. A su vez, la tecnología desarrollada en esa época -lo mismo en los sistemas de proyección cinematográfica (de imagen y sonido), que en los sistemas constructivos- posibilitaron su materialización.

De esta evolución podemos definir en el partido arquitectónico de las grandes salas tres áreas básicas; pórtico, vestíbulo principal y sala de proyección. El pórtico es el elemento de transición entre la calle y el interior, y está conformado por un espacio semiabierto donde se encuentran las taquillas. El vestíbulo principal es el sitio rector y distribuidor de las relaciones y actividades interiores, generalmente amplio y donde la dulcería es una referencia de ese espacio. En esta área de recepción como eje, se ubican dos entradas laterales equidistantes -aunque en algunas casos es un solo acceso central- y en él suelen existir zonas de descanso con sillones, asÍ, como sanitarios, oficinas administrativas y escaleras para el anfiteatro y en algunos casos a las galerías. Por último se encuentra la sala de proyección que de acuerdo a la capacidad del cine, con- tiene pasillos de distribución principales y secundarios que permiten a los usuarios ubicarse en las diferentes zonas de lunetario. Por estos mismos corredores, es posible llegar a las salidas de emergencia, a .los servicios sanitarios o incluso a dulcerías secundarias.

Cuando las salas contaban con anfiteatro y galerías, el ingreso se daba a través de un vestíbulo superior que en algunos casos se complementaba con el foyer, mismo que retornaba el sentido del espacio de estar y para la convivencia social. Este vestíbulo-foyer podía tener en algunas ocasiones dimensiones mayores que las del vestíbulo principal, y es normalmente un mezzanine que a manera de balcón define un nivel intermedio en la doble altura que estas áreas del cine llegaron a tener. Al igual que en la planta baja, también en este piso superior existían áreas con sillones, dulcería y sanitarios y era por esta zona donde generalmente se ingresaba a la cabina de proyección. Considerando estas características, dentro de los mejores ejemplos están los cines Opera, Ermita, Paseo y Manacar entre otros, ya que a nivel de dimensiones, circulaciones, distribuciones, isópticas, acústicas y salidas de emergencia, las soluciones fueron eficientes.

Es en el espacio arquitectónico donde las salas cinematográficas aportar mayor espectacularidad, debido a sus grandes dimensiones y diseño de interiores. Vestíbulos y salas de proyección son los lugares que conjugan el encuentro social en el marco de una envolvente mágica, donde remates visuales, decoración e iluminación definen una sensación espacial, en muchos casos de fuerte impacto. Ejemplos como el Hipódromo, Metropolitan, Opera, Latino, Real Cinema y Diana entre otros, permiten al usuario disfrutar de dobles o triples alturas y donde el manejo de la luz -en varios casos indirecta-, provoca matices y claroscuros de efectos elocuentes. No menos espectaculares son las enormes esculturas, candiles gigantes, así como los murales que en vestíbulos y en salas enfatizan una monumentalidad que los espacios de proyección cinematográfica ofrecieron en su época más floreciente. Si comparamos esas características espaciales de los cines de dos, tres y aun cinco mil butacas con las actuales multisalas, en estas últimas se podrán observar propuestas relacionadas más con aspectos de cupo y rentabilidad, que con la riqueza de sus espacios.

En el terreno formal, las aportaciones de las salas cinematográficas del periodo que va de 1930 a 1970 es también de gran relevancia. Las fachadas implicaron la composición de elementos como la marquesina, el nombre del cine y algunos vanos para vestíbulos, escaleras o cabinas de proyección, características que enfatizaron la presencia urbana de salas como el Encanto, Teresa y Maya, entre otras. También fueron propuestos recursos como énfasis volumétricos e incluso esculturas gigantes -caso especial del Opera-, hasta el decorado de los interiores que bien podían ser evocativos de lugares exóticos -Palacio Chino-, palaciegos -Metropolitan y Real Cinema- o sobrios y elegantes -Diana y Latino-. A su vez, los estilos arquitectónicos enriquecieron con sus formas a muchos de estos cines; así, se pueden ubicar ejemplos nacionalistas como fueron el Colonial y Alameda, de Art Decó en el caso del Hipódromo y Encanto y funcionalistas varios; como el Ermita, París y Manacar. Hubo casos donde fue posible la convivencia de un lenguaje exterior con otro interior, como sucedió en las fachadas sobrias del Chapultepec, Metropolitan, Real Cinema y Roble, pero que en cambio sus interiores eran o todavía son de un eclecticismo apabullante.

Para materializar todas estas intenciones funcionales, espaciales y formales en las grandes salas, los arquitectos recurrieron al aprovechamiento de todas las experiencias tipológicas previas como fueron los teatros y salones, pero sobre todo propusieron nuevos elementos que pueden entenderse como innovaciones en los aspectos estructurales y constructivos. Mención especial merece el edificio Ermita, donde el equilibrado manejo en el proyecto dio una propuesta estructural que fue más allá de la cubierta para un gran salón, ya que el uso para cine -el Hipódromo- se compartía con comercios, oficinas y departamentos, en donde el arquitecto Juan Segura supo jerarquizar cada espacio en una adecuada sobreposición estructural.

Es claro entender que en el caso de las salas, la solución estructural fue uno de los elementos relevantes, pero no el único aspecto técnico que debió cubrirse. Los requerimientos en este campo fueron resueltos con nuevas técnicas constructivas; con el diseño de iluminaciones con la intención de enfatizar espacios, con la introducción de equipos de sonido y materiales para plafones y muros que buscaban mejorar la acústica, con sistemas de proyección para presentar imágenes claras en pantalla, aprovechando el avance de la industria fílmica, así como con el aporte de los equipos de control de aire que mejoraban el ambiente interior. Además del cine Hipódromo, otros casos que permiten observar estas características son las salas Olimpia, Opera y Paris entre varias más.

Se puede entender así un proceso evolutivo que se va desarrollando en las décadas posteriores hasta llegar a los años setenta, cuando se transforma por varias razones; la televisión había aparecido en los años cincuenta, incorporándose paulatinamente al tiempo destinado a la recreación en los hogares urbanos, así como el video que surgió en los setentas. Por otro lado, la ciudad había crecido generándose grandes sectores periféricos al centro tradicional, en los que surgieron cines relacionados a ‘conjuntos habitacionales como el Tlatelolco; Villa Coapa, Villa Olímpica, Linterna Mágica, además de conceptos novedosos como fueron los multicinemas en centros comerciales o aislados en otros puntos del Distrito Federal. En estos últimos, se empieza a ofrecer no una sino varias opciones de espacios y películas -incluso más recientemente hasta conjuntos de 20 salas-, en contraposición al cine único con capacidad promedio de dos o tres mil asientos, que ya resultaba excesiva desde entonces. Por lo mismo la gran sala inicia su proceso de decadencia al no poder competir con estos nuevos esquemas de exhibición. Esto ha llevado a las fragmentaciones, que deben ser analizadas cuidadosamente, tratando de entender cuál es el verdadero aporte, y cuáles son las alteraciones al concepto arquitectónico de comodidad y servicio para los usuarios. Es así que podemos reconocer ciertas características y valores arquitectónicos de estos grandes palacios del espectáculo, los cuales durante varias décadas de nuestro siglo significaron uno de los principales entretenimientos para la sociedad, así como hitos en el paisaje urbano. Consideramos que es tiempo, ahora que festejamos los cien años del celuloide, que volvamos los ojos a estos inmuebles que conforman un testimonio del patrimonio cultural contemporáneo. De no hacerlo es seguro que intereses particulares seguirán provocando pérdidas definitivas -Roble-, fragmentaciones y deformaciones -Latino, París, Palacio Chino, Ariel, Cosmos y muchos más- así como cambios de uso -Gloria, Edén y Maya, convertidos en bares; Jalisco, Briseño, Victoria y Fernando Soler, ahora reutilizados como templos protestantes-, o el completo abandono que presagia su desaparición -Soto, Orfeón, Colonial, Chapultepec, entre otros-.

El cine es parte entrañable de nuestra cultura urbana y las grandes salas pueden convertirse, con propuestas flexibles, en foros para la apreciación de distintas manifestaciones artísticas con- temporáneas, lo mismo que en centros de convivencia social que retornen esa cualidad de espacio para la recreación, en proyectos que deben ser respetuosos de los espacios originales y de su contexto urbano. Las salas cinematográficas son ejemplos arquitectónicos del pasado reciente que pueden aún ser vigentes, al final de nuestro emblemático siglo de modernidad.

¿Alguien se anima?

Fuente: México en el Tiempo No. 15 octubre-noviembre 1996

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