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Los desconocidos Saltos de Piaxtla (Durango)

La cascada grande resultó ser de 120 metros, una belleza fuera de serie y la visión del interior de la quebrada realmente impactante.

Parecía que estábamos como en un escalón en medio de la verticalidad de la barranca, y hacia abajo veíamos caer el salto hasta una enorme poza.

Entre los pilotos de la Sierra Madre se rumoraba sobre la existencia de una gran cascada en Durango. Mi amigo Walther Bishop pronto localizó a uno de ellos, Javier Betancourt, quien no sólo nos proporcionó la ubicación, sino que se ofreció a que la sobrevoláramos. Tuvimos la oportunidad en el mes de julio del 2000. En menos de una hora estábamos sobre la Quebrada de Piaxtla. La visión de la barranca fue espectacular. De una gran meseta cubierta por bosque se desprendía una profunda y vertical grieta. El río se sumía entre la garganta de piedra. La dimensión vertical era impresionante. En un momento Javier nos señaló un punto hacia abajo, sobre el río y vimos dos grandes cascadas separadas pocos cientos de metros. Dimos varias vueltas sobre las cascadas y volvimos.

Al día siguiente salimos por tierra rumbo a la quebrada. Queríamos localizar las cascadas. En Miravalles, donde se inicia la quebrada, establecimos nuestra base. Es un pueblo casi fantasma junto al río Piaxtla que se extinguió junto con el aserradero. La zona está rodeada de un denso bosque de coníferas que configura maravillosos parajes por donde corre el río.

Don Esteban Quintero fue el único guía que conseguimos, ya que por lo intransitable nadie quiere adentrarse a la quebrada. Al día siguiente tomamos la brecha rumbo a Potrero de Vacas. Marchamos por zanjas, zoquetales, piedras y árboles caídos durante dos horas y nos detuvimos en un rancho abandonado, a la orilla de la quebrada. Potrero de Vacas se encuentra a media hondura dentro de la barranca y sólo se llega a pie. La quebrada se muestra imponente, probablemente en esta parte tendrá más de mil metros de profundidad, prácticamente verticales. Nos asomamos por algunos miradores y bajamos un poco, hasta que vimos al río encañonado.

–Ahí están las cascadas –nos dijo don Esteban, señalando un punto hacia el fondo. Sin embargo las cascadas no se veían, por lo que era preciso continuar. Walther y don Esteban siguieron, yo me quedé en los miradores para hacer una serie de fotos del paisaje. A las tres horas y media volvieron. Aunque no pudieron llegar hasta las cascadas si alcanzaron a verlas a cierta distancia. La que observaron mejor fue la cascada de arriba, Walther le siguió calculando unos 100 m de caída. La segunda, la más grande, sólo le vieron la parte alta. Volveríamos con gente y equipo para bajarlas y medirlas.

UN AÑO DESPUÉS

El 18 de marzo del 2001, regresamos. Don Esteban sería de nuevo nuestro guía, consiguió un par de burros para cargar todo el equipo. En la expedición participarían también; Manuel Casanova y Javier Vargas, del Grupo de Montañismo de la UNAM; Denisse Carpinteiro, Walther Bishop hijo, José Luis González, Miguel Ángel Flores, José Carrillo, Dan Koeppel, Steve Casimiro (ambos de la National Geographic) y desde luego, Walther y yo.

El camino era tan malo que desde Miravalles hicimos tres horas hasta el rancho abandonado, al borde de la Quebrada de Piaxtla. Preparamos equipo y comida, y cargamos los burros. A las 4:30 p.m. iniciamos el descenso, teniendo siempre las vistas maravillosas de la quebrada. A las 6 p.m. llegamos al fondo, hasta la orilla misma del río Piaxtla, en donde establecimos el campamento en medio de un arenal. El sitio era excelente para el campamento. Unos 500 m río abajo se encontraba la primera cascada. En este tramo del trayecto, el río se encañonaba, formando dos pequeños saltos, el más grande de unos diez metros, además de otras pozas y tinajas bien labradas en la piedra del río.

El 19 de marzo nos levantamos temprano y preparamos los cables para el asalto. Como los burros no podían pasar por el trayecto a las cascadas, entre todos cargamos los cables y caminamos por una patilla, abriendo ruta con machete. Por aquí se podía caminar justo hasta arriba del primer salto, después el río se encañonaba totalmente y sólo a rapel se podía continuar. Cuando llegué, Javier ya había localizado un punto por donde descender y explorar un poco el panorama debajo de la cascada. Desde ahí vimos bien la cascada chica y su caída no sería de más de 60 m, mucho menos de lo que habíamos calculado. Como el cable llegaba directamente a una enorme poza, buscamos otro punto de descenso. Localizamos uno más sencillo donde no tocábamos el agua. El descenso fue de unos 70 m de caída. Desde abajo la cascada chica se veía maravillosa al igual que su gran poza. Caminamos 150 m después del salto hasta llegar a la cascada grande. En este trayecto se avanzaba brincando entre enormes bloques rocosos, pozas y vegetación, todo rodeado por las paredes de la quebrada que parecían alzarse hacia el infinito.

Cuando llegamos a la cascada grande se nos presentó un escenario único. Aunque el salto no era tan grande como pensábamos, ya que resulto ser de sólo 120 m, parecía que estábamos como en un escalón en medio de la verticalidad de la barranca, y hacia abajo veíamos caer el salto hasta una gran poza y de ahí continuaba el río siguiendo su curso por otros saltos, cataratas y pozas. Frente a nosotros teníamos las paredes de piedra de la quebrada y una serie de grietas daban la impresión de seguir una secuencia de desfiladeros.

Nos encontrábamos en un palco de honor, además, éramos los primeros seres humanos en pisar este sitio. Todos nos abrazamos y felicitamos, recordamos a tantas personas que nos apoyaron en este sueño, que quizá a muchos les pareció de locos, pero aun así nos brindaron su confianza. Colocamos dos cables de 50 m por donde bajamos e hicimos una secuencia fotográfica de esta cascada. Nos quedamos largamente extasiados, disfrutando del paisaje. No bajamos hasta el fondo pero si lo suficiente para medir la cascada. Habíamos conseguido dos nuevas cascadas desconocidas para nuestra colección de maravillas exploradas.

Al día siguiente, después de recoger las cuerdas de ambas cascadas, levantamos el campamento e iniciamos el lento ascenso hasta Potrero de Vacas. Fueron dos horas de subir, siempre con hermosas vistas de la quebrada a nuestras espaldas.

Fuente: México desconocido # 302 / abril 2002

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