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Los reyes zapotecos y sus conquistas

En nuestra ciudad se repitió la tradición iniciada en la aldea de Mogote, donde los ancestros destinaron un edificio para tallar en sus piedras las imágenes de aquellos grandes guerreros de otros pueblos que fueron hechos cautivos y luego sacrificados a los dioses.

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Estos personajes eran motivo de muchas historias, porque no sólo recordaban nuestra superioridad sobre sus pueblos, sino también el inicio de una larga tradición que después identificaría a los benizáa como los grandes conquistadores de la región de Huaxyácac.

En el tránsito hacia una nueva época se seleccionaron las más representativas de dichas piedras para ser conservadas como parte de otras construcciones, con el objetivo de que en todo momento se reconociera la supremacía de nuestro pueblo sobre los demás.

Pasado el tiempo, con el advenimiento de un nuevo sol se cambió la forma de representar a los personajes vencidos. Ahora se esculpían los nombres de los pueblos conquistados sobre las cabezas de los caciques colocadas hacia abajo, en muestra de sometimiento a nuestro valiente pueblo.

Los muros del observatorio astronómico sirvieron como una gran galería para exponer las conquistas que se iban realizando entre los pueblos cercanos y aun en los lejanos; así, cada uno de nosotros y de los visitantes podemos admirar la gran fuerza de nuestros ejércitos en sus viajes de expansión.

La posesión territorial es una de las razones por las que se va a la guerra; la tierra es el valor más apreciado y profundo de este noble pueblo, y conquistando los territorios vecinos tendremos sus tierras produciendo maíz para nosotros. Por ello, y porque nuestros dioses nos han enviado para eso, es que somos guerreros indomables desde los más remotos tiempos. Además sabemos que ésa es la razón para seguir en pie de guerra por toda nuestra historia, no importa cuántos nuevos soles ocurran, nuestro propósito será siempre el mismo.

Desde aquellas épocas nuestros ejércitos habían conquistado territorios tan lejanos como algunos pueblos de la región de la Cañada, que se localizan en las tierras bajas del cañón de Tomellín. En la Coyotera pusimos un bastión, a donde se fueron a vivir los soldados y sus familias para resguardar el paso entre Huaxyácac y el valle de Tehuacán. Vivieron allí por muchos años y tenían constantes enfrentamientos con los cercanos pueblos cuicatecos. Nuestras batallas se ganaban por el número y rango de cautivos que hacíamos; en ocasiones apresábamos a toda la población: jóvenes y viejos eran atados de manos y pies y llevados a trabajar a Dani Báa. Otras veces sólo se tomaba cautivo al gran señor del pueblo, el Coquilao, a quien se convencía de entregar hombres para el trabajo tan necesario en la ciudad, pero también una parte de sus cosechas, mantas, cacao, copal, plumas y otros productos que favorecieran nuestra condición de guerreros.

Las guerras eran sobre todo asuntos estratégicos que manejaban los grandes señores. Los motivos más importantes por los que nuestros dioses nos mandaban pelear eran tres: obtener brazos tanto para el trabajo en nuestra gran ciudad y para sembrar los campos de los señores principales, como para la obtención del tributo que asegurara nuestra vida de nobles; así lográbamos que los señores de otros pueblos nos enviasen hombres para el trabajo y los productos que se les fijaban como tributo.

Otra razón era por el control de las rutas de los mercaderes, de tal manera que así asegurábamos el aprovisionamiento de nuestra región; peleamos mucho los límites del Valle de Huaxyácac, hacia la región del Soconusco, enfrentando no sólo a los bravos mixes, sino a algunos hermanos benizáa que se asentaron lejos y que querían controlar el paso de las mercaderías. Los hermanos de Tlalixtac peleaban constantemente con sus vecinos serranos, al igual que Tlacolula. Los de Huitzo siempre batallaban con Teocuicuilco, Coatlán, Miahuatlán, Chichicapa y Nejapa.

La otra razón era por las tierras, y en este caso no siempre salimos al campo de batalla. Todos sabemos que los hombres somos hijos de la tierra, por lo que el control sobre los territorios era algo que más que a los humanos correspondía decidir a los dioses, para eso tenemos el lachi (tlachtli).

Los conflictos por tierras, en una primera instancia se decidían en el ritual de la pelota o lachi, donde nuestros mejores guerreros se esforzaban por ganar el juego, ya que el vencedor era considerado como el favorecido por los dioses. Los grandes sacerdotes observaban el desarrollo del rito para dar fe de los resultados, y así el perdedor reconocía que Ia razón estaba con el adversario, quien tomaba posesión de sus territorios.

Para ir a la guerra, un guerrero lucía sus ropajes de gala: máscara que, según su rango, podía ser de jaguar, de muerte o simple pintura facial con los colores de Ia noche y de la muerte y las anteojeras de Cocijo; taparrabos con faldellín, capa, sandalias de piel. Usaba su macana o una saeta con dardos, arco y flechas o cuchillos de pedernal; un gran escudo de armazón de bejucos ornamentado con plumas, así como armaduras acolchadas de algodón para su defensa y cascabeles en los talones para hacer sentir su presencia. Todo su atuendo era al mismo tiempo hermoso y feroz. Todas las campañas se hacían acompañar de ciertas imágenes de los dioses para que los guiaran a los lugares donde podían atacar por sorpresa al enemigo.

En épocas más recientes se representan en grandes estelas a los coquilao que habían sido tomados prisioneros por los señores de Dani Báa; los grabados muestran al prisionero con las manos atadas a Ia espalda, pero con su nombre y procedencia, por lo que se le reconocía su status de gran señor. También se le permitía hablar, como lo muestra Ia vírgula de la palabra que emerge de su boca; y era mediante la palabra que se podía Ilegar a algunos acuerdos entre los grandes señores.

Pero no siempre había ganador y perdedor. Cuando los reinos eran tan fuertes como Dani Báa, o los asuntos a resolver demasiado complejos, nuestros señores optaban por establecer alianzas con los señores de esos pueblos. Una alianza era un convenio entre dos o más pueblos para unir sus ejércitos, sus posesiones o sus tierras. Para ello se proponían matrimonios entre los príncipes de ambas partes, o de los señores coquilao con las princesas de otros reinos; así se sumaban tierras y esdavos sin necesidad de pelear. Un señor principal podía tener varias esposas, de modo que podía realizar por sí mismo varias alianzas matrimoniales. Sabemos que el señor de Huitzo Ilegó a tener hasta veinte esposas de los diversos pueblos con los que concertó alianzas de poder.

Cuando se casaban dos príncipes, como sucedió entre la hija dei señor de Zaachila y el príncipe mixteco de Yanhuitlán, el padre de la novia ofreció como dote el pueblo de Cuilapam, asegurando así el control familiar sobre esa población.

Cuando se establecían tales alianzas siempre se procedía a plasmarlas en los textos,ya fuera en la piedra o en los libros sagrados que se hacían de piel de venado. Alli los huezeequichi representaban con grabados o pinturas las alianzas que se realizaban y definían con precisión las extensiones territoriales que se involucraban en esos actos políticos.

Estas representaciones algunas veces las hacían trazando mapas, o simplemente dibujando los símbolos de los parajes a los que se hacía referencia, pero siempre era importante la claridad en la representación, ya que se trataba de asuntos que tenían que ver con la tierra y con el control político generado por las alianzas sobre nuevos territorios.

Muy importantes fueron las alianzas entre los benizáa y los ñuusabi (zapotecos y mixtecos), ya que nos permitieron controlar varios pueblos y por lo tanto tener muchos esclavos; hemos narrado ya en nuestros libros y dinteles las incursiones militares dei gran señor mixteco 8 Venado Garra de Tigre, a quien veneramos como si fuera de nosotros por Ias alianzas que establecimos con él y que nos permitieron expandir aún más el control sobre amplios territorios.

También en esta época las alianzas con los ñuusabi nos están permitiendo enfrentamos a los temibles nahuas, que han llegado hasta nuestro territorio buscando controlar el Soconusco. La mejor estrategia ha sido aliarnos con los ejércitos mixtecos y con nuestros hermanos del Guiengola para equilibrar el número y la calidad de nuestros soldados y armamentos; para ello hemos tenido que dar en matrimonio a dos bellas princesas de esta tierra.

Así ha sido la historia de las conquistas de nuestros señores. Desde tiempos inmemoriales han luchado, han capturado nobles, han conseguido tributos para nuestra vida y brazos para nuestras construcciones o campos de cultivo. También han hechos inteligentes alianzas que nos permiten seguir controlando el poder político y territorial de Huaxyácac.

No podía ser de otra manera, a fin de cuentas, todo esto ha sido encaminado a cumplir los designios de los dioses para nuestra raza, por eso cada modalidad de conquista hecha por nuestro pueblo benizáa está bendecida y aprobada por los dioses principales.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 3 Monte Albán y los zapotecos / octubre 2000

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