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Miguel Hidalgo y Costilla. II

El mismo día 16 salieron Hidalgo y los suyos de Dolores, marchando a San Miguel el Grande, y al anochecer entraron en la población.

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Allí se les unió el Regimiento de la Reina, y en el camino una multitud de gente del campo principalmente indios, armados con flechas, palos, hondas e instrumentos de labranza, sin orden, sin disciplina, siguiendo por jefes a sus capitanes de las haciendas; montados los de caballería en flacos y malos caballos, los jinetes con pocas lanzas, y las espadas y los machetes propios de sus ocupaciones campestres. Aquella gente marchaba siguiendo un fuerte instinto que lo impulsaba y que no podía definir, mas no tenía bandera; al pasar por Atotonilco, Hidalgo encontró una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, la hizo suspender del asta de una lanza, y aquél fue el estandarte del ejército: en todos los guiones se puso una estampa del sagrado simulacro, y la usaban los partidarios por distintivo en el sombrero. Las inscripciones colocadas al lado de la imagen, eran: “Viva la religión. Viva nuestra madre Santísima de Guadalupe. Viva Fernando VII. Viva la América y muera el mal gobierno.”

Los insurgentes, apoderándose de la persona de los españoles y saqueando sus casas, pasaron por Chamacuero y entraron en Celaya el día 21. Hasta entonces la revolución no tenía jefe; lo eran de hecho los caudillos que la promovieron, y por deferencia a la edad, a los conocimientos y al carácter de sacerdote, Hidalgo representaba el primer lugar; para dar legalidad al hecho, el 22, con asistencia del Ayuntamiento de Celaya, fue nombrado Hidalgo, general; Allende, teniente general; con lo cual aquél quedó investido del supremo mando, por unánime consentimiento. El ejército contaba entonces con unos 50,000 hombres, y había visto pasar a sus filas varias compañías de los provinciales de la villa. Con aquellas fuerzas se avanzó sobre Guanajuato, y el 28 cayó en sus manos la ciudad, después de un sangriento combate en la Alhóndiga de Granaditas cuyos defensores perecieron pasados a cuchillo.

Pasados los primeros días, y con ellos la confusión, se dedicó Hidalgo a organizar el Ayuntamiento, nombró empleados, puso mano a establecer una fundición de cañones, una Casa de Moneda, y se dedicó en cuanto pudo a sacar provecho de su conquista. El Gobierno en tanto se aprestó para combatir la revolución. El obispo electo de Michoacán, Abad y Queipo, publicó un edicto el 24 de septiembre, declarando a Hidalgo, Allende, Aldama y Abasolo, excomulgados.

El ejército siguió para Maravatío, Tepetongo, Hacienda de la jornada, lxtlahuaca y Toluca, y el 30 de octubre desbarató en el monte de las Cruces a las fuerzas de Torcuato Trujillo, mandadas por el virrey Venegas para contenerlo. Con esta victoria quedó abierto el camino de la capital; Allende era de opinión que se avanzara sobre ella aventurando un golpe decisivo; Hidalgo se opuso alegando la falta de municiones, la pérdida sufrida en la batalla, que había infundido gran terror en la gente bisoña, la aproximación de las tropas realistas al mando de Calleja y el éxito dudoso de un combate contra la guarnición nada despreciable de la ciudad. Sin hacer nada se estuvieron a las puertas de México hasta el 1 de noviembre y el 2 comenzaron a retroceder por donde habían venido, con ánimo de ir a apoderarse de Querétaro.

El primer mal, resultado del paso retrógrado, fue perder la mitad de la gente por la deserción. Los insurgentes ignoraban el rumbo que traía el ejército realista y las operaciones que había ejecutado; la noticia de su aproximación la supieron por los dispersos de una partida, que en la hacienda de Arroyozarco encontró la descubierta enemiga. Era ya inevitable la batalla; a pesar de sus bajas, los insurgentes contaban con más de cuarenta mil hombres, con doce piezas de artillería, y tomaron posición en la loma, casi rectangular, que desde el pueblo se extiende hasta el cerro de Aculco. Al amanecer del 7 de noviembre fueron atacados, y se dispersaron completamente sin combatir, dejando en el campo sus equipajes y útiles de guerra. Allende se retiró para Guanajuato; Hidalgo entró con cinco o seis personas en Valladolid, habiendo disminuido las numerosas fuerzas reunidas poco antes. La separación de los dos jefes tuvo por objeto poner en estado de defensa a Guanajuato, mientras se reclutaban nuevos hombres, se fundía artillería y se organizaban divisiones para atacar simultáneamente a los vencedores.

El 15 de noviembre participó a Allende su resolución, y el 17 salió de Valladolid con siete mil hombres de caballería y doscientos cuarenta infantes, todos mal armados, entrando el 26 en Guadalajara. Allende, que veía aproximarse a Calleja con su ejército, allanando fácilmente los pueblos de su tránsito, con fecha del 19 de noviembre repruebó la marcha de su compañero, y le escribe que en lugar de alejarse pensando en su seguridad personal, piense en la de todos, y venga con sus tropas a socorrer la plaza, en combinación con otras partidas: el 20 repitió otra carta del mismo tenor. Como Guanajuato se perdió el 25 de noviembre el retroceder no era ya de ningún provecho.

Despuésde la toma de Guanajuato por los realistas, Allende marchó a Zacatecas y de allí a Guadalajara, adonde entró el 12 de diciembre, perdió Valladolid las fuerzas y las autoridades se retiraron también a aquella plaza, que vino a ser el foco de la revolución. Se trató entonces de establecer un gobierno del que Hidalgo era cabeza, con dos ministros, uno de “Gracia y justicia” y otro denominado “Secretaría de Estado y del Despacho” pero no resultó.

Allende opinó, supuesto que una batalla era inevitable, porque se sacase al campo la tropa organizada con la artillería útil, para que en caso de un revés quedara en pie el grueso del ejército que mientras podría instruirse, quedando una retirada segura y un punto de apoyo en la ciudad; de modo contrario opinó Hidalgo, y por él se decidieron los votos del consejo. En consecuencia, el ejército compuesto de unos cien mil hombres, con veinte mil jinetes y noventa y cinco cañones, salió de la población el 14 de enero de 1811 para acampar en las llanuras del puente de Guadalajara, y el 15 a tomar posición militar en el puente de Calderón, lugar escogido por Allende y por Abasolo. Los insurgentes fueron derrotados y el ejército se desbandó.

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