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Ornamentos y joyería de la época prehispánica

Muy rica en detalles es la información que conservamos de la manera de vestirse y ornamentarse en el México antiguo, entre la que destaca la información gráfica que nos brindan los códices precolombinos.

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En ellos podemos apreciar, además de la vestimenta de los gobernantes, sacerdotes y guerreros de aquella época, la joyería elaborada a partir del manejo de los metales preciosos, especialmente el oro, ya que había menor aprecio por la plata y el cobre.  

Para entender el realce que daba a su figura la joyería áurea demos un vistazo a su peculiar vestimenta, que es característica casi exclusiva de Mesoamérica. Uno de los atuendos más elegantes de los hombres eran las tilmas, que a manera de capas cubrían su cuerpo. Todas ellas tenían como decoración diseños geométricos y simbólicos, cuyo contraste colorido les daba su propia identidad. 

Los hombres cubrían su sexo con una prenda distintiva de su género de carácter nativo llamada maxtlatl, que consistía en un largo paño que pasaba por en medio de las piernas y se ceñía anudándose en la cintura de tal manera que los remates colgaran también entre las piernas; estos maxtlatl también lucían complejos diseños multicolores.  El atuendo de las mujeres consistía en enredos que a manera de faldas, sujetas con anchas fajas, cubrían la sección inferior del cuerpo, mientras que sobre el torso llevaban una especie de camisa larga de forma cuadrangular llamada huipil, o bien, un gran y bello quechquémitl, de forma romboidal, cuyos bordes triangulares presentaban colgantes o borlitas que acentuaban el elegante movimiento femenino al caminar. Los individuos enterrados en las múltiples tumbas localizadas en las principales capitales indígenas debieron de estar ataviados con las prendas que hemos descrito, además de su valiosa joyería.

Conocemos estas extraordinarias obras de la orfebrería precolombina a través de las excavaciones que han llevado a cabo los arqueólogos, y con anterioridad los coleccionistas del siglo XIX.  Los gobernantes y jerarcas portaban diademas de oro, que en ocasiones iban cubiertas de mosaicos de turquesa, con las que ceñían su cabeza. En la tumba 7 de Monte Albán se descubrió una joya semejante, acompañada de una pluma de oro de gran longitud que lleva incisa otra pluma pequeña de forma circular.

En la realidad, esta joya era un ornamento de la alta jerarquía militar elaborada con plumas de águila que identificaba a los guerreros que se distinguían por su valentía al capturar prisioneros vivos durante la batalla. Según los códices mexicas, los soberanos de México-Tenochtitlan, llamados tlatoque, se identificaban por su diadema, llamada copilli, y por el uso de orejeras y narigueras de turquesa. 

Rostros ornamentados    

Para las orejas había ornamentos específicos, que denominamos genéricamente orejeras. A fin de lucir estos objetos, se perforaban y dilataban el lóbulo, que es muy flexible, hasta que el orificio tuviera la dimensión requerida para alojar estas joyas. Las orejeras tienen una sección cilíndrica que se inserta en el lóbulo, y al frente, a manera de remate, el ornamento, que adopta diversas formas. El ornamento podía ser circular, cuadrado o en forma de gancho, de modo que a la vista de los demás el individuo lucía dos discos a los lados de la cara, que la enmarcaban y exaltaban la dignidad. La identidad del personaje o de la deidad tenía que ver con el colgante que pendía muchas veces de la orejera. Sobre el rostro, la joya distintiva más característica era la nariguera. Para sujetarla se requería un corte en la parte interna de la nariz, en el septum, que es un cartílago muy delgado.

La perforación la hacía un sacerdote en ceremonias públicas, en las que, como señal de valentía, el individuo no debía dar muestras de dolor. Las narigueras se sujetaban mediante una barra que pasaba por la parte central e interior de la nariz y se extendían más allá de los cometes. Algunas tenían forma tubular, y se denominan “de barra”; otras semejaban mariposas estilizadas, y los extremos que corresponden al hocico del animal eran las puntas que a manera de remate de gancho se insertaban en el septum, permitiendo que la nariguera tuviera una caída natural sobre la boca, cubriéndola. Las narigueras de mariposa se asociaban especialmente con Xochipilli-Macuilxóchitl, el dios patrono de la llegada del cambio de la naturaleza, las flores, los pájaros, las mariposas, y también del canto, la danza y la música.

Conocemos narigueras de mariposa estilizada que proceden principalmente de la región oaxaqueña. La nariguera colgante que asemeja la greca escalonada y remata con rayos luminosos, tenía un simbolismo relacionado con el sol. La diosa Coyolxauhqui, deidad guerrera lunar que fue decapitada por su hermano el astro rey, tenía como nombre “la que se pinta o maquilla las mejillas con cascabeles”, y lucía una nariguera de esta forma. En la hermosa escultura de diorita que la representa, descubierta en las cercanías del Templo Mayor de México- Tenochtitlan, apreciamos que en la cabeza lleva un ornamento llamado “mejillera”, con cascabeles de oro, que seguramente se adhería al rostro con alguna resina vegetal. 

Collares y pectorales    

Para el cuello y el torso, los orfebres indígenas inventaron vistosos collares y pecheras, compuestos con cuentas de diversas formas, ya fueran esféricas, tubulares o torneadas. Algunas parecían carapachos de tortuga o cuerpos y cabezas de animal. Las cuentas se combinaban en variedades, secuencias y ritmos. Y como remate de los collares se colocaban cascabeles que debieron de producir un sonido melodioso cuando el notable personaje transitaba por su palacio. El príncipe mixteco enterrado en la tumba 7 lucía, además de los collares, una complicada pechera que, a manera de un tejido en red, muestra hilos con cuentas de oro, perlas, turquesas, concha y cascabeles que debieron exaltar aún más su jerarquía política y militar, ya que estos ornamentos eran exclusivos de un limitado número de individuos en los reinos mixtecos.  Para los antebrazos se elaboraba un tipo de pulsera que los ceñía. Las que proceden de la tumba 7, o bien son lisas, con la pared curva, o muestran el elegante ritmo de banda que se entrelaza a manera de meandros.

En las muñecas, las pulseras son aros de una elegante simplicidad. Sabemos también que muchas de las pulseras, al igual que los collares, presentaban combinaciones de diversas cuentas con sus respectivos colgantes de cascabel, los cuales producían sonoros tintineos con el movimiento. Uno de los ornamentos que distingue al mundo mesoamericano por su singularidad son los llamados bezotes, que tienen diversas formas, pero que en general se componen de un cuerpo cilíndrico que en la base muestra lengüetas en los extremos para sujetarse en el interior de la pared de la barbilla. Para poder lucirlo, el individuo que había alcanzado la dignidad de ostentarlo debía someterse a una dolorosa operación, mediante la cual se le horadaba un círculo debajo del labio, sobre la barbilla, atravesando la piel. De esta manera, cuando cicatrizaba la herida sin cerrar, el bezote podía lucirse, a manera de un grado militar, atrayendo de inmediato la atención y el respeto de toda la comunidad. 

En ocasiones, los bezotes muestran remates que representan cabezas de animales, especialmente águilas o serpientes. En el retrato de Nezahualcóyotl, señor de Texcoco, que se recreó en una de las páginas del Códice Ixtlilxóchitl, se aprecia el hermoso bezote que luce el personaje con la forma de una cabeza de águila, el cual tiene gran similitud con la pieza áurea de las colecciones del Museo Etnológico de la ciudad de Turín. Algunos de los bezotes descubiertos en las tumbas muestran un águila descendente que sujeta en su pico un disco del que cuelgan cascabeles.

El que debió lucir el señor de la tumba 7 de Monte Albán es una combinación de oro y jade; con la piedra verde tallaron la cabeza del ave rapaz y en el remate posterior están las dos lengüetas laterales de oro que servían para sujetar esta joya a la parte inferior del labio.  Las manos de los dignatarios en los reinos del mundo precolombino lucían elegantísimos anillos, algunos como argollas con diseños de grecas escalonadas, logrados mediante filigranas; otros remataban con águilas descendentes y los consabidos cascabeles, que producían armoniosos sonidos. Para acentuar aún más la belleza y el poder de aquellas manos, se colocaban uñas falsas que se sujetaban al dedo mediante argollas. 

Para completar todo este cuadro de esplendor y singular belleza, aquellos hombres llevaban sobre el pecho varios pectorales. Los más impresionantes por su tamaño y forma peculiar son los que Alfonso Caso y su grupo de ayudantes descubrieron en la tumba 7 de Monte Albán. Uno de ellos, el más famoso, representa a un dios de mandíbulas descamadas con gran tocado de plumas y fechas calendáricas, con el inconfundible signo del año mixteco, que se ha identificado con el dios Mictlantecuhtli.  Un rostro bello para el mas allá.  

Para cubrir los ojos de los difuntos se elaboraban objetos ovoides con una perforación en el centro, y que seguramente simbolizaban ojos de oro, tal y como debió de llevarlos el personaje de la tumba 7 de Monte Albán. Pero la tradición más popular consistía en cubrir los rostros con máscaras talladas en madera cubiertas de finísimos mosaicos de turquesa con ojos de concha y obsidiana. Estas máscaras debieron tener la misión de ofrecer un segundo rostro bello y eternamente joven, con el cual el muerto realizaría su viaje al otro mundo. También elaboraban máscaras de obsidiana, de alabastro y de diorita con la misma función de carácter funerario.  En la metalurgia indígena se trabajó especialmente con oro, obtenido mediante la técnica llamada “de placer”, pues las pepitas se recogían en las corrientes de los ríos. Las técnicas para trabajarlo fueron el martillado y el fundido, utilizando para este último el famoso sistema de la “cera perdida”, mediante el cual se obtuvieron los más bellos ornamentos que admiramos hoy día en el Museo Nacional de Antropología y en el Centro Cultural de Santo Domingo, en Oaxaca.

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