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Relojes Centenario. La magia de la exactitud

Todo comenzó un día de 1909 cuando Alberto Olvera Hernández, de apenas 17 años, se percató de que el reloj “de chimenea” se había descompuesto… así nació la apasionante historia de Relojes Centenario. ¡Conócela!

14-07-2010, 11:38:02 AM
Relojes Centenario. La magia de la exactitud
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Al tratar de reparar aquel reloj de chimenea, lo desarmó y fue entonces cuando sucumbió ante la magia de esa pequeña máquina de medir el tiempo, fascinación que lo acompañaría el resto de su vida.

Alberto Olvera decidió entonces construir él mismo su primer reloj “monumental” que presidiera las actividades laborales y sociales de los trabajadores de la finca paterna, ubicada en el barrio de Eloxochitlán, en Zacatlán, Puebla.

Para llevar a cabo su objetivo, Alberto Olvera contaba únicamente con un torno de madera, una fragua, un yunque y algunas herramientas rudimentarias del taller de carpintería de su padre. Con sus propias manos construyó una máquina para calar madera, fabricó crisoles de barro y elaboró algunas limas. Puso manos a la obra y tres años después, en agosto de 1912, tuvo lugar la inauguración de su primer reloj, en la finca Coyotepec, Zacatlán, Puebla.

Alberto Olvera era un joven muy inquieto, tocaba el violín y la mandolina y fue inventor, entre otras cosas, de un cambiavías para trenes eléctricos que patentó en 1920. “Intentar algo es símbolo de inquietud. Realizarlo es prueba de carácter”, fue el principio rector de su fructífera existencia.

No obstante sus variadas ocupaciones, Alberto Olvera empezó a construir otro reloj en 1918. Esta vez sólo tardó un año en concluirlo e instalarlo en la vecina población de Chignahuapan. Continuó trabajando en Coyotepec hasta 1929, año en que instaló su taller en la ciudad de Zacatlán, Puebla.

Así nació Relojes Centenario, nombre adoptado en 1921, fecha del primer centenario de la Consumación de la Independencia de México.

Actualmente trabajan en Relojes Centenario los hijos y los nietos de Alberto Olvera, además de medio centenar de empleados y obreros. Para José Luis Olvera Charolet, actual gerente de Relojes Centenario, construir un reloj público es un compromiso, no sólo con quien lo encarga o lo paga, sino con toda la comunidad, pues es precisamente ese reloj el que rige las actividades de una población. La inauguración de un reloj monumental es esperada con gran júbilo y desde el momento en que hace su arribo es considerado por los lugareños como algo suyo. Ya sea en la iglesia, el palacio municipal o el monumento construido ex profeso para albergarlo, el reloj tiene mucho que ver con las tradiciones y el arraigo de los mexicanos a su terruño. Se ha dado el caso de que algún trabajador mexicano residente de Estados Unidos pague la totalidad del costo del reloj de su “pueblo” natal.

Relojes Centenario es la primera fábrica de relojes monumentales de Latinoamérica. Cada año, entre 70 y 80 de ellos son colocados en poblaciones de México y el extranjero. José Luis Olvera afirma que en nuestro territorio –desde Baja California hasta Quintana Roo– hay más de 1500 relojes monumentales fabricados por esta empresa.

Entre los relojes más importantes de Centenario está el floral del Parque Hundido (Luis G. Urbina) en la Ciudad de México, uno de los más grandes del mundo, que ocupa una superficie de 78 metros cuadrados y tiene una carátula de diez metros de diámetro. Destaca por su monumentalidad el de la basílica de Nuestra Señora del Roble, en Monterrey, con sus cuatro carátulas de cuatro metros de diámetro cada una. Sin duda, uno de los consentidos de la familia Olvera es el reloj floral de Zacatlán, convertido ahora en símbolo de la ciudad, donado por Relojes Centenario a la población, en 1986. Este reloj, único en el mundo con dos carátulas opuestas de cinco metros cada una, accionadas por un mecanismo central, marca las horas con nueve melodías diferentes, de acuerdo con la época del año, a las 6 y a las 10 de la mañana, a las 2 de la tarde y las 9 de la noche, horario decidido para no interferir con el tañido de las campanas de la iglesia.

Todo buen reloj monumental que se precie de serlo debe tener su carillón (aunque popularmente se le llama carrillón, no es correcto, asegura José Luis Olvera). Carillón es el conjunto de campanas que producen determinado sonido o melodía para señalar lapsos de tiempo. Las melodías del carillón las elige el cliente de acuerdo con las tradiciones musicales del lugar o con sus preferencias personales.

Al respecto, José Luis Olvera narra algunas anécdotas: cuando la ciudad de Torreón adquirió dos relojes, uno floral para el Museo Regional de la Laguna y otro para el cual se construyó un monumento especial, el entonces presidente municipal pidió que éste último tocara La Filomena cada hora. En Tuxtla Gutiérrez hay un reloj floral de tres carátulas que interpreta el vals Tuxtla y Las Chiapanecas. Apenas el año pasado, el presidente municipal de Santa Bárbara, viejo poblado minero de Chihuahua, encargó un carillón que toca Amor Perdido.

Relojes Centenario, además de fabricar e instalar los relojes que produce, repara relojes franceses,alemanes e ingleses de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando Porfirio Díaz sugirió que se colocara uno en cada población.

José Luis Olvera comenta que el conductor de un programa de televisión le preguntó en una ocasión: “¿Es negocio construir relojes?”La respuesta no se hizo esperar:“Tenemos más de ocho décadas haciéndolos”.“En este negocio, añade Olvera,la posventa es muy importante. Al vender un reloj adquirimos un compromiso que no concluye el día de la inauguración. Cuando es necesario, los técnicos de Relojes Centenario viajan al interior del país o al extranjero para reparar o sencillamente para dar mantenimiento al reloj que, además de formar parte de una comunidad, nos permite estar presentes hasta en las más remotas poblaciones y captar la atención de sus habitantes”.

Visita el Museo Alberto Olvera Hernández, en Zacatlán, Puebla. www.centenario.com.mx

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