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Proyecto editorial de códices mesoamericanos

Durante la época prehispánica, en el territorio ocupado por la actual República Mexicana, y con una antigüedad que se remonta a uno 30 mil años en su época prehistórica, convivieron diversos grupos humanos con diferentes grados de integración sociopolítica y de desarrollo cultural hasta el momento del contacto con la cultura española.

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En medio de ellas quedaría intermedia, aunque no indeterminada, Ia llamada Oasisamérica. Los pobladores de Ia primera poseyeron una “alta cultura” cuya máxima expresión, en Ia etapa inmediatamente anterior a Ia Conquista, fue Ia Triple Alianza, también conocida como el Imperio de Moctezuma. A su vez, los grupos aridoamericanos -no obstante haber sido el origen de buena parte de Ias migraciones que, a Ia larga, harían posibles los logros mesoamericanos- permanecieron con un menor grado de desarrollo cultural y niveles más bajos en cuanto a formas de organización sociopolítica se refiere. Los oasisamericanos fluctuaron entre los otros dos, al tiempo que fueron sus intermediarios. O sea, que en el momento deI contacto, el mundo indígena era un mosaico pluriétnico y multicultural con marcadas diferencias entre sus componentes. Sin embargo, en Ia superárea mesoamericana existió un sustrato cultural común. Una de Ias características que distinguió a buena parte de sus sociedades fue -además de Ia posesión y uso de caIendarios, un tipo de organización estatal y diversas formas de pIanificación urbana- Ia manufactura de registros pictográficos que consignaban, entre otros, aspectos reIigioso-caIendáricos, poIítico-miIitares, adivinatorios, tributarios, genealógicos, catastraIes y cartográficos, que de manera importante (en ciertos casos) daban testimonio de una acendrada conciencia histórica.

De acuerdo con Alfonso Caso, esta tradición puede remontarse a los siglos VII u VIII de nuestra era, y según Luis Reyes se liga con pinturas rupestres, complejos cerámicos y pinturas murales con una antigüedad de cuando menos dos mil años. En opinión de Kirchhoff, el segundo dato nos brinda la oportunidad de combinar los datos arqueológicos con [las] fuentes pictóricas o escritas.

Los registros pictográficos, característica única de la alta cultura mesoamericana en el ahora continente americano, continuaron con profusión durante la época colonial, básicamente como medio de legitimación de antiguos privilegios, reclamos sobre tierras o linderos, validación de linajes, y como cierta forma de memoriales de servicios prestados a la Corona por las comuniaddes indígenas y sus caciques.

En todo caso, como lo señala Luis Reyes, la existencia de testimonios pictográficos durante la Colonia, demuestra el fuerte arraigo y la vitalidad del sistema de escritura indios, que cambió y se adaptó pero persisitó durante toda la época colonial. Además señala la aceptación y el reconocimiento colonial de la especificidad cultural de los indios.

Como patrimonio histórico documental, estos testimonios hacen las veces de puente, ya que hacia atrás nos conecta con los productores de los ahora vestigios arqueológicos (sean estos utensilios o imponentes zonas monumentales) y hacia adelante, con los grupos indígenas actuales. En términos de Paul Kirchhoff, nos permite estudiar el proceso histórico mesoamericano (en un sentido amplio), para intentar su reconstrucción desde sus orígenes hasta la actualidad. Con este fin tendrían que unir sus esfuerzos arqueólogos, historiadores y antropólogos; aunque es indispensable agregar que, a partir de 1521, para su cabal comprensión, sería necesario tomar en cuenta a los españoles, y después, según su momento de inserción en la sociedad colonial, a africanos y asiáticos.

El proyecto editiorial de códices mesoamericanos reúne los esfuerzos de duversas personas e instituciones. Estas últimas son el Instituto Nacional de Antropología e Historia, la Benemérita Universidad de Puebla, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social y el Archivo General de la Nación.

Con la culminación de dicho proyecto, mediante el estudio y publicación facsimilar, se hace posible el rescate de los siguientes testimonios pictográficos indígenas coloniales:

El Códice de Tlatelolco, con un estudio introductorio de la maestra Perla Valle, describe la situación social, política y religiosa y la forma de inserción de esta parcialidad indígena a la naciente sociedad colonial en la que, en buena medida, se aprovecharon antiguas formas organizativas precolombinas, sobre todo en los aspectos políticos y económicos.

El Mapa de Coatlichan, analizado por la maestra Luz María Mohar, debido a sus características plásticas, aunque con ciertas influencias europeas, puede considerarse un ejemplo de la persistencia del estilo indígena y de su preocupación por plasmar gráficamentre los lugares de asentamiento de sus diferentes unidades sociopolíticas y el entorno que las circundaba.

El Códice de Yanhuitlán, estudiado por la maestra María Teresa Sepúlveda y Herrera, (publicados juntos por primera vez, los dos fragmentos que de él se conocen), se ocupa básicamente de eventos históricos y económicos ocurridos en Yanhuitlán y algunos pueblos aledaños, en los inicios de Ia época colonial entre 1532 y 1556.

El Códíce Cozcatzín, con un estudio preliminar de Ia maestra Ana Rita Valero, singular ejemplo de Ia variación temática de los códices coloniales, tiene un contenido histórico, genealógico, económico y astronómico-astrológico. Es una fuente típicamente tenochca como lo muestra, entre otros aspectos, Ia minuciosa descripción de Ia “guerra civil” entre los mexicas: tenochcas y tlatelolcas, con un desafortunado final para los segundos.

Mapa de Cuauhtinchan número 4, analizado por la maestra Keiko Yoneda, es tal vez Ia representación cartográfica más europea de Ia región, lugar privilegiado en cuanto a Ia riqueza de testimonios pictográficos y documentales coloniales se refiere. Tiene como principal propósito señalar los linderos entre Cuauhtinchan y los antiguos y colindantes señoríos prehispánicos, y Ia, en ese entonces emergente, ciudad de Puebla de los Ángeles. La materialización del proyecto de edición de códices mesoamericanos, vale Ia pena insistir en ello, muestra la bondad y eficacia de Ia colaboración interinstitucional y Ia necesidad de una labor interdisciplinaria, para el rescate efectivo de esa memoria escrita, pictográfica y documental, básica para Ia reconstrucción del devenir de buena parte de los grupos étnicos indígenas participantes en Ia formación de Ia sociedad colonial, cuyos descendientes actualmente conforman importantes segmentos de este nuestro México, afortunadamente, como en sus inicios, pluriétnico y multicultural.

Fuente: México en el Tiempo No. 8 agosto-septiembre 1995

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