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Ruta del desierto a las montañas: De Puebla a Oaxaca

En busca de reencontrarse, Mayte y Arturo regresaron a Zapotitlán Salinas en Puebla. La carretera los transportó de jardines de biznagas gigantes cascadas pétreas en Oaxaca. Sin proponérselo, comprobaron que no hay nada como estar dispuestos a mirar con ojos nuevos.

Foto: Arturo Lara
Mayte G. Bonilla

Mayte G. Bonilla

“¿Islotes?”. “No, ¡izotes!”. Son nuestras primeras palabras luego de tres horas y media de camino sin hablar. Yo no había dejado de ver el celular y Arturo iba con la mirada fija en la carretera.  Cuando aparecieron al costado del asfalto los primeros izotes, supimos que ya estábamos cerca, aunque seguíamos sin estar seguros del nombre de la planta.

Regresamos a Zapotitlán Salinas, un pueblo en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, para cumplir nuestra promesa de regresar algún día. Después de seis años, estamos aquí esperanzados  por reencontrarnos con los majestuosos paisajes de esta zona semiárida; pero sobre todo con el  anhelo de redescubrir la magia de estar juntos en un lugar tan especial, al que llegan discretamente personas del mundo entero. Así nos conocimos: de viaje.

EL RETORNO AL JARDÍN

Habitado por cientos de cactus columnares a los que el tiempo y la fauna han dado un rostro entre las sombras, el jardín botánico Helia Bravo Hollis nos recibió con una familiaridad que nos abrazó con su paz. Este espacio se fundó en 1989 y desde entonces aquí se hace un trabajo de conservación de la flora más representativa de la región, como tetechos, garambullos, biznagas y “viejitos”. Aunque últimamente nuestras opiniones no coinciden casi nunca, cuando se nos pregunta, ambos elegimos la misma cabaña en la que nos hospedamos la primera vez. Su vista panorámica nos permite apreciar cómo se pierden las montañas de la Sierra Madre del Sur. Quizá la tranquilidad que transmite este bosque de cactus, donde ahora no pasa más que el viento,  ayude a relajar la tensión que hay entre nosotros.

Arturo LaraFoto: Arturo Lara

Llegamos con suficiente tiempo para participar en uno de los recorridos de senderismo  interpretativo del jardín. O podríamos aprovechar el día para subir por nuestra cuenta al cerro Cuthá, la montaña sagrada de los popolocas, y ver lo que queda de las salineras prehispánicas, para ser testigos de la producción de sal con métodos milenarios. Pero no, Arturo propone salir del jardín e ir a conocer el santuario de las biznagas gigantes. Es una buena idea, acepto.

Arturo LaraFoto: Arturo Lara

RIQUEZA ESCONDIDA

Nos da mucho gusto ver de nuevo a Maurino, un personaje conocido en Zapotitlán por su trabajo como guía comunitario y su labor ambientalista. Hace 19 años que declararon este municipio parte de la reserva y él ha contribuido a la sensibilización de su comunidad sobre el cuidado y uso responsable de los recursos naturales en estos rumbos donde hay que sobrevivir en condiciones extremas, como la temperatura que alcanza los 40 grados Celsius.

Bajo un sol quemante, conforme subimos el cerro Chacateca nuestro asombro va en aumento. Las biznagas globosas son enormes. Una vez en el valle, tengo la impresión de que son las plantas quienes se han acercado a nosotros. Estamos rodeados por estas cactáceas y una de ellas no parece estar muy contenta con nuestra presencia, bromeo. Sin embargo, lo que se ve como una boca que nos gruñe es en realidad la cicatriz que ha dejado la mordida de un burro, explica Maurino. Las biznagas también han sido aprovechadas por los animales de carga y pastoreo para sobrevivir en este ecosistema que guarda como un secreto su riqueza.

 

Actualmente existen restricciones sobre la posesión de estos animales a los que ya no se deja andar libremente en los montes, como solía hacerse antes de que se decretara área protegida, precisa Maurino. De pronto, un rebaño de chivos nos toma por sorpresa, haciendo quedar mal a nuestro guía: “¡Mira qué inoportunos!”. Si bien es cierto que el cambio de hábitos ha salvado de la extinción a algunos vegetales endémicos, hay costumbres difíciles de erradicar por completo.

 

UN REFLEJO NATURAL

Luego de un profundo sueño, despertar con el canto de las aves en medio de este escenario es revitalizante. Sabíamos que nuestro viaje no estaría completo sin ir a San Juan Raya para hacer senderismo y visitar el museo paleontológico. Estoy ansiosa por tropezar otra vez con esos caracoles fosilizados, como si fueran piedras en el camino, confieso.

Debe ser difícil vivir en este poblado de apenas 230 habitantes, al que se llega por un tramo de terracería donde solo vemos montañas cubiertas de espinas. Quién pensaría que en tiempos prehistóricos aquí había un mar habitado por esponjas y moluscos.

Arturo LaraFoto: Arturo Lara

La remodelación y ampliación del museo, así como los recorridos en bicicleta son una grata  novedad. La organización que ha logrado esta comunidad ha ayudado a los habitantes a mejorar y ampliar sus servicios turísticos de manera sustentable.

Aunque andar en bicicleta no es mi deporte favorito, Arturo siempre me reta a superar el miedo que tengo detrás del manubrio. Esta vez no es la excepción. Y ahí vamos, pedaleando por las pronunciadas pendientes hacia las huellas que en tiempos remotos dejaron los dinosaurios. Lejos de la cotidianidad, poco a poco, nos vamos reconociendo con todo y nuestros temores.

 

RECOLECTORES DE ESQUELETOS VEGETALES

En San Juan los artesanos recolectan las estructuras de los cactus muertos e injertos secos, para dar forma con pequeños detalles a seres fantásticos que solo encuentran vida en la imaginación de este árido universo.

Timoteo Reyes es un artesano que, junto con su esposa Nieves y sus hijos, tiene una pequeña tienda en el patio de su casa, en el que existe un corral donde se exhiben estos personajes del desierto. “La vida es difícil acá, pero afortunadamente la naturaleza todo nos lo da, por eso la cuidamos”, nos platica Nieves, quien se sabe las leyendas que explican la formación de algunos materiales naturales con los que trabajan, como las víboras hechas con quiotes secos que serpentean entre las artesanías. A Daniel, el hijo mayor de esta familia que vive de manera sustentable, también le gusta compartir sus saberes con los visitantes, pues es uno de los guías más jóvenes de la localidad. Del mismo modo que otros habitantes, él resguarda el legado cultural y natural de San Juan, donde todos conviven y se organizan en comunidad.

Arturo LaraFoto: Arturo Lara

EL VIRAJE

Luego de fotografiar el ocaso desde la torre de avistamiento del jardín botánico, encendemos la fogata y abrimos el vino reservado para este momento. Hace mucho que no veíamos un cielo tan estrellado como el que ahora nos hace sentir pequeños. Arturo me saca de mis pensamientos: “¿Cuánto tiempo haremos a Oaxaca?”, me pregunta con una sonrisa cómplice que encuentra en mí un reflejo inmediato. Sabemos lo que pensamos. Nos conocemos tan bien que es ridículo que la rutina se empeñe en hacer que nos tratemos como dos desconocidos.

Brindamos por la alocada decisión de posponer nuestro regreso y viajar a Oaxaca para conocer Hierve el Agua, que se dice es uno de esos lugares extraordinarios que deben disfrutarse.

Arturo LaraFoto: Arturo Lara

NUEVO RUMBO

Del desierto al bosque de coníferas, recorremos tan solo unos kilómetros. Vivir en un país tan diverso como el nuestro, que regala la posibilidad de pasar de un ecosistema a otro en un trayecto tan corto, es realmente un privilegio.

Tres horas en total nos tomó arribar a la ciudad de Oaxaca. Pasamos el día en el centro, visitamos el Templo de Santo Domingo y saboreamos unas enchiladas de mole en el mercado de comida; la noche nos envolvió en su jolgorio. A la mañana siguiente un destino nos esperaba a 70 kilómetros de la capital oaxaqueña: Hierve el Agua.

iStockFoto: iStock

Nos dirigimos hacia la Sierra Mixe. Su abundante vegetación y el clima húmedo que nos producía bochornos acentuó el contraste entre este paisaje y el de la Sierra Negra que habíamos dejado atrás.

Con los primeros rayos del sol alcanzamos el poblado San Isidro Roaguía, famoso por sus cascadas pétreas, donde se encuentra el balneario natural de aguas termales que bullen al emerger del manantial.

Siempre al acecho de la luz para cazar el instante, Arturo me invitó a ver el amanecer en este inesperado destino. Hallamos el mejor momento para disfrutar este lugar, que en horarios ordinarios es visitado por cientos de paseantes, pero ahora, en las primeras horas de la mañana está solitario, como un escenario de cuento con una piscina que se ha fundido con el paisaje de acantilados por los que escurren dos cascadas petrificadas. Llegamos más lejos que la última vez que venimos. El regreso también sucedió en silencio, pero era diferente: una sutil mirada, mis dedos jugando sobre su rodilla, sonrisas de complicidad cada tanto. Ambos sabemos que algo ha ocurrido, en cada uno y entre ambos, con nosotros y con el paisaje.

CÓMO LLEGAR

A Zapotitlán
Desde la CDMX se toma la carr. fed. 150D México- Puebla. Después, Orizaba/Veracruz/Amozoc y, finalmente, hacia Oaxaca-Tehuacán. Salir hacia la carr. 125 Tehuacán-Huajuapan de León.

De Zapotitlán a Oaxaca
Tomar la carr. Zapotitlán–Esperanza. Luego, carr. 150D Tehuacán-Cuacnopalan hasta Tehuacán. Seguir hacia San José Miahuatlán en dirección a San Pablo Etla.

Oaxaca a Hierve el Agua
Por la carr. fed. 190 al Istmo de Tehuantepec. Tomar desviación a Mitla y seguir a San Pablo Ayutla hasta entroncar con la desviación a San Lorenzo Albarradas. Tras 5 km y terracería se llega a San Isidro Roaguía.

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