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San Cristóbal Polaxtla (Puebla)

A unos cuantos minutos de San Martín Texmelucan, al final de una calle se encuentra una puerta de hierro, enmarcada por una barda de adobe. es el acceso al edificio principal de la hacienda de San Cristóbal Polaxtla, tan antigua que la historia de México se entremezcla con sus piedras y les da sustento.

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A unos cuantos minutos de San Martín Texmelucan, al final de una calle se encuentra una puerta de hierro, enmarcada por una barda de adobe. es el acceso al edificio principal de la hacienda de San Cristóbal Polaxtla, tan antigua que la historia de México se entremezcla con sus piedras y les da sustento.

La fecha de la fundación de hacienda de San Cristóbal Polaxtla no está claramente definida, pero se sabe que los primeros grupos españoles se asentaron en la zona hacia 1580, por transferencia de una merced real que otorgaba el derecho de posesión de tierra para indemnizar a quienes tomaron parte en las tareas de colonizar o conquistar con sus propios recursos; lo cierto es que Polaxtla es anterior al mismo San Martín Texmelucan. Este último poblado, según la crónica de fray Baltasar de Medina, se fundó en 1596 y creció rápidamente a partir de que se abrió el camino real México-Veracruz. Ello trajo consigo la necesidad de instaurar servicios religiosos más formales, que impartieron los padres descalzos de la provincia franciscana de San Diego de México, quienes fundan en 1615 el convento de Santa María Magdalena, y ayudan a la traza del pueblo.

El convento tiene altares y retablos de estilo barroco mexicano; dentro, la iluminación natural, combinada con los colores churriguerescos, imprime a la nave mayor un místico y singular ambiente.

El órgano monumental consigue incrustarse fácilmente en su entorno y se convierte en un elemento ornamental básico, sin el cual el conjunto no estaría completo; este órgano ha sido restaurado y en la actualidad se utiliza para conciertos.

La entrada principal de la hacienda de San Cristóbal Polaxtla daba al camino real que venía desde la ciudad de Puebla. El patio central alberga un fresno centenario, cuyo follaje da sombra al frente y a toda la casa, lo que da un ambiente de fresca bienvenida al visitante.

La historia de la hacienda corre paralela a la de México; se puede decir que en cada etapa tuvo un papel predominante, dada su situación geográfica, pues está situada en la confluencia de la carretera libre y la autopista a Puebla.

La hacienda ha vestido los trajes colonial, independentista, liberal y ni qué decir el revolucionario, pero su actual vestido de hacienda-museo es sin duda una de sus mejores galas.

En 1963 la historia se sigue escribiendo, ya que en ese año Polaxtla fue adquirida por quien sería su último propietario, el señor Hagenbeck, de quien recibiría cuidados y mejoras como lo merece un lugar que no perderá su sitio en la historia; para ello se ha utilizado una escalera de mármol, y a la biblioteca se le dotó con un entrepiso, rodeado de un barandal de hierro forjado.

La hacienda-museo contiene pinturas europeas y novohispanas, cerámica, cristalería, plata mexicana y grandes relojes; los grabados y gobelinos europeos son de excelente calidad, tanto que la colección se considera como una de las más valiosas de la América Latina.

Cada una de las habitaciones se encuentra decorada como el señor Hagenbeck la dejó cuando vivía en esta hacienda; en una de las habitaciones encontramos una fastuosa recámara de Boulle de madera ebonizada, cuyo baldoquino se apoya en columnas salomónicas con aplicaciones de bronce. El frente de la habitación se adorna con una cómoda del mismo estilo, una mesa tipo tortuga acompañando a una sala con tapicería francesa de Aubusson. La gran pared es ornamentada con un regio gobelino del siglo XVII.

Otro de los múltiples salones está decorado con una sala forrada con tapiz de De Beauvais, unos hermosos jarrones de porcelana japonesa del siglo XIX, mesitas chinas laqueadas, un secreter de madera ebonizada y aplicaciones de marfil, así como un monumental gobelino del siglo XVIII.

La recámara principal es de estilo neorrenacentista, del si-glo XIX, tiene aplicaciones de hueso y marfil; al frente de la recámara se encuentra un bello escritorio del siglo XVII, también con aplicaciones.

Los cuadros religiosos, como el Sagrado Corazón de Jesús o La Santísima Trinidad, nos hablan de la devoción del último inquilino, que era miembro de la Tercera Orden franciscana, así lo testimonia el reclinatorio de su recámara.

El señor Hagenbeck, apasionado coleccionista desde temprana edad y dotado de buen gusto, reunió una gran variedad de objetos: arcones renacentis-tas, bargueños, biombos, sillones fraileros, porcelanas europeas y chinas de la compañía de las Indias, por mencionar sólo algunas de las bellas piezas de la colección.

Este museo puede ser apreciado por quienes aman la forma, el sentido estético y la belleza; configura lo descrito la magia del conjunto, donde los decorados, muebles, relojes, libros y demás, nos conducen gratamente a otro tiempo y espacio.

En nuestro recorrido caminamos junto a un estanque que refleja el tiempo y llegamos hasta un gran edificio cuyas dimensiones nos dan idea de los volúmenes de producción que manejó la hacienda; se trata del granero, con un patio de grandes baldosas al frente, para secar los granos; el edificio contiene dos grandes relieves en piedra, uno de forma oval, es de la Virgen de Guadalupe, el cual parece recién tallado, pero cuya fecha grabada en el mismo nos dice que fue terminado en 1682; el otro, en la pared opuesta, que encara el camino a la ciudad de Puebla, es un San Cristóbal que da la bienvenida y despide desde siempre al viajero.

Es difícil describir a plenitud el sentimiento que genera la visita a esta hacienda-museo, pero valga nuestro relato para compartir, la emoción que nos produjo el recorrido por sus instalaciones, así como para de-mostrar que las haciendas de nuestro país podrían ser nuestros castillos.

Fuente: México desconocido No. 300 / Febrero 2002

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