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San Francisco, paraíso oculto en la costas de Nayarit

Un paseo nocturno nos brindó la oportunidad de admirar un maravilloso cielo salpicado por millones de estrellas, acompañados por la música que magistralmente entonaban cientos de insectos y del suave perfume de exóticas flores.

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Dentro de la gran diversidad de ambientes y maravillosos paisajes que caracterizan a nuestro país, el estado de Nayarit es indudablemente, una tierra privilegiada de extraordinaria belleza y riqueza cultural. Esta espléndida región representa una invitación constante para aquellos que buscan un refugio de libertad, así como hermosas playas y rincones solitarios.

Decidimos viajar hacia uno de estos paraísos situado enmedio de exuberante vegetación y clima tropical en las costas nayaritas. Nuestro destino, la playa de Costa Azul, donde se asienta un pequeño poblado de pescadores llamado San Francisco, mejor conocido por los habitantes de la región como San Pancho.

Sentados en la arena, disfrutábamos de la brisa del mar que acariciaba nuestro rostro, mientras contemplábamos cómo la luz dorada del sol al atardecer resaltaba de manera espectacular los colores de la naturaleza. Fue así que entre el verde de los palmares, el amarillo de la arena y el azul del mar, San Francisco nos dio la bienvenida.

Apenas transcurridas unas cuantas horas supimos que era posible durante nuestra estancia disfrutar de diversas actividades en ese maravilloso lugar, así como de sitios interesantes cerca de San Francisco.

Fue imposible resistirnos a la idea de cabalgar por la playa durante la puesta de sol. La emoción infinita que vivimos al galopar, conjugada con la belleza del lugar, el aire fresco y la tranquilidad que caracterizan a esta región, nos permitió descubrir el paraíso en el que nos encontrábamos.

En la noche, caminamos por las veredas cercanas con la intención de relajar nuestros músculos después de la cabalgata de dos horas. A lo largo del paseo nocturno, admiramos un maravilloso cielo salpicado por millones de estrellas, acompañados paso a paso por la música que magistralmente entonaban cientos de insectos y el suave perfume de éxoticas flores. Así, terminó nuestro primer día en San Francisco. Esa noche dormimos bajo el influjo de la magia del lugar.

Un discreto sol en el horizonte anunciaba el amanecer. Aún soñolientos atravesamos el pueblo a bordo de una camioneta para llegar al entronque con la carretera 200 Tepic-Vallarta. Justo ahí, bajo un puente que cruza un estrecho río, comenzó la travesía dentro de un espeso manglar, el cual forma un pabellón de vegetación casi impenetrable.

Después de varios intentos fallidos para controlar el kayac, nos enfilamos por el río, dispuestos a observar más de cerca la fauna de la zona.

A lo largo del recorrido vimos distintas aves que anidan sobre las partes más elevadas de los mangles; algunas emitieron diversos sonidos a nuestro paso, las garzas volaban en su blancura resaltaba en el cielo azul; más adelante, acompañados por el ruido de las chicharras, observamos iguanas y tortugas tomando el sol sobre algunos troncos caídos en el agua.

Durante una hora aproximadamente nos deslizamos por el río hasta llegar a una pequeña laguna, la cual no tiene comunicación con el mar, ya que está separada por una estrecha franja de arena no mayor de 15 metros.

Después de navegar en la laguna, caminamos por tierra hacia el mar, con las pequeñas canoas a cuestas, para así continuar el recorrido hacia Costa Azul.

Ya en ese momento nuestros compañeros fueron algunos pelícanos que volaban rozando prácticamente el agua. Aunque no había gran oleaje, decidimos ir unos cuantos metros mar adentro para remar fácilmente, después regresamos a la orilla para descansar y tomar un merecido chapuzón. El agua parecía un gran espejo y era difícil resistirse a la idea de refrescarse, pues aunque no era la hora del máximo sol, el calor empezaba a cansarnos.

Ya casi sobre el medio día regresamos al hotel para recuperar fuerzas, el resto de la jornada la pasamos en las playas cercanas a San Francisco.

El tercer día, a las 7 de la mañana salimos en una embarcación con motor fuera de borda en compañía de unos surfistas que se dirigían hacia Punta Mita. Durante una hora aproximadamente viajamos en paralelo a la costa, extraordinarias imágenes nos acompañaron a lo largo del trayecto.

Los surfistas se bajaron en una zona donde las olas eran grandes, y nosotros seguimos en la embarcación hasta la orilla, y caminamos a lo largo de la playa, sobre un tramo accidentado, cruzando zonas rocosas y coralinas. En ese lugar no encontramos, en ningún momento, palapas o seres humanos.

Al llegar a la playa donde los surfistas realizaban sus increíbles proezas, algunos de ellos se encontraban haciendo ejercicios de calentamiento, así que tuvimos la oportunidad de charlar un rato y sentimos que para ellos esta actividad es un estilo de vida, la cual además de ejercitar su cuerpo, los llena de una sensación que los impulsa a buscar siempre los lugares donde hay grandes olas.

Después de tomar un pequeño almuerzo, regresamos a la embarcación y nos trasladamos hacia las Islas Marietas. El trayecto duró escasos 40 minutos y tuvimos la oportunidad de admirar a lo lejos grupos de delfines. De pronto, cerca de la embarcación, apareció “volando” de entre el agua una gran mantarralla negra de vientre blanco, después de dos o tres aletazos entró de nuevo al agua en un estrepitoso “clavado”. La persona que llevaba la embarcación, comentó que un animal de ese tamaño puede llegar a pesar hasta 500 kilogramos.

Alrededor de la una de la tarde estábamos ya en las Marietas. En estas pequeñas islas rocosas, prácticamente sin vegetación anida una gran variedad de aves marinas. Uno de los atractivos en este lugar puede ser la práctica del buceo en una pequeña zona arrecifal, sin embargo si no se cuenta con el equipo apropiado para esta actividad, con ayuda de aletas y unsnorkelse puede apreciar el maravilloso mundo de la fauna que rodea los arrecifes.

Al cuarto día de permanecer en San Francisco se acercaba la fecha de regreso, nuestras mentes, por supuesto, negaban este hecho, por lo que decidimos que al partir lo haríamos agotados en extremo.

Al partir decidimos hacer el recorrido por tierra, tomando algunas veredas a través de extensos cocotales y densas áreas de vegetación costera. La ruta la cubrimos a pie y en bicicleta, siempre costeando para admirar en todo momento regios paisajes los cuales tenían como marco el mar azul, que en ocasiones salpicaba zonas rocosas o simplemente resbalaba sobre la arena.

Tendidos sobre la bellísima y larga playa de Costa Azul, observamos el entorno y saboreamos el agua de los cocos cortados especialmente para nosotros. Era imposible sustraernos al encanto de este paraíso en la costa nayarita. San Francisco y la playa de Costa Azul nos regalaron el privilegio de encontrarnos a cada paso con la flora y la fauna de tan extraordinaria región.

SI USTED VA A SAN FRANCISCO

De Tepic tome la carretera número 76 con dirección hacia San Blas. Al llegar al entronque con la carretera número 200 tome la misma con dirección hacia el sur hasta llegar al poblado de San Francisco.

De Puerto Vallarta, la playa de Costa Azul está a 40 kilómetros hacia el norte.

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