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Santa María la Rivera. Baluarte del positivismo. (Distrito Federal)

A pesar de que actualmente está rodeada por grandes y modernas avenidas, la colonia Santa María sigue conservando muchos rincones que nos hablan de su aristocrático pasado porfirista

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El estilo Liberty de casas, jardines y airosas calles trazadas en ángulo de la colonia Santa María la Rivera, en la ciudad de México, es uno de los que mejor nos permite aquilatar la arquitectura de la última época del porfiriato.

Esta otrora zona aristocrática se encuentra actualmente delimitada por las avenidas Instituto Técnico Industrial, Insurgentes Norte, Río Consulado y Rivera de San Cosme, todas vías rápidas y modernas que contrastan con la idea de progreso que se tenía en la época en que Santa María fue fundada.

Y para empezar, podríamos decir que sobre la calle Jaime Torres Bodet, en el número 176, se erige un edificioArt Nouveaucuyas ventanas con emplomados que presentan paisajes nacionales, son una expresión del más puro estilo francés. Se trata del Museo del Instituto de Geología de la UNAM. Su fachada ostenta interesantes trabajos en cantera, cuyos relieves muestran fósiles de conchas y reptiles, así como amonitas bajo los tres arcos de la entrada. En el vestíbulo, una espléndida escalinata de dos rampas –decorada con flores y hojas de acanto estilizadas se refleja en los pisos de mármol gracias a la luz difuminada por la inmensa cúpula en su techo.

La existencia de este recinto se debe a la Comisión Geológica de México, fundada el 26 de mayo de 1886 y años después organizada como Instituto, la cual consideró imprescindible crear una sede para albergar el conocimiento de este ramo y mandó construir el edificio.

El proyecto quedó a cargo del geólogo José Guadalupe Aguilera y del arquitecto Carlos Herrera López. El primero diseñó los laboratorios y salas de exhibición permanente y el segundo se encargó de la construcción propiamente dicha.

Así, en 1900 se colocó la primera piedra del edificio y en septiembre de 1906 fue oficialmente inaugurado. El 16 de noviembre de 1929, pasó a formar parte de la Universidad Nacional al declararse su autonomía y en 1956, cuando el Instituto de Geología se trasladó a la Ciudad Universitaria, quedó exclusivamente como museo. Esta nueva adaptación fue dirigida por el arquitecto Herrera y Antonio del Castillo.

Este edificio alberga todo el acervo científico de los primeros estudios en este campo: colecciones de minerales y fósiles, ejemplares de la fauna y flora de las diversas regiones del mundo, así como una serie de lienzos del paisajista José María Velasco. Son cuatro cuadros compuestos con elementos naturales que, como ilustraciones de algún tratado de biología, muestran la evolución de la vida marina y continental desde sus orígenes hasta la aparición del hombre.

De esta forma, Velasco logró darle forma al ideal científico y filosófico del Positivismo a través de su arte académico y naturalista, resumiendo en su obra la idea central de “progreso” del siglo XIX.

La sala principal del museo está dedicada a la paleontología. Atesora cerca de 2 000 vertebrados e invertebrados y destaca en ella la presencia del inmenso esqueleto de un elefante y otras estructuras óseas de mamíferos ya desaparecidos. En una de las vitrinas de madera, las cuales datan también de la época porfiriana, se pueden ver algunos ejemplares de minerales que ilustran las distintas eras en la historia evolutiva del planeta. Es la memoria pétrea de nuestra tierra.

En las puertas del salón y en los picaportes, se encuentra grabado el emblema del Instituto. En esta área, los emplomados están dedicados al tema de la minería y al fondo un bellísimo vitral representa la mina de sal deWieliczka, en Polonia.

El aposento destinado a la petrología comprende desde variados cristales de cuarzo y una colección proveniente del polo sur, hasta materiales que ilustran la constitución de los volcanes mexicanos. Además, hay una serie de piedras ígneas, sedimentarias y metamórficas, así como rocas pulidas de uso industrial y decorativo.

En el salón reservado para la mineralogía, se muestra una rica variedad ejemplares procedentes de las diversas regiones de nuestro territorio y del extranjero, distribuidos de acuerdo al modelo propuesto por el científico H. Strunz, quien en 1938 dictaminó un orden de acuerdo a la base química y cristalográfica de sus elementos. También se encuentran aquí piedras de rara belleza tales como el ópalo, el rubí, el talco, la okenita y la espurrita.

El romanticismo académico y próspero del siglo xix, dejó otro testimonio de su paso en la vida nacional en la colonia Santa María. En la calle Enrique González Martínez número 10, el Museo del Chopo es hoy en día recinto de las nuevas búsquedas en el ámbito cultural. La estructura metálica que lo conforma es del llamadojungendstilo estilo nuevo, y fue traída de Alemania y armada en 1902 por los ingenieros Luis Bacmeister, Aurelio Ruelas y Hugo Dorner, pero por diversos problemas no fue sino hasta 1910, con la exposición de arte industrial japonés, cuando se ocupó por primera vez.

Tres años más tarde, el Chopo se constituye en el Museo de Historia Natural y así permanece hasta 1929, fecha en la que su biblioteca y colección zoológica son trasladadas a un local situado a la orilla del lago de Chapultepec.

Después de esto, el edificio entra en un larguísimo litigio judicial y cae en el olvido durante largo tiempo.

Es hasta 1973 que la UNAM decide restaurarlo e inicia su etapa como centro cultural. Los trabajos de remozamiento tardan siete años y en ellos se abren amplios espacios para muestras de cine, danza, teatro, música, artes plásticas y varios talleres. Además, el edificio cuenta con un gran mezzanine y tres galerías para montajes temporales.

Desde entonces, el Chopo se ha mantenido como un organismo vivo en cuyo interior coexisten las tendencias estéticas de diversas generaciones. Es un foro que sirve de termómetro sobre la orientación artística. Por otro lado, este museo abre periódicamente sus puertas a exhibiciones provenientes de grupos a instituciones extranjeras, promoviendo de esa manera la comunicación entre los creativos en grafica, fotografía, ambientaciones, esculturas, etc., y el público en general.

El Chopo posee también una colección permanente de artistas plásticos entre los que se puede admirar a autores como Francisco Corzas, Pablo Amor, Nicholas Sperakis, Adolfo Patiño, Yolanda Meza y Artemio Sepúlveda.

Pero si el Museo del Chopo es el corazón cultural de la colonia, su Alameda lo es de la vida comunal. Y es en esta Alameda donde actualmente se ubica el célebre Pabellón Morisco, que fue proyectado para la Exposición Internacional de Nueva Orleans verificada del 16 de diciembre de 1884 a mayo de 1885.

Posteriormente, este Pabellón participó en la exhibición mundial de París, y a su regreso se le ubicó en la Alameda Central y en él se verificaban sorteos de la Lotería Nacional.

En 1908, se iniciaron las faenas para trasladar el Pabellón Morisco a Santa María la Rivera ya que en el lugar que ocupaba se empezó a construir el Hemiciclo a Juárez. Fue entonces cuando se remozó el kiosko para las fiestas patrias de 1910.

Durante las décadas treinta y cuarenta, este Pabellón fue testigo de la primera experiencia urbana de la población emigrante de la provincia al Valle de México. Al respecto, José Vaconselos comentó: “El kiosko, recinto de conciertos, recitales, arengas y asonadas está en el centro de las plazas de 100 perfectas ciudades de hispanoamérica”.

Hasta el día de hoy, el Pabellón sólo ha sido restaurado dos veces, en 1962 y 1978, y en ambas ocasiones se renovaron desde sus bases de piedra y cantera hasta el águila de su cúpula, así como los colores que lo revisten.

Los fines de semana, este lugar se constituye en tribuna literaria pues a él acuden jóvenes escritores a realizar lecturas públicas. Los oyentes comentan sus obras, meditan poemas y se discute sobre la creación mientras las parejas se ubican en los bancos y los niños juegan. Y esto no ha cambiado desde la época de Vasconcelos, quien decía: “Así, la ciudad crece; ya no hay tertulia ni paseo, pero siempre en la plaza se reúne el pueblo entero los días de festejo y los días de motín, y de la plaza parte el tráfico y de allí recibe el impulso la vida entera de la ciudad”.

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