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Tras los pasos de la verdadera Comala

Para muchos, la Comala de Rulfo está más ubicada en el mundo de los sueños que en la realidad. Aquí presentamos una ruta donde se muestran los lugares reales que inspiraron los pasajes literarios que varios lectores se han preguntado si existen en verdad.

Foto: Francisco Palma
México Desconocido

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Virginio Villalbazo Blas, un devoto del escritor, ha trazado la “Ruta Rulfo” que recorre todo San Gabriel, y con la cual señala, libros en mano (Llano en llamas y Pedro Páramo), los lugares reales.

Desde una de las colinas de San Gabriel Jalisco, donde este cartógrafo literario insiste que Rulfo volaba aquí papalotes como Pedro Páramo, se ve un pueblo rodeado de esas montañas azules que se despliegan a lo largo de la obra del narrador. Al fondo se ve el cementerio, donde están enterrados los ancestros de Rulfo. Se ven también erizadas laderas de agaves azules. Se ve un paisaje que ha cambiado poco desde que un jovencito solitario, siempre con un libro bajo el brazo, paseaba por aquí.

—La verdadera Comala es San Gabriel—afirma el cronista con vehemencia—. Porque Rulfo decía que “el pueblo tenía la forma de un comal y porque ya ves cómo es la gente de argüendera ¡Esto es un comal de chismes!”

Por eso San Gabriel puede considerarse como la tercera Comala. Sobran los paralelismos, insiste Villalbazo. Aunque otros rincones de la geografía le inspiraron al escritor varias de sus historias, éste no les cambió el nombre. Villalbazo Blas los enumera, blandiendo sus libros brújula: Tonaya (“¿No oyes ladrar los perros?”), Zenzontla (“Talpa”), Sayula y San Pedro Toxín (“Nos han dado la tierra”), Tolimán (“¡Diles que no me maten!”), pero la mina más rica, sin duda, está en San Gabriel.

Allí está una pila de agua que aparece en el relato de “Macario”, tan derruida y olvidada como el profanado altar que la corona. Está el puente de piedra donde se escondió el Padre Rentería, en Pedro Páramo, tan cerca de la casa de huéspedes de Eduviges Dyada y que hoy es una tienda de artesanías. Allí también está, insiste el cronista, la habitación donde se ahorcó Toribio Aldrete.

Y en la plaza del pueblo, frente a la entrada principal de la iglesia donde se venera al Cristo de Amula, está marcado el lugar donde cayó muerto Juan Preciado acribillado por los murmullos y donde su madre le habla de su pueblo, levantado, sobre la llanura.

Le habla de esa Comala, que bien puede ser San Gabriel, donde una tarde de enero del 2006, María Vázquez y Florencio Casillas celebraron sus 60 años de matrimonio y el milagro de seguir juntos y enamorados, donde todos los habitantes se beben y se comen la vida durante la Feria de San Gabriel, afuera de la iglesia, donde la fe marca el paso de los días y de los recuerdos.

 México desconocidoFoto: México desconocido

Otros testigos

María Guadalupe es la punta más alta del árbol genealógico de los Arias Benavides. Tiene 78 años, es virgen y reza todos los días en su casa de San Gabriel, Jalisco, donde transcurrió la infancia del escritor Juan Rulfo.

María Guadalupe usa una andadera para desplazarse y su devoción católica la acompaña hasta su cama donde un Sagrado Corazón, de intensos colores, custodia sus sueños. A ella le enorgullece mostrar que la colcha que cubre su lecho nació de un intenso muñequeo, de un ir y venir de ganchillos sin sosiego.

Cada 20 de noviembre de todos los años que recuerda recibe en este hogar, colmado de fotos e imágenes religiosas, a todos los Arias de su familia, unas 200 personas que siguen multiplicándose y que ahora conforman nueve clanes que celebran durante tres días, con misa incluida y obras de teatro, tener la misma sangre, el mismo origen y la misma fe.

Pasando por su morada

Y es la devoción, en la familia, en Juan Rulfo y en el milagroso Cristo de Amula, la que atrae cada año a centenares de personas hasta San Gabriel. Y todos esos fervores, inevitablemente, se entrecruzan más de una vez como los rezos que emergen de la iglesia. A unos cuantos pasos de ahí está la casa donde creció el escritor. Está a espaldas de la iglesia donde se venera al Señor de Amula, alma y corazón de esta tierra que, propios y extraños consideran Comala. Bajo los techos altos y en los patios donde las golondrinas montan sus nidos, ya no vive ninguno de los parientes del creador de Pedro Páramo y El llano en llamas, sino Antonio Díaz y Esther Ramírez, un matrimonio de jubilados que lleva más de 50 años juntos y que abre las puertas de su casa a cualquiera que pregunte por Juan Rulfo.

Sorprende el mar de calma que los arropa, el silencio del lugar, como si Comala imantara desde aquí todos sus poderes. Sorprende también ver las paredes que arroparon al escritor que fue designado por el diario español El País, en diciembre de 1999, como el autor de “la mejor novela del siglo XX”: Pedro Páramo.

“Lo ‘rulfiano’”, explica, “es un pueblito deshabitado, fantasmal, con calles solas, silenciosas y abandonadas donde se da la aparición súbita de una mujer con rebozo. Quizás lo más cercano a esa imagen son los pueblos de Tuxcacuesco, Apulco y Sayula porque la Comala de Rulfo, que no es en ningún sentido la de Colima, es un lugar lúgubre, que es la mejor palabra para definir el universo literario de Juan Rulfo”.

Al recorrer este espacio viene a la memoria la turbulenta infancia de Rulfo, la cual quedaría por siempre marcada el primer día de junio de 1923, cuando el río de llamas, de teas ardiendo, baja por la lareda desde la hacienda de Telcampana con el cuerpo de Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, asesinado por la espalda por Guadalupe Nava Palacios. Cheno, el padre del futuro escritor Juan Rulfo, cayó acribillado en el camino que une Tuxcacuesco y Tonaya, entre Paso Real y Chachahuatlán, al sur de Jalisco. Allí hay una cruz y un nicho sin imagen donde todavía los caminantes colocan piedras para recordar el día que se incendió el llano por el odio desbordado de Lupe Nava.

 CortesíaFoto: Cortesía

El inexorable pasado. Su padre

Según el biógrafo de Rulfo, Alberto Vital, y Virginio Villalbazo Blas, antes de que las balas dictaran la ciega palabra de Lupe Nava, antes de que los trabajadores a su cargo llevaran su cuerpo en medio de la noche clamando justicia, Lupe Nava y Cheno, el padre del escritor, se encontraron y se lanzaron amenazas:

—Mira, Guadalupe —dijo Cheno encorajinado—, tú vuelves a meter otro animal al potrero y te lo mato.

—A’i se lo haiga si me lo mata—, contestó Lupe Nava, quien después, con el valor que ciega y que sólo proporciona el mezcal, descargó todo su rencor y todas las balas de su revólver sobre Cheno.

Cuando Cheno cae sin vida de su montura, en el cielo de la literatura hispanoamericana aparece su estrella más refulgente, parca y misteriosa: Juan Rulfo, el escritor que relataría los tiempos de pólvora y sangre que convulsionaron al país durante años con revueltas, ajusticiamientos y bandolerismo.

En una entrevista realizada en 1981 por Juan E. González, el escritor recuerda lo terribles que fueron sus primeros años de vida: “Yo tuve una infancia muy dura, muy difícil. Una familia que se desintegró muy fácilmente en un lugar que fue totalmente destruido. Desde mi padre y mi madre, inclusive todos los hermanos de mi padre fueron asesinados. Entonces viví en una zona de devastación. No sólo de devastación humana, sino de devastación geográfica. Nunca encontré, ni he encontrado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica”.

La memoria de San Gabriel

Rulfo sigue tan vivo como las palabras de Severiano, el hermano mayor del narrador, que le platicó de aquella noche de furia:

—Hubieras visto, Juanito: parecía como si hubieran incendiado el Llano, por la gran cantidad de antorchas que venían. Quiero que ese día no se te olvide.

Juan Rulfo no olvidó aquella noche. Tampoco olvidó las enseñanzas que le brindaron las novelas de Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Dick Turpin, Buffalo Bill, Sitting Bull, que leía en la biblioteca del padre Ireneo Monroy, mientras las balas zumban biliosas como avispas y mataban cristeros, federales y algún cristiano inocente que pasaba por ahí o que, curioso, estiró de más el pescuezo.

Cómo no acordarse del escalofrío de ver, allá en lo alto de los árboles, a varios colgados, pendiendo con el viento, con su carne desgajada y el hueso que se asomaba por entre la carne seca y picoteada por el impaciente zopilote, glotón sin mesura ante tanto festín, ante tantos muertos. De todos esos hechos cruentos se formó su mundo y así fue que nació Comala, la literaria, la que vio a la luz en 1955 cuando se editó Pedro Páramo, la novela más bella que se ha escrito desde el nacimiento de la literatura en español, en palabras del Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez.

Mi padre

Un poema que posteriormente escribió aquel huérfano, incluido en el libro El sonido en Rulfo de Julio Estrada, ahonda más en esa tristeza que lo acompañó toda la vida:

—Ya son las tres de la mañana y hemos traído a tu padre. Lo han asesinado. (...) Y tuve que llorar, y tener que oprimir el corazón para que suelte su jugo. Forzarlo hasta el llanto (...) para golpearlo con el martillo de la pena y hacerle sentir su dolor. Hice eso, sólo por llorar. Por no gemir en silencio. Y mi llanto se hizo agua como la sangre cuando oía allá lejano el llanto de mi madre (...)

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