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Viaje al Río Tulijá, corazón tzeltal en Chiapas

A orillas de este caudaloso río de aguas coloreadas de azul turquesa, producto de los minerales calcáreos disueltos en ellas, habitan varias comunidades indígenas tzeltales. Ahí sucede nuestra historia…

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uestro viaje se centró en tres de estas comunidades que brillan por su riqueza natural y cultural: San Jerónimo Tulijá, San Marcos y Joltulijá. Fueron fundadas por tzeltales procedentes de Bachajón, Chilón, Yajalón y otros lugares, que en la búsqueda de tierras para cultivar, criar sus animales y establecerse con sus familias, encontraron en la rivera del río el lugar idóneo para vivir. Se podría decir que las tres son poblaciones jóvenes, pues se fundaron a partir de 1948, no así la historia cultural de su gente que se remonta hasta tiempos ancestrales.

San Jerónimo Tulijá, donde canta el agua

Hasta hace tan sólo tres años, llegar a esta zona desde Palenque tomaba aproximadamente dos horas, pues la carretera que en teoría debía conectar las comunidades de la selva con la carretera Fronteriza del Sur, a mitad de una curva, se convertía en tortuosa terracería. Actualmente el trayecto se redujo a una hora gracias a que el camino se ha pavimentado y sólo quedan unos cuantos kilómetros de brecha desde la desviación en Crucero Piñal hasta San Jerónimo.

Entristece ver que aquello que antaño fue selva indómita, hoy ha sido convertido en potreros. Uno sólo se repone cuando ve que las comunidades aún conservan, coronando sus poblados, montes que explotan de vida. Refugios que han permanecido selváticos quizás por su carácter sagrado de montañas vivas, por la dificultad de su labranza, o por una combinación de ambas. Estos montes son hogar de miles de especies animales como el mono sarahuato, el jaguar, la temible serpiente nauyaca, y el tepezcuincle, que la gente suele cazar para alimentarse. También se hallan árboles gigantes como chicle, ceiba, caoba y hormiguillo, este último árbol del que se hacen las marimbas. Los tzeltales acuden a la montaña para cazar y recolectar legumbres silvestres como el chapay, fruto de una palma espinosa que al lado de tortillas, frijoles, arroz, café y huevo de gallina, conforman la base de su alimentación.

Arribo a San Jerónimo…

Llegamos por la noche cuando la gran sinfonía nocturna, siempre nueva e inconclusa, iba ya avanzada. Miles de grillos estridulando crean una melodía que avanza en oleadas impredecibles. Atrás se escuchan los sapos, ellos cual bajo obstinado, cantan con voz grave y ritmo aletargado. De pronto, como un solista poseído se escucha el potente rugido del sarahuato.

San Jerónimo es una comunidad con lugares de impresionante belleza natural que invitan a la contemplación incansable mientras se escucha el relajante canto del agua. A tan sólo 200 metros de la plaza principal están las cascadas de Tulijá. Para llegar a ellas se debe cruzar una pequeña laguna que sirve, ahora que el calor apremia, como punto de reunión de gente de todas las edades. Llegan los tatiketic (señores de mayor edad en la comunidad) a bañarse después de sus labores en el campo; llegan también los niños y los jóvenes que desconocen completamente las restricciones de aquellos que viven en la ciudad y que tienen de quedarse en sus casas; las mujeres acuden a lavar la ropa; y todos conviven disfrutando de la frescura del agua. En plena primavera, que el río está en un nivel bajo, es posible cruzar la barrera de árboles semiacuáticos, trampolines improvisados de los jóvenes, y descender por las bellas cascadas blanquiazules.

Cascadas de Betania

Aproximadamente a un kilómetro de San Jerónimo, atravesando numerosos potreros cundidos de garrapatas que una vez en nuestro cuerpo se empeñan por encajarse en sitios donde rara vez nos pega el sol, se encuentran estas caídas de agua. Son una muestra de lo que debieron haber sido las de Agua Azul –varios kilómetros aguas abajo– antes de la invasión turística. Aquí se fusionan las aguas azuladas del río Tulijá con las frías aguas de un riachuelo conocido como K’ank’anjá (río amarillo), cuya dorada coloración se obtiene de los musgos que nacen sobre las blancas rocas del fondo, que al contacto con la incandescencia del sol se tornan de un ámbar intenso. En este paraíso, donde reina la tranquilidad aún se ven parejas de tucanes blandiendo al aire su chillante y pesado pico, mientras se nada en las profundas pozas donde el agua reposa antes de su irremediable caída.

Puente Natural

Es otro sitio que no se puede dejar de conocer por estos rumbos. Aquí el poder del Tulijá se abrió paso a través de una montaña, desde cuya cima se observa por un lado el río que embate sus paredes para internarse en ella, y del otro, el agua que con tranquilidad aparente sale desde una caverna siguiendo su curso. Para llegar a la caverna descendimos la pronunciada pendiente del cerro, y tras un revitalizante clavado, nos dedicamos a admirar el lugar. Desde abajo la vista es tan enigmática como desde arriba, pues uno no alcanza a concebir cómo se formó un túnel a través de semejante mole de rocas y maleza.

De regreso en San Jerónimo, un suculento plato de frijoles tiernos con chapay, acompañados de tortillas recién hechas, nos esperaba en casa de nantik Margarita. La nantik (término que significa “mamá de todos”, otorgado a las mujeres por su edad y méritos por la comunidad) es una mujer buena y sonriente, a la vez que fuerte e inteligente, que amablemente nos alojó en su casa.

San Marcos

Si tomáramos esta micro región de tres comunidades como si habitaran sobre el cuerpo del río, San Marcos estaría a sus pies. Para llegar tomamos la misma terracería que conduce a San Jerónimo desde Crucero Piñal en dirección norte, y a escasos 12 kilómetros nos topamos con la comunidad. Es una ranchería mucho más pequeña que San Jerónimo, quizás por ello el carácter y ambiente del lugar se percibe más integrado a la naturaleza circundante.

Las casas tienen frente a sus patios delanteros floreadas barreras de setos por donde los animales domésticos se escabullen. Los mejores amigos del hombre son las gallinas, los guajolotes y los cerdos, que pululan libremente por calles y casas.

En compañía de nuestros incansables guías y amigos, Andrés y Sergio, fuimos a conocer sus secretos empezando por sus cascadas. En esta parte aumenta su caudal considerablemente hasta alcanzar más de 30 metros de ancho, lo que complica el acceso a las cascadas. Para llegar a este punto tuvimos que cruzarlo y en algunas ocasiones estuvo cerca de arrastrar a más de uno, pero el espectáculo que nos aguardaba bien valía la pena la revolcada.

Enfrente de una colosal formación rocosa labrada cuidadosamente por el agua, simulando los cuadrados trazos de una pirámide maya devorada por el monte, se halla la mayor caída de agua de la región. Se precipita con fuerza desde las alturas y crea un mantra que hizo de nuestro chapuzón en las pozas precedentes a la cascada, una experiencia renovadora para emprender el difícil regreso a través del río.

Para culminar nuestra visita a San Marcos, acudimos adonde nace su manantial. El corto trayecto desde la comunidad se realiza por el cauce de un arroyo tapizado de caracoles de río conocidos como puy, que la gente suele cocinar con hojasanta. Cobijados por gigantescas cúpulas orgánicas que brindan una sombra húmeda, adornadas por flores como las orquídeas, bromelias, y otras plantas que despliegan larguísimas raíces aéreas que van desde las alturas hasta el suelo, llegamos al sitio donde brota el agua. Justo ahí se encuentra el árbol más alto que vimos, una enorme ceiba de aproximadamente 45 metros, que no sólo impone respeto por lo colosal de su proporción, sino por las puntiagudas espinas cónicas de su tronco.

Joltulijá, el origen

Joltulijá (cabeza del río de conejos) es donde nace la fuente de vida que mantiene la esencia de las poblaciones tzeltales que visitamos: el río Tulijá. Está a unos 12 kilómetros al sur de Crucero Piñal, y al igual que San Marcos, es un poblado pequeño que ha sabido conservar el equilibrio con la naturaleza. Su plaza central está adornada por tres monumentos a la naturaleza, unas ceibas que ofrecen su fresca sombra al visitante.

Para tener libre acceso a la comunidad es necesario acudir con las autoridades, los tatiketik principales, a solicitar el permiso. Con la ayuda de Andrés, que funcionó como nuestro traductor pues la gente habla poco español, fuimos con el tatik Manuel Gómez, uno de los fundadores, quien cordialmente nos otorgó el permiso, nos invitó a acompañarlo mientras trabajaba y nos platicó de la ocasión en que fue aprehendido por las autoridades tradicionales por producir posh (aguardiente de caña), recibiendo como castigo el permanecer amarrado todo un día a la copa de un árbol.

Desde el centro de la comunidad, el lugar donde nace el río se encuentra como a un kilómetro, atravesando varias milpas y parcelas en las fértiles tierras de la orilla. De pronto las parcelas se terminan junto a la montaña pues está prohibido talar el monte y nadar en el lugar donde brotan las aguas. Así entre árboles, rocas y silencio, la montaña abre su pequeña boca para permitir la salida del agua desde las profundidades de sus entrañas. Sorprende mucho el ver que tan modesta abertura dé origen a un río tan majestuoso. Justo arriba de la boca hay un adoratorio con una cruz donde la gente lleva a cabo sus ceremonias, dándole un toque mágico y religioso a tan humilde lugar.

A sólo unos pasos del origen se abren las lagunas de la comunidad sobre el cauce del río. Estas lagunas alfombradas por plantas acuáticas que decoran su fondo y orillas, tiene un encanto particular que no se encuentra aguas abajo. El líquido es de una nitidez maravillosa que permite ver el fondo desde cualquier ángulo que se le mire independientemente de la profundidad. El azul turquesa característico del río es menor, pero se mezcla con todo tipo de matices verdosos propios de las plantas y rocas del suelo.

Así culminamos nuestra vista a la hermosa región tzeltal del río Tulijá, ahí donde el espíritu del corazón y la naturaleza aún resisten al tiempo, como el canto eterno del agua y el perenne follaje de los árboles.

Los tzeltales

Son un pueblo que ha resistido a los siglos conservando su lengua y cultura vivas, en dinamismo y transformación constante, debatiéndose entre la tradición heredada y las promesas de la modernidad y el progreso. Sus orígenes nos refieren hasta los antiguos mayas, aunque también es posible atisbar en su lengua –cargada de constantes alusiones al corazón como fuente de carácter y sapiencia– una ligera influencia náhuatl. “Nosotros somos descendientes de los mayas –nos dijo orgulloso Marcos, el subdirector de la preparatoria de San Jerónimo–, aunque ellos tenían un elevado nivel de conciencia, no como nosotros.” Exaltando así esa visión de veneración un tanto idealista que tenemos muchos de nosotros hacia los mayas.

Fuente: México desconocido No. 366 / Agosto 2007

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