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Vive Experiencias Pueblear

Viaje para hacer compras navideñas en Acolman y Metepec

Este año decidimos tirar el pino artificial y deshacernos del Santa Claus de baterías. A cambio, nos arriesgaremos a organizar una posada tradicional para cantar aquello de querer cambiar el oro por romper la piñata.

Arturo Torres Landa

Para cumplir nuestra misión pronto nos encontramos con que, para conseguir una piñata, bastaba con una visita al mercado más cercano, pero ¿dónde quedaban la emoción, la aventura y el pretexto para explorar? Si queríamos tener una celebración más auténtica teníamos que salir de la ciudad y acudir a los orígenes de este juguete tan tradicional. Entonces supimos por dónde comenzar.

Por su cercanía, historia, riqueza cultural y natural, en el Estado de México encontramos el sitio para convertir una potencial Navidad de supermercado en una experiencia de viaje única.

 Paulo Jiménez

Pistas monumentales

La mancha metropolitana de la Ciudad de México comienza a desaparecer. De tanto en tanto, algún ahuehuete torcido entre las nopaleras nos recuerda que aquí, sobre esta extensión atravesada por el bramido de los tráilers, hubo un inmenso lago.

Una vez que la ciudad se ha desdibujado por completo se divisa la silueta del antiguo convento de Acolman, un edificio cuyos muros y espadañas lo hacen parecer una fortaleza medieval. Vamos por buen camino: según nuestro mapa de compras, Acolman es el sitio indicado para adquirir al invitado favorito de toda posada, pues en este pueblo, a una hora de la capital, se elaboran las piñatas más tradicionales.

Dejamos la carretera y entramos a Acolman infiltrados en una peregrinación con destino hacia La Villa; nos acompañan el olor de la pólvora y un murmullo de letanías. Ya se siente la Navidad en el pueblo. De pronto, frente a nosotros, un monje estira los brazos hacia el cielo, tiene en las manos un palo, los ojos vendados y la intención de darle, darle y darle a una piñata sin perder el tino. Estamos en la entrada principal, al pie de una estatua de bronce que ha congelado este instante en el aire y en el tiempo. En busca de su identidad, y de alguna recomendación para comprar la piñata más tradicional, entramos al Palacio Municipal de Acolman, donde conocimos a Simón Allende, cronista del pueblo.

 Paulo Jiménez

Cuna del barro y del papel maché

“Muchos les dirán que la piñata se originó en China…” –nos dice Simón esbozando una mueca de desagrado– “…sin embargo, tenemos pruebas de que esta tradición remonta sus raíces a la antigüedad prehispánica de esta región. Que la piñata nació en Acolman”, sentencia mientras señala diferentes pasajes de la historia del municipio pintados en el cubo de la escalera del Palacio Municipal. Aparecen leyendas plasmadas, escenas de la vida monacal y una representación del hombre de Tepexpan, nombre que reciben los restos prehistóricos hallados en la cercana población.

Son varios los siglos pintados en esa superficie de pocos metros cuadrados; Simón se detiene a explicar a detalle un muro en particular, aquel que recrea “las fiestas de Panquetzaliztli –nos dice– que en náhuatl significa El levantamiento de banderas”.

 Paulo Jiménez

En este mes de veinte días del calendario indígena (que corresponde aproximadamente a los días que van del 17 de diciembre al 9 de enero), los antiguos pobladores de la etnia colhua agradecían las dádivas recibidas en el año y celebraban el nacimiento de Huitzilopochtli, dios guerrero asociado con la travesía solar. A lo largo de la veintena, los agricultores adornaban sus campos con banderines de papel amate y colgaban frutos y listones de los árboles para propiciar buenas cosechas. Simón hace una pausa que suena a redobles de tambor. “Al inicio de las fiestas –continúa– la gente llenaba enormes ollas de barro con plumas y piedras preciosas; las colocaba en lo alto de unos postes y, llegado el día del solsticio de invierno, las rompía para regar su contenido. Todo en representación de las bendiciones deseadas para el próximo ciclo y en ofrecimiento a Huitzilopochtli”, concluye seguro de que ha sido elocuente y de que hemos unido los puntos sin necesidad de mayor explicación, pero aún nos quedaban algunas dudas por disipar.

¿Por qué aparece un fraile mareado en la entrada del pueblo? ¿En qué momento le crecieron a la olla los picos de cartón?

Los pecados del padre Soria 

El antiguo convento de San Agustín de Acolman se levanta frente a nosotros con la altivez de un faro en alguna costa árabe. Alzado al final de un amplio atrio, su fachada casi sin ornamento es congruente con los ideales de sobriedad de las llamadas órdenes mendicantes; solo la entrada de su iglesia anexa está adornada con tallas de estilo plateresco. Entramos a través de ella, bajo la mirada de unas cabecitas de cantera.

La voz engolada de Simón rebota entre las paredes de la iglesia, alta, cavernosa. Las nervaduras en el techo de su única nave nos hacen sentir en el interior de la boca de una ballena; el olor a sal y la humedad acumulada entre los recovecos de los años ayudan a la fantasía, pero Simón señala los santos en ocre y negro de la pintura mural y volvemos a tierra firme. Aquí nos habla de fray Andrés de Soria “…fraile agustino de origen español a quien se reconoce por dar forma a la piñata que hoy conocemos”. Él fusionó las tradiciones indígenas relativas al ciclo solar transformándolas. Tomó la costumbre de los nativos de romper ollas de barro y la adaptó colocándole siete picos en representación de los siete pecados capitales: ahora la olla ya no era un recipiente con dádivas, sino una caja de Pandora de la que se debían deshacer. La venda en los ojos simbolizó la fe ciega con la que se derrota al pecado; los vivos colores, la tentación.

 Paulo Jiménez

Andrés de Soria no solo fue responsable de darle nueva forma y significado a lo que hoy conocemos como piñata, sino que también es recordado por recibir la autorización para festejar las llamadas misas de aguinaldo, llevadas a cabo en los nueve días previos al nacimiento de Jesucristo. Durante estos festejos se repartían dulces y frutas, se rompía la piñata y se recreaba el peregrinar de María y José. En pocas palabras, este religioso es también el inventor de las posadas.

El monumento se lo tiene bien merecido.

El regalo prometido 

Encontramos a Lulú Ortiz en la Casa de la Cultura, donde se prepara para terminar la mercancía que venderá en la Feria de la Piñata de Acolman. Rodeada por cientos de piñatas multicolor, dobla, pega y recorta trocitos de papel mientras sus amigos y familiares forran ollas y arman conos de cartón. No despega la vista del chorro de silicón caliente mientras habla con nosotros; su destreza para responder solo es equiparable con su habilidad para hacer nochebuenas con membranas de papel de china.

Sin dejar de dirigir la orquesta de artesanos, nos cuenta que lleva casi 25 años en el negocio, desde que fundó junto a su esposo Francisco el taller artesanal Franlú, que la suya es una familia de arraigo piñatero, pues de su madre aprendió la técnica, y que ella a suvez lo hizo de su abuela, quien comenzó a confeccionar estas maravillas para dar de comer a su familia. Lulú le da instrucciones a su hijo para forrar un cucurucho y, sin saberlo, también refuerza la cadena que iniciara su abuela.

Hoy, su taller es conocido por su inventiva: todavía recuerdan en el pueblo cuando elaboraron una piñata pirotécnica que giraba formando penachos de chispas. Lulú lo cuenta e interrumpe su labor para reír. Mientras, toda línea de producción discurre con cierta sincronía. Del piso unos recogen los “pecados capitales” y otros cortan el papel de china en cuadros para formar florecitas y mariposas, en la mesa aledaña hacen flecos de crepé y forran las ollas con pliegos metalizados. Al final, el patio se llena con una constelación de colores, y entonces, se hace difícil elegir una estrella.

Una piñata verde con nochebuenas nos lanza destellos entre ese firmamento, pues luce antigua, auténtica, quizá como las que crearon para las primeras posadas del siglo xvi. “Esa, Lulú, nos la llevamos”.

Cruzamos la puerta con la nueva compra en la mano, pero Lulú nos detiene para pedirnos que les compartamos a los invitados la máxima de su familia: “No hay que romper tradiciones, mejor rompamos piñatas”, nos dice. Este año no les vendaremos los ojos a los invitados, así no perderán ni el tino, ni el camino que lleva a los claustros, manos y talleres de Acolman.

 Arturo Torres Landa

Más compras navideñas 

Otro día, tomamos el rumbo a Puebla y fuimos al Bosque de los Árboles de Navidad, en Amecameca, adquirimos un pino natural cuya extracción y manejo cumple con las normas internacionales forestales. Los árboles criados en este bosque de 550 hectáreas (el más extenso del mundo en su tipo) no son cortados por completo, sino que los podan a la altura del tallo para asegurarse de que la raíz no sufra daños y el pino vuelva a salir al año siguiente. Además, sus cuidadores se aseguran de que cada ejemplar sea plantado y que crezca con 50 centímetros de distancia entre uno y otro para evitar que la sombra ralentice el crecimiento de sus vecinos. Parte de los ingresos se destinan a reforestar y mantener sano el bosque; además, se apoya la economía de cientos de guardabosques y trabajadores voluntarios que nos ayudaron a elegir, cortar y transportar nuestro árbol.

Nacimientos miniatura 

Luego, nos dirigimos hacia Toluca, a Metepec, un Pueblo Mágico que es conocido mundialmente por sus artesanos, maestros en la elaboración de piezas con barro. Sus árboles de la vida son célebres en todo México por su complejidad y detalle, mismos que están presentes en los nacimientos miniatura que realiza Cecilio Sánchez, artista reconocido con el 2do. lugar del Premio Nacional de la Cerámica.

Utilizando solo barro con pigmentos naturales, Cecilio crea preciosos nacimientos con figuras de hasta dos centímetros de altura, cuya paleta de colores –suaves y terrosos– le brinda a sus obras un estilo único. Visitamos su tienda en el Mercado de Artesanías de Metepec y nos sorprendimos con las diminutas escenas de la natividad que ha colocado dentro de pequeñas piñatas y portales. Allí nos enteramos de que su talento lo ha llevado al Museo del Vaticano, donde se exhibe una cruz barroca confeccionada por él para el papa Francisco. Además de bello y auténtico, sus nacimientos vienen respaldados por los gustos del Sumo Pontífice.

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