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Vive la Riviera Nayarita. Sus playas, sus escenarios… su paz

160 kilómetros de costa te esperan, entre el Puerto de San Blas y el río Ameca, en la Bahía de Banderas, para que disfrutes del sol y los magníficos paisajes que ofrece este corredor turístico que pretende impulsar el desarrollo de la región y competir sólidamente en el mercado turístico internacional.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Carmen y José Enrique nos dieron la bienvenida a su casa, que más que un hotel, es un proyecto de vida. Habíamos partido muy temprano de Guadalajara y después de tres horas de viaje, nos encontrábamos en Chacala, la playa más cercana a esta ciudad. Decidimos hospedarnos en esta bahía, pues geográficamente es la parte media de la Riviera Nayarita, y el Hotel Majahua fue el que más nos atrajo.

Un pueblo galería

Majahua es un lugar para convivir con la naturaleza, meditar, relajar el cuerpo, la mente y el espíritu, y gozar del arte y la buena cocina. El hotel esta construido sobre el flanco de una colina de exuberante vegetación y su arquitectura se integra armoniosamente al medio ambiente que lo rodea y a los desniveles del terreno.

Para llegar a él, tomamos un sendero que cruza la selva y después de cinco minutos estábamos ya con nuestros anfitriones. José Enrique es ingeniero, llegó a Chacala en 1984 buscando un lugar apacible junto al mar en donde hacer realidad un concepto de hospedaje y desarrollar trabajo social. En 1995 comenzó la construcción de Majahua y simultáneamente inició con el nombre de “Techos de México”, un proyecto comunitario con los pescadores de Chacala para conseguir donativos y financiar la construcción de una segunda planta en sus viviendas, destinada a hospedar a los turistas.

Carmen es promotora cultural y ésta es la razón de que Chacala se haya convertido en un “pueblo galería”. En la playa, enramadas y especialmente en los jardines del hotel –a lo que se le llama “la galería de la selva”– se exhiben exposiciones fotográficas impresas en lona de gran formato.

En la comodidad de la selva
Decidimos pasar toda la mañana disfrutando del hotel. A pesar de contar con sólo seis habitaciones, la extensión territorial de Majahua es de hectárea y media. Las suites son amplias y todas cuentan con terraza propia. El jardín es inmenso y abundan las áreas de descanso y las hamacas.

En ese momento era difícil precisar cuál era nuestro sitio favorito; la terraza del restaurante, desde donde se disfruta del mar; el área de yoga y meditación; o el spa, al cual se llega a través de puentes colgantes. Más tarde disfrutaríamos cada uno de ellos de una manera especial. Recorrimos “la galería de la selva”, cuyos salones son las veredas y terrazas frente al mar.

Ahí se exhibe Vuelo, 21 fotografías de Fulvio Eccardi sobre las aves de México, que de esta manera transporta al quetzal, al águila pescadora, la cigüeña jabirú y al pájaro bobo de patas azules –entre otras especies— hasta la selva de Chacala. Y no es casual el tema de la exposición, pues la bahía es un observatorio natural de aves. A la hora de la comida decidimos bajar al pueblo en donde hay un buen número de palapas que compiten entre sí por ofrecer lo mejor de la gastronomía local.

La paradisíaca bahía

Después de comer nos dedicamos a conocer la bahía. Chacala tiene una población aproximada de 500 habitantes, la mayoría de ellos dedicados a la pesca y desde hace una década, a la actividad turística. La bahía fue descubierta en 1524 por el explorador español Francisco Cortés de Buena Ventura, sobrino de Hernán Cortés. No pudimos evitar la tentación de recorrer descalzos la playa de fina y dorada arena hasta llegar a las escolleras naturales y el faro.

Más adelante se encuentra Chacalilla, una playa privada de apacibles aguas verde esmeralda, ideal para el buceo y la práctica del kayac. Al no poder avanzar más, exploramos las escolleras buscando restos de petroglifos, comunes en la zona. A 30 minutos de Chacala, en dirección hacia Puerto Vallarta, se encuentra la zona arqueológica de Alta Vista, en donde se conservan 56 petroglifos a orillas de un arrollo cuya antigüedad no se puede precisar con exactitud. Además de su valor histórico, este sito constituye actualmente un sitio sagrado a donde los huicholes acuden para dejar sus ofrendas y realizar ceremonias.

Volviendo sobre nuestros pasos, nos fuimos refugiando del sol bajo la sombra de las palmeras y los árboles de mango y plátano. El ocaso de la tarde la pasamos tirados en la arena contemplando la despedida del sol, suavemente deslizándose sobre el mar, detrás de los barcos pesqueros. A nuestro regreso al hotel nos aguardaba una brocheta de camarón marinada en salsa de ostión.

La Bahía de Matachén

Con el canto de las aves, el murmullo del mar y un sol que se filtraba por el follaje de nuestra terraza, nos despertamos al día siguiente. Sólo tomamos café y partimos de inmediato a San Blas. El plan era llegar al puerto y de ahí volver nuevamente haciendo escala en las principales playas de la Bahía de Matachén. Nos detuvimos a desayunar en Aticama, 15 kilómetros antes de llegar a San Blas, pues habíamos sido advertidos que este lugar es un importante centro productor de ostiones de piedra. Fue durante la Colonia refugio de barcos piratas y bucaneros que asolaban las costas del Pacífico.

Al llegar a San Blas subimos al Cerro de Basilio para apreciar desde el antiguo edificio de la Contaduría, una incomparable vista del histórico puerto del cual partieron las naves españolas para la conquista de las Californias. Para refrescarnos del calor que iba en aumento, nos refugiamos en las palapas de la playa, famosas por su gran variedad de pescados y mariscos.

A la salida del puerto abordamos el Conchal para tomar una excursión por los manglares de la Tobara y el cocodrilario. El Borrego y las Islitas, son las playas más cercanas al puerto, pero no detuvimos nuestra marcha hasta llegar a Los Cocos, que como su nombre lo indica, está cubierta por palmeras de cocos de agua y aceite. La pendiente es suave y el oleaje constante, por lo que facilita la práctica del surfing.

A la siguiente playa, Miramar, llegamos con toda la intención de darnos un banquete. Los restaurantes de este lugar tiene bien ganada su fama de ser de los mejores de la región. Así lo pudimos comprobar. Por nuestra mesa desfilaron, por orden de aparición, camarones al aguachile, cucarachas de camarón –nuestras favoritas- y el imprescindible pescado sarandeado. No tuvimos mucho tiempo para recorrer la playa, pero pudimos observar su extraordinario paisaje.

Teníamos prisa por llegar a Platanitos, en donde nos habían recomendado ver la puesta del sol. Es una amplia playa que se encuentra a mar abierto, a donde arriban las tortugas marinas para desovar. Tal como no lo habían anticipado, la puesta del sol fue extraordinaria y embriagados por esa magia de la naturaleza, regresamos a Chacala.

Cerrando con broche de oro
A pesar de las aves, las olas y el sol, al día siguiente no despertamos tan temprano, y ahora sí disfrutamos del desayuno y la terraza del hotel. Nuestro camino nos llevaría hacia el sur de la Riviera Nayarit y al igual que el día anterior, comenzaríamos a regresar desde el punto más distante. Dos horas nos llevó recorrer entre curvas y un intenso tráfico, los 100 kilómetros que separan Chacala de Nuevo Vallarta.

La primer escala fue Bucerías, típico pueblo de calles empedradas en donde se practica la pesca deportiva de altura, ya que en sus aguas se encuentran especies muy codiciadas como el pez vela, el marlín y el dorado. Desde ahí tomamos la carretera costera que rodea Punta Mita, hasta llegar a Sayulita, un pequeño puerto pesquero y continuamos hacia San Francisco, Lo de Marcos y Los Ayala, pueblos de pescadores con playas tranquilas en donde se acostumbra practicar el surfing.

Una infraestructura turística mucho más desarrollada encontramos en Rincón de Guayabitos; grandes hoteles y restaurantes, suites, bungalows, bares y discotecas. Se puede bucear en esta playa, practicar la pesca deportiva y recorrer la bahía en lanchas con fondo de cristal. Nuestra última escala fue la Peñita de Jaltemba, una amplia ensenada de aguas tibias que bañan otro poblado de pescadores.

Sobre la carretera hallamos un botanero familiar donde disfrutamos otra vez de las cucarachas de camarón, esta particular manera que tienen en Nayarit de bañar los camarones en salsa huichola y freírlos en mantequilla. Una hora más tarde, nos encontrábamos frente al mar, gozando de una aromaterapia en el spa de Majahua. Desde ahí vimos ocultarse el sol.

Ya relajados, bajamos a la terraza del restaurante. Ahí había una mesa iluminada por velas, destinada para nosotros. Y en la cocina, José Enrique preparaba un filete de dorado marinado en mango y chile de árbol. Apenas nos vio y nos ofreció una copa de vino blanco. Así sellamos con broche de oro un viaje inolvidable por la Riviera Nayarita.

5 Imprescindibles

• Observar aves en la bahía de Chacala.
• Descubrir los petroglifos de Alta Vista.
• Comer hartos ostiones de piedra y cucarachas de camarón.
• Recorrer Bahía de Guayabitos en lancha con fondo de cristal.
• Hacer una excursión por los manglares de la Tobara.

De la ola a la cacerola

Chacala significa en náhuatl “donde hay camarones” y efectivamente, aquí se encuentran en abundancia. Son muchas las maneras en que se preparan y cada palapa presume su receta especial. Pero no sólo a ellos se limita la oferta gastronómica de la bahía.

Cómo llegar

El aeropuerto más cercano es el de Puerto Vallarta. Para llegar a Chacala, existen varias posibilidades, se puede tomar un taxi desde el aeropuerto, o un autobús de Puerto Vallarta a las Varas y de ahí un taxi a Chacala. Los autobuses salen cada diez minutos de Puerto Vallarta a las Varas.

Por auto, desde la ciudad de México, tome la autopista de Occidente, cruce Guadalajara y antes de llegar a Tepic, tome la desviación a Puerto Vallarta. Al llegar al poblado las Varas, está la desviación a Chacala. El tiempo aproximado en auto desde la ciudad de México a Chacala es de 10 horas.

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