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Zacatecas, una ciudad entre minas y callejones

Enclavada en un escenario de montañas de roca rosada, esta hermosa ciudad, Patrimonio de la Humanidad, nació (en el temprano año de 1546), a partir del descubrimiento de yacimientos de metales preciosos en el subsuelo.

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El encanto de Zacatecas, al igual que las buenas experiencias de la vida, no es comparable en cualidad ni cantidad con el de otras ciudades. Esculpida por el azar, que quiso que se hallaran vetas millonarias de oro y plata en las profundidades de su quebrada, la ciudad no creció con la racionalidad cuadriculada de las urbes que buscan terrenos llanos y parejos para evolucionar.

Más bien, Zacatecas se eleva en el terreno más incómodo e improbable, el fondo agudo y escarpado de un valle montañés que genera una topografía interesante e inusual. Calles ondulantes, angostas escaleras que callejonean hacia arriba y hacia abajo, pocas líneas rectas, trayectos que se cortan abruptamente en la fachada de un templo barroco del siglo XVI, o una mansión señorial del siglo XVII, construcciones imponentes y majestuosas difíciles de apreciar en perspectiva debido a la estrechez de sus callejones. En este laberinto de sorpresas es fácil comprender por qué el Centro Histórico fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1993.

Realidad y leyenda

La actividad minera propia de este lugar ocasionó el grado de esplendor y delicadeza de todas las edificaciones que vemos a nuestro alrededor, pues los templos, casonas y palacios fueron levantados con las riquezas extraídas de las minas entre los siglos XVI y XIX, y en los que se utilizan todos los estilos arquitectónicos, desde el colonial opulento hasta el neoclásico francés —en los más recientes—. Es evidente que los mineros zacatecanos, ricos y poderosos, no escatimaron en gastos al construir sus residencias ni tampoco dudaron en ofrecer formidables donativos a la Iglesia para construir templos y conventos.

Existen sitios, como el hoy Palacio de Justicia, o de la Mala Noche, que tiene su propia leyenda. Se dice que hace un par de siglos el palacio era la lujosa residencia de un rico minero llamado Manuel Retegui, quien había dilapidado su fortuna en placeres frívolos de la vida. Éste, sumido en una súbita pobreza, optó por el suicidio, pero en el momento en que se preparaba para el gran final, alguien golpeó a su puerta anunciándole que se había descubierto una fabulosa veta de oro en su mina de la Mala Noche. Así, por unos años más, quizás hasta la próxima crisis, el minero quedó lejos de su cita con la muerte y la pobreza. No hay mejor manera de conocer esta y otras leyendas que adentrándose en las profundidades de la Mina del Edén, descubierta en 1586. Un trenecito y una visita guiada lo introducirán en este temible inframundo, generador de fortunas y desgracias.

Arte, raíces y descanso

Por su monumentalidad arquitectónica, la que se impone es la Catedral de Zacatecas, enteramente labrada en cantera rosa y cuya construcción también estuvo financiada por los acaudalados mineros entre 1730 y 1760. Es uno de los ejemplos más hermosos de la arquitectura barroca mexicana, pues en la fachada y las torres se puede descubrir la mano exuberante de los artesanos indígenas. Las horas pasan al tratar de desentrañar todos los misterios que encierran las cientos de figuritas de animales reales y míticos, hombres y mujeres bellos o monstruosos; gárgolas, aves del paraíso, leones, corderos, árboles, frutas; racimos de uvas, mascaritas, un verdadero despliegue de imaginación pagana incrustado inadvertidamente en el Templo.

Casi enfrente de la Catedral, el Templo de Santo Domingo, de la Compañía de Jesús, que contiene una sacristía octagonal y ocho magníficos retablos barrocos, uno de ellos dedicado a la Virgen de Guadalupe, también llama la atención. En Zacatecas existen más de 15 museos, la mayoría dedicados al arte, pero existen dos que vale la pena destacar. El primero es el Museo Rafael Coronel, alojado en el antiguo Convento de San Francisco —que data de 1567 y tuvo que ser abandonado luego de las Reformas de la Revolución mexicana—. Por sus patios y jardines crecen la hierba y las flores. En medio de ruinas grandiosas, muros y arcos, el azul del cielo penetra por donde deberían estar cúpulas y hoy hay columnas sin techo. Es uno de los sitios surrealistas más impresionantes del país y alberga la colección El Rostro Mexicano, con una muestra de más de 10,000 máscaras recolectadas entre artistas populares de diversas regiones de México: animales, monstruos, doncellas e innumerables diablos que combinan motivos religiosos, carnavalescos y prehispánicos.

Otro sitio que también es sorprendente es el Museo Zacatecano de Cultura, pues desde 1995 expone más de 150 bordados huicholes que pertenecieron al científico norteamericano Henry Mertens, quien convivió muchos años con este grupo indígena en las montañas de Nayarit. Conmueven la belleza y la imaginación visual de las artesanas de esta etnia, y las interesantísimas explicaciones de la simbología y la cosmogonía que narra un guía de origen huichol durante el recorrido por el museo. Los fotomurales, retablos y las muestras de herrería completan esta diversidad artística. La majestuosidad de esta ciudad también se aprecia en sus hoteles. El Quinta Real incorpora en su construcción a la Plaza de Toros más antigua de Norteamérica; sus habitaciones y restaurantes circundan el anillo, donde antiguamente tenían lugar las corridas y que ahora es un jardín. En cuanto al bar de este recinto, es el antiguo corral de los toros.  Otro hotel, típico y colorido, es el Mesón del Jobito, una antigua finca, laberíntica, restaurada por el Consejo de Monumentos Coloniales, que conserva el encanto del diseño colonial mexicano.

Los alrededores

Cuando sienta deseos de alejarse de la ciudad, dé una vuelta por el Parque Natural Sierra de Órganos, ubicado en la Sierra Madre Oriental, a 165 km de Zacatecas —camino a la localidad de Sombrerete por la carretera 45—. No es muy grande, pero sus paisajes son inolvidables. Enormes peñas (como pipas de inmensos órganos), de un color rojizo, se elevan formando anfiteatros y espacios muy bellos. Existen senderos para caminar o andar en bicicleta, y la vegetación exótica de cactus floridos siempre es una sorpresa para los que no solemos caminar palmo a palmo por el desierto. Si tiene suerte podrá avistar a algún coyote, zorro, o venado o admirar las torres de piedra rojiza volverse púrpuras al atardecer, mientras el cielo transparente del desierto cambia de color segundo a segundo hasta desaparecer en la oscuridad estrellada.

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