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Caminatas de alta montaña para principiantes y experimentados

Por: Alfredo Mart

Con todo nuestro equipo de montaña listo, cuerdas, crampones, piolets, tornillos de hielo, bien abrigados y con las botas bien calzadas, nos dirigimos al Iztaccíhuatl para disfrutar de un emocionante fin de semana en la montaña.

Actualmente el Popocatépetl no se puede ascender por su continua actividad volcánica, así que a quienes nos gusta practicar el alpinismo, realizamos nuestras excursiones en el Iztaccíhuatl, en donde se localiza la tercera cumbre más alta de México, ubicada en “el pecho” a 5,230 m de altura.

Las cumbres más importantes del Iztaccíhuatl son los pies, las rodillas, la panza, el pecho y la cabeza, a las que se puede acceder por diferentes rutas, unas más dificiles que otras. Entre las más duras figura la vía del Centinela, una de las rutas de escalada en roca más largas de México. Otras vías de alto grado de dificultad son las inescalables, localizadas en la cabellera del Iztaccíhuatl y en donde los alpinistas mexicanos realizamos nuestras prácticas de hielo. A una de ellas se le conoce como la Rampa de Oñate, que te lleva directo al pecho y en el glaciar de Ayoloco, localizado en la panza del Iztaccíhuatl.

LAS RUTAS La clásica

Si apenas estás iniciándote en alta montaña, te recomendamos ascender por ésta, la cual inicia en La Joya y pasa por varias de sus cumbres, pies, rodillas, espinillas, la panza y el pecho. Se trata de una caminata muy larga, de unas diez horas aproximadamente.

Se recomienda iniciar en la madrugada para disfrutar del amanecer que pinta de fuego las fumarolas del Popocatépetl. Es necesario ir acompañado de un guía, llevar crampones, piolet y cuerda para poder atravesar los glaciares de la panza y el pecho.

La cabeza

Aquí el acceso es diferente, primero hay que llegar al poblado de San Rafael, y de ahí seguir por camino de terracería hasta Llano Grande, donde se inicia la caminata entre los zacatales hasta llegar a una inmensa rampa de arena y rocas conocida como “El Tumbaburros”, donde parece que das un paso y retrocedes dos hasta llegar al collado que separa el macizo de la cabeza y el pecho. La ruta es de fuertes pendiente pues hay que ascender por un largo corredor de nieve hasta alcanzar la cumbre a 5,146 metros.

El glaciar de Ayoloco

Después de varias ascensiones y entrenamiento, puedes enfrentar ésta que es una de las rutas más difíciles. El punto de partida de esta ruta es La Joya, en el Paso de Cortés, y este glaciar te lleva directamente a la cumbre de la panza. En 1850 se hicieron los primeros intentos por ascender esta ruta, pero fallaron por la falta de equipo para superar las paredes de hielo. En noviembre de 1889, H. Remsen Whitehouse y el barón Von Zedwitz lograron ascender por el glaciar haciendo uso de una rústica hacha con la que cavaron escalones y cuál sería su sorpresa al encontrar una botella con un recado en el interior dejado por el suizo James de Salis, quien había alcanzado la cumbre cinco días antes que ellos. El hielo de las montañas mexicanas es difícil de escalar, se resquebraja con mucha facilidad y a la vez es durísimo, hay que golpear una y otra vez para encajar bien los piolets y crampones.

La rampa de Oñate

Esta ruta es más larga que las anteriores, por lo que son necesarios dos días. Parte de La Joya, y se recomienda acampar en la base del glaciar de Ayoloco para al día siguiente enfrentarse a la gigantesca rampa de Oñate, la cual corre por el glaciar noroeste directo a la cumbre del pecho. Esta ruta lleva el nombre en honor a Juan José Oñate, quien junto a sus compañeros de cordada Bertha Monroy, Enriqueta Magaña, Vicente Pereda y Zenón Martínez fallecieron en un trágico accidente en dicha ruta, en 1974.

Si el hielo está en muy buen estado, se puede ascender a buen ritmo por la helada rampa de 60 y 70 grados de inclinación, disfrutando de una espectacular vista de la cabeza. Después de varias extenuantes horas, se puede alcanzar la cumbre más alta del Iztaccíhuatl, el pecho. Los invitamos a visitar nuestras montañas y Parques Nacionales con respeto. Si queremos más volcanes nevados cada año, hay que reforestarlos para que haya más humedad, más agua, más nieve y más belleza. No hagamos enojar a los dioses que moran sus heladas cumbres.

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