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De Tecolutla a Playa Hicacos, Veracruz

Por: Mayra A. Mart

Para llegar a Tecolutla, por la carretera núm. 129 hay que recorrer unos 500 km, atravesando los estados de Hidalgo y de Puebla, antes de llegara Poza Rica donde se toma el desvío hacia Papantla o se sube al norte, si se prefiere ir hasta Tuxpan.

En esta ocasión salimos del DF al amanecer pues queríamos llegar a la costa a la hora de la comida.

Un paisaje estupendo, colmado de coníferas, se disfruta durante la travesía, recomendable por el día pues es notoria la neblina en el tramo entre Acaxochitlán y Huauchinango, donde también abundan los rústicos puestos de venta de licores y conservas de frutas regionales. Por cierto, a la altura de la presa Necaxa, por el poblado de San Miguel, llaman la atención algunos hospedajes y restaurantes dignos de una parada para estirar las piernas y gozar de la impresionante vista.

Pero, como nuestro destino es otro, continuamos por la sinuosa vía, inmersos en la bruma y ya en descenso, luego de pasar Xicotepec, se observan extensas plantaciones de plátanos. No transcurre mucho antes de encontrar en los topes a los vendedores de los típicos plátanos fritos, dulces o salados, que sacian un poco nuestro incipiente apetito con su peculiar sabor.

Entrando a Papantla, ubicada a 43 km al oeste de Tecolutla, y que fuera fundada por los totonacas hacia el siglo XII, un cartel indica que a sólo cinco km se halla el sitio arqueológico de El Tajín, y aunque no está incluido en nuestros planes, resulta demasiado tentador, así que cambiamos el rumbo para conocer esta ciudad prehispánica descubierta casualmente en 1785 cuando un funcionario español buscaba sembradíos clandestinos de tabaco.

EN HONOR DEL DIOS DEL TRUENO

Al llegar, en la amplia plazoleta de acceso al sitio, rodeada por locales comerciales repletos de artesanías y ropa tradicional de la zona, inicia el espectáculo de los Voladores de Papantla, uno de los más llamativos entre los ritos mesoamericanos, cuyo simbolismo secular está vinculado con el culto solar y la fertilidad de la tierra. Quienes ven por vez primera esta ceremonia se asombran ante la osadía de los danzantes cuando suben a la cúspide de un altísimo tronco y atados por cuerdas en sus cinturas descienden en 13 círculos, remedando águilas en pleno vuelo, hasta tocar la tierra con sus pies.

Tras disfrutar de esa impactante vivencia, y para orientarnos sobre la distribución del lugar, entramos al Museo donde una didáctica maqueta sirve como guía previa. Nos explican que la arquitectura de esta ciudad costeña, de origen totonaca, se caracterizó por la combinación constante de tres elementos, los taludes, los frisos de nichos y las cornisas voladas, además de las grecas escalonadas. También, destacan la importancia del Juego de Pelota, deporte ritual, pues allí se han detectado 17 canchas.

Perdemos la noción del tiempo al caminar entre los curiosos edificios distribuidos en una superficie de 1.5 km2, ocupados antaño en su mayoría por templos, altares o palacios, y por supuesto, nos fascina la original Pirámide de los Nichos, con sus 365 cavidades sin duda alusivas al año solar y sus múltiples cornisas, tan diferente de otros monumentos prehispánicos. Culmina nuestro recorrido sólo cuando avisan sobre el próximo cierre del lugar, impregnado del aroma a vainilla, cuyas baritas se venden a los turistas.

HACIA LA COSTA

Casi anochece cuando entramos a Gutiérrez Zamora, en paralelo con los esteros del río Tecolutla, hacia la turística población de este nombre. En el Hotel Playa “Juan el Pescador” nos espera desde el mediodía su propietario, Juan Ramón Vargas, presidente allí de la Asociación de Hotelesy Moteles, un enamorado fiel de su lugar de origeny magnífico guía para adentrarse en los atractivos de la zona, más allá de las playas o de los innumerables restaurantes con platillos deliciosos, basados en los frutos del mar.

Precisamente, nada mejor para calmar la voracidad de esas horas que complacer el paladar con un delicioso coctel de camarones y un filete de pescado al mojo de ajo, acompañado por vegetales, luego de instalarnos en nuestra habitación con vista al mar. Más tarde, damos una vuelta por las tranquilas calles de esta población que con unos 8 500 habitantes, en la temporada alta asimila casi el triple de esa cantidad de turistas, la mayoría nacional y proveniente del mismo estado, así como de otros aledaños, como Hidalgo, Puebla o Tamaulipas.

Cada año, además, convocan a dos de los principales torneos de pesca deportiva del país, el de Sábalo y el de Róbalo, los cuales involucran a buena parte de los pobladores tanto de Tecolutla como de Gutiérrez Zamora, pues sus pescadores con sus lanchas mueven a los concursantes y fungen como los mejores guías, en tanto se repletan sus 1 500 habitaciones, distribuidas en unos 125 hoteles, la mayoría de propietarios locales, y más de un centenar de restaurantes, existentes sólo en el área de playa. Así mismo, nos comentan sobre otro evento anual de gran relevancia para esta población, el Festival del Coco, donde se prepara la cocada más grande del mundo, pues sólo el pasado año procesaron seis mil cocos y dos toneladas de azúcar, entre otros ingredientes. Sin duda, cada celebración da buenos pretextos para regresar a esta villa marinera.

EL PARAÍSO DE LOS ESTEROS

Uno de los encantos de Tecolutla son las playas al acceso público, pues se cuenta con unos 15 km de ribera frente al mar abierto, por lo general de olas suaves y cálidas, salvo durante el embate de los nortes. Pero, la gran sorpresa para el viajero son los esteros del río Tecolutla, que aún de madrugada nos disponemos a recorrer en la lancha “Pataritos”, de nuestro anfitrión. Por cierto, el simpático nombre de la embarcación se debe a la elección del mayor de sus hijos, que la denominó así cuando apenas empezaba a hablar.

Son tres los esteros más visitados, el del Silencio, con cinco km navegables, fecundo en manglares y de una belleza imposible de narrar con palabras. No en balde el nombre de ese remanso, pues cuando se apaga el motor se escucha hasta el más tenue zumbido de los insectos o las gotas de rocío que caen lentamente desde lo alto de los arbustos. Más adelante, vamos hacia el estero de la Cruz, por unos cristalinos 25 km, donde se pesca a menudo el róbalo, en tanto el estero del Naranjo, el mayor, con unos 40 km, atraviesa por ranchos ganaderos y fincas de naranjales. Es un paisaje bucólico, ideal para la observación de aves, puesvemos ibis, cormoranes, loros, pericos, gallinetas, águilas, halcones, garzas o patos de diversas especies. En verdad, un paseo por los esteros propicia la interacción plena con la naturaleza, capaz de calmar en una sola mañana toda la carga de estrés traída dela gran capital.

Al regreso, Juan Ramón nos lleva a donde Fernando Manzano, más conocido por sus coterráneos como “Papá Tortuga”, quien al frente del grupo ecologista Vida Milenaria libra desde hace años una tesonera batalla en la salvaguarda de las tortugas marinas, de las que ayuda a reproducir y liberar cada año entre cinco y seis mil nacidas de huevos localizados gracias a su amplia experiencia, con el apoyo de muchos voluntarios y de sus familiares, en largas caminatas por las playas circundantes. Y antes de salir rumbo a la Costa Esmeralda, visitamos una planta procesadora de vainilla en Gutiérrez Zamora, perteneciente desde 1873 a la familia Gaya, donde nos explican todos los pasos necesarios para obte-ner los extractos o licores de ese aromático fruto.

CAMINO AL PUERTO JAROCHO

A lo largo de la carretera rumbo a la ciudad de Veracruz se extiende la llamada Costa Esmeralda, ruta pródiga en pequeños hoteles, bungalows, cam-ping y restaurantes. Hacemos una breve parada en Iztirinchá, una de las playas más recomendadas, poco antes de Barra de Palmas, donde es posible practicar la pesca y descansar a gusto. Desde ahí la vialidad se aleja de la costa, hasta Santa Ana, donde encontramos algunos hospedajes y sencillos comederos, aunque es en Palma Sola y en Cardel donde otra vez hallamos mayor variedad de alojamientos. Ahí cargamos combustible e inicia la autopista de cuatro carriles que lleva al puerto, aunque quien desee pernoctar en alguna tranquila playa puede desviarse hacia Boca Andrea o a Chachalacas, una de las más famosas por sus enormes dunas.

UN CAFÉ FUERTE...

No bien entramos a la ciudad, vamos al tradicional café La Parroquia a tomar un delicioso café, bien fuerte, en su terraza mirando hacia el extenso malecón. Estamos en el corazón más vital del estado de Veracruz, uno de los más ricos del país, pleno de petróleo, industrias textiles y cerveceras, ingenios azucareros, productivas tierras agrícolas y ganaderas, de gran auge en tiempos de la Colonia cuando la rica Flota de la Nueva España partía de su puerto en escala hacia la bahía de La Habana, con buques cargados de oro, plata y cualquier tipo de productos codiciados por la corona española.

De esta ciudad la describió Alejandro de Humbolft en su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España como “hermosa y construida con mucha re-gularidad”. Y por entonces se le consideraba la “puerta mayor de México”, por la que todas las riquezas de estas vastas tierras fluían hacia Europa, pues se trataba del único puerto del Golfo que permitía un fácil acceso a su interior. Esa gallardía secular se conserva en su centro histórico, donde las notas del son jarocho se mezclan al anochecer con las del adoptivo danzón, en los portales colmados de lugareños y turistas, para quienes la noche no tiene fin. Al amanecer, disfrutamos del espectacular malecón frente al hotel en Boca del Río, y antes de continuar nuestra ruta hacia el sur, visitamos el Acuario, sin duda uno de los mejores del mundo, con una numerosas especies marinas. Es un sitio imprescindible para cualquier viajero amante de la naturaleza.

HACIA ALVARADO

Retomamos el camino más al sur. Damos una mirada a la Laguna Mandinga, cuyos restaurantes ribereños aún están cerrados y seguimos hasta Antón Lizardo, que preserva ese carácter de auténtico pueblo pesquero.

A unos 80 km nos espera Alvarado, uno de los lugares más pintorescos de la región, con una buena fama gastronómica, pues ahí es posible comer cualquier tipo de mariscos y las más diversas variedades de pescados a precios en verdad irrisorios, con una calidad gourmet.

Antes de conocer este lugar, sabía de él por los versos del poeta Salvador Vives, quien lo describía como “Un pequeño puerto, pueblo pescador que huele a marisco, tabaco y sudor. Blanco caserío que va por la orilla y se asoma al río”. En efecto, como si se hubiera congelado en el tiempo, su centro histórico conserva una inusual paz para la ajetreada actualidad. Majestuosas casonas blancas, de amplios y sombreados corredores rodean la plaza central, donde destaca el templo parroquial y el opulento palacio muni-cipal. Basta caminar unas pocas callejuelas para bordear el puerto, colmado de barcos pesqueros, algunos ya oxidados y otros siempre prestos para salir al mar, pues la pesca constituye su principal fuente de ingresos, ya que el turismo aún no ha descubierto este lugar como lo merece. La laguna de Alvarado y el río Papaloapan se unen para ofrecernos un paisaje inusual.

Por supuesto, antes de proseguir la marcha nos regalamos un suculento arroz a la tumbada, una especie de versión alvaradeña de la castiza paella, pero caldosa, preparada con mariscos y pescado, así como unas exquisitas tostadas de jaiba. Pocas comidas como ésta, en calidad y cantidad.

DESCUBRIENDO PLAYAS

A partir de aquí la vialidad se extiende entre extensos cañaverales y cruzan constantemente los camiones cargados de la dulce gramínea para su procesamiento en los ingenios, cuyas chimeneas exhalan un infinito hilo de humo color café, muestra de la incesante faena en sus trapiches. A lo lejos se divisa la zona montañosa de Los Tuxtlas, pero como queremos conocer lo más posible de las playas cercanas, luego de pasar por Lerdo de Tejada y por Cabada nos desviamos hacia la izquierda por una estrecha vialidad, que tras más de una hora de camino nos llevará hasta Montepío.

Pero, un poco antes descubrimos una pequeña señalización: “a 50 metros, Toro Prieto”. Nos gana la curiosidad y entrando a la terracería vamos hasta una playa donde sólo encontramos un rústico campamento ecológico, la Cueva del Pirata, y algunas cocinas económicas, que abren cuando llegan los ocasionales clientes.

Más adelante está la playa de Roca Partida, uno de esos sitios que provocan las ganas de quedarse para siempre. Ahí los pescadores ofrecen un recorrido por debajo de una cueva, que según explican, es posible atravesar navegándola con la marea baja.

De nuevo, retomamos la carretera y casi al anochecer llegamos a la playa de Montepío, donde hay varios hoteles y casas de huéspedes, así como un par de palapas para comer frente al mar. Es tanto el silencio que la música de las pocas viviendas del caserío cercano se escucha en la terraza del alojamiento que escogimos para pasar la noche, mientras gozamos contando las estrellas que titilan en una limpia bóveda celeste donde aún brilla una espléndida luna.

EL FINAL DEL VIAJE

Preguntamos al encargado del hotel acerca de las mejores costas que podríamos encontrar antes de Catemaco y nos sugiere Playa Escondida e Hicacos. Así, muy temprano salimos hacia la afamada ciudad de los brujos, por un camino de terracería, bastante escabroso, y nada recomendable para transitarlo en la noche. Sin embargo, merece la pena el brincoteo, pues poco después hallamos el desvío hacia la primera de las citadas playas.No en balde su denominación, pues se trata de un rincón fabuloso en medio de la nada, inmerso en una exuberante vegetación, a la cual sólo es posible acceder bajando por una empinada e irregular escalera, o por mar en lancha. En verdad, resulta un lugar mágico, donde quisiéramos naufragar y que jamás nos rescataran.

Pero, el apetito nos llama la atención y seguimos hasta Playa Hicacos, uno de los pocos lugares casi vírgenes donde hay un sencillo parador turístico, y además un pequeño restaurante atendido por una amable familia, capaz de preparar uno de los filetes de pescados más jugosos que hemos degustado en todo el trayecto. Por cierto, cuando les preguntamos “si estaba fresco”, la respuesta sonó a broma, “no es de hoy, pero sí de ayer en la tarde”.

El viaje concluía, aunque no sin antes cargar gasolina en Catemaco, donde nos quedaron deseos de cruzarnos a la Isla de los Monos, o de visitar alguno de sus brujos. Pero, el tiempo marcaba la pauta y así se imponía la vuelta al DF. No obstante, esta ruta nos permitió adentrarnos en lugares insospechados, en esteros y playas que aún tienen un potencial inmenso para el descubrimiento de muchos viajeros, enamorados de las incalculables bellezas naturales de México.

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