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Huixquilucan, donde confluyen las aguas (Estado de México)

Atardece, el frío se adueña del entorno y la lluvia da sus primeras gotas de advertencia. Nos preparamos para regresar al DF y nuestros ojos se esfuerzan por atrapar la imagen de los paisajes boscosos de Huixquilucan.

Atardece, el frío se adueña del entorno y la lluvia da sus primeras gotas de advertencia. Nos preparamos para regresar al DF y nuestros ojos se esfuerzan por atrapar la imagen de los paisajes boscosos de Huixquilucan. De regreso, nos queda recordar el viaje a un sitio donde conviven la naturaleza, las tradiciones y la historia.

Localizado en el centro del país, este municipio, fundado en 1846 y perteneciente al Estado de México, ofrece a los visitantes la posibilidad de participar en sus fiestas, disfrutar de su comida típica y conocer su pasado, además de sorprenderse ante un majestuoso ambiente natural constituido por valles, montañas y ríos.

Con una altura de 3 500 msnm y una extensión territorial de 143.5 km2, Huixquilucan se sitúa en la vertiente oriental de la Sierra de las Cruces, que separa las cuencas de los valles de México y Toluca. La cabecera municipal la integran cinco cuarteles, nueve rancherías, diez pueblos, 12 colonias y 16 fraccionamientos. Según el censo de población del 2000, cuenta con 193 468 pobladores, de los que 91 963 son hombres y 101 505 mujeres.

Su nombre significa “lugar de cardos comestibles” y proviene del náhuatl huitzquillocan, que se deriva de huitxquilitl –palabra compuesta por huitzo, espinoso, y quilitl, yerba que se come– y can, lugar.

Tiempo ha en que el pueblo azteca, en marcha rumbo a la fundación de Tenochtitlán, hizo una escala en Huixquilucan, su décimotercera estación hacia el Valle de México, mención más antigua que de esta tierra se tiene registro y se encuentra en el Mapa Sigüenza, del siglo XII.

EMPEZAMOS POR SAN FRANCISCO DE ASÍS

Edificado por los franciscanos a mediados de 1775, el templo de San Francisco de Asís muestra el paso y el peso del tiempo, aunque desde 1947 los feligreses se dedicaron a restaurarlo con el apoyo del Instituto Nacional de Antropología, toda vez que se trata de un patrimonio histórico.

El resultado está a la vista: el interior recuperó su esplendor y la decoración ostenta cuidadosos detalles, mientras los pequeños vitrales en los costados y la cúpula permiten el paso del sol; actualmente las ta-reas abarcan el atrio, cuyos adoquines fueron cambiados -por lo que ahora se cuenta con una reciente cantera rosa- y sus blancos arcos. Al salir nos detenemos en el pequeño conjunto de sepulcros enfrente. La tradición de sepultar a los muertos en la iglesia se suspendió desde 1919, pero todavía hoy los fieles realizan inhumaciones frente al atrio, convencidos de que la proximidad con Dios es mayor si los cuerpos yacen cerca del templo.

Desde San Francisco de Asís es posible ver entre los árboles la parroquia de San Antonio de Padua. Caminamos cuesta arriba por una amplia vereda de capulines, que construida en 1575, albergó cinco años después a un grupo de jesuitas interesados en aprender otomí, mismos que más tarde trasladaron su escuela de lenguas al estado de Morelos.

Es oportuno recordar que atraídos por el agua, los otomíes –que junto con los olmecas son los grupos étnicos más antiguos de México– no tardaron en ser los primeros en asentarse sobre Huxquilucan, aunque pronto fueron expulsados por otros pueblos que arribaron en pos de la tierra fértil y los vitales ríos.

Según el Códice Techialoyan, el primer virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, y Hernán Cortés nombraron a San Antonio de Padua como el patrón de Huixquilucan. El documento se refiere al sitio como San Antonio Huitzquilucan Atlyxamacayan Tecpan, así, con este nombre, al lugar de cardos comestibles se agrega otra característica: lugar donde se encajonan las aguas. Principal centro religioso huixquiluquense, fue también escenario histórico en la Guerra de Reforma.

CON SAN MARTÍN CABALLERO

A pie continuamos hacia un recinto construido en 1783 a unas cuadras del centro de a población, la iglesia dedicada a San Martín Caballero, quien según la fe católica fue un centurión romano que se despojó de su capa para compartirla con Jesús.

Desde principios del siglo XX los feligreses retribuyeron con ropa los milagros al santo, cuyos atuendo y accesorios cambiaban constantemente, hasta que en 1937 alguien le re-galó un sombrero de charro. En 1949 la Asociación de Charros de México lo adoptó como su patrono, fue colocado sobre un caballo y se le dio una vestimenta charra; a partir de entonces los favores se agradecen con ropa de este tipo.

Se trata del único santo en el mundo vestido de charro. A la fe- cha posee un variado guardarropa de más de cien trajes expuestos en una vitrina en la parte posterior del recinto. Para nosotros es un descubrimiento que no debemos perder. Tras el hallazgo, aprovechamos que no muy lejos de la cabecera municipal está el Lienzo Charro, en cuyas instalaciones los niños mayores de cuatro años pueden aprender gratuitamente a montar a caballo, una de las actividades que ofrece la Asociación Nacional de Charros, compuesta por más de cien integrantes. Las festividades reúnen a miles de espectadores de munici-pios aledaños y de las delegacio- nes cercanas; ahí se celebraron en enero de este año el Concurso Nacional de Charrería y en mayo el concurso estatal de pirotecnia con la participación de artesanos de Tultepec, Zumpango, Almoloya y Huixquilucan.

UNA DIETA BALANCEADA

Tras contemplar los caballos y sus jinetes, regresamos al centro del municipio para comer. Aquí es posible encontrar establecimientos para deleitarse lo mismo con el guajolote en mole que con la carne de cerdo en chile pasilla, además de que no pueden faltar la deliciosa barbacoa y el consomé.

En Huixquilucan la dieta está balanceada, porque no sólo es posible consumir carne de ganado y aves de corral, también una gran variedad vegetal: quelites, nopales, habas, vinagreras, nabos, quintoniles, esquites y huahuzontles se pueden hallar en los platillos. Igualmente fascinantes a la vista y al paladar resultan los hongos de variados colores y tamaños; con sabor y modo propio de preparación, cada uno tiene su nombre: trompeta, mantequillero, sema rosita, papa de agua, patitas de pájaro, jícara blanca, papeshi duraznillo, enchilado y arrocito, entre otros.

Satisfechos por la deliciosa comida reanudamos nuestro avance ahora rumbo al Cerro de la Campana. Pasamos por Piedra Grande, famosa ranchería en la elaboración de pulque, al que los habitantes llaman chamaquero, porque según cuenta la gente es afrodisiaco. Nombran tlachiqueros a los encargados de extraer la bebida del maguey, quienes lo comercian en Cuajimalpa y otras delegaciones cercanas.

A lo largo del camino también se puede apreciar la Sierra de Las Cruces, y eso nos recuerda la época independentista, particularmente la célebre batalla ocurrida en la zona y en la que el ejército insurgente de Miguel Hidalgo venció a los realistas. Se cuenta que tras esa victoria a las puertas de la ciudad de México, Ignacio Allende pernoctó en el poblado huixquiluquense que hoy, en homenaje, lleva su nombre.

Dejamos el auto en las faldas del Cerro de la Campana. El ascenso a la cima está rodeado de pinos, oyameles y encinos; a lo largo del amplio sendero hay cruces de madera de diferentes tamaños colocadas por los feligreses que acuden al Santuario del Divino Rostro, mismo que se edificó en la cumbre de esta elevación orográfica.

Durante la caminata, una leyenda del lugar vuelve a nuestra memoria. Se dice que en el Cerro de la Campana hay una cueva que se abre cada 1º de enero, en el interior de la cual se encuentra todo tipo de riquezas disponibles para quien logra ingresar, pero el visitante debe salir pronto porque a medianoche, en cuanto se oye la última campanada que marca el paso de un día a otro, la única entrada se cierra nuevamente y sólo se abre hasta el siguiente año.

Conservados gracias a la tradición oral, otros relatos dan cuenta de seres que cruzan el cielo por la noche en busca de algún recién nacido sin bautizar para chuparle hasta la última gota de sangre: las brujas. Otra narración se refiere al pacto con el diablo que efectúan los contratistas para construir las presas; se sabe que un maléfico ser roba a los niños y los desgarra; muertos, los bebés son obligados a sostener las compuertas para que éstas jamás se derrumben.

Pese a que es largo el trayecto, después de una hora logramos arribar al Santuario del Divino Rostro, que cada año nuevo recibe a cientos de peregrinos provenientes de varios municipios del Estado de México, Hidalgo y el DF. Son caminantes cuyo viaje dura días y a quienes sólo la fe les fortalece para ofrecerle a la divinidad los favores recibidos o pedir el cumplimiento de algún milagro. Para Huixquilucan el calendario contiene más de 40 festividades religiosas que se celebran en distintos sitios del municipio.

Desde la cúspide del Cerro de la Campana el viento se mueve veloz. Por un momento nos sentamos en una enorme piedra, los pies lo agradecen; en cambio, nuestros ojos nos piden no dejar de admirar ese desconocido y grato paisaje. Las primeras gotas de lluvia nos avisan que es el momento idóneo de volver a la ciudad de México.

Fuente: México desconocido No. 335 / enero 2005

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