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Las misiones de la Sierra Gorda, Querétaro

Por: Eduardo Gonz

Dentro de este escenario considerado como Reserva de la Biosfera –la más rica en diversidad entre las reservas del país–, se encuentran las cinco misiones franciscanas de la Sierra Gorda fundadas y establecidas a mediados del siglo XVIII.

En sus mismos nombres se advierte ya la notable singularidad de este barroco teñido de indígena: Santiago de Jalpan, Nuestra Señora de la Luz de Tancoyotl, San Miguel Concá, Santa María del Agua de Landa y San Francisco del Valle de Tilaco.

Esta hermosa, y por mucho tiempo infranqueable región, fue una suerte de refugio natural para los grupos humanos que aquí habitaron: pames, jonaces, guachichiles, conocidos todos ellos bajo el nombre genérico de chichimecas. Y es que en cierto modo, esta imponente geografía impuso sus condiciones a la historia virreinal. Las cinco misiones franciscanas que aquí se encuentran son singulares tanto por su historia como por su creación arquitectónica, barroco atípico que es como la consumación del mestizaje, un proyecto europeo edificado libremente por manos e imaginación indígenas. Un verdadero encuentro. Las misiones son por un lado la cristalización de una gran aspiración humanista encabezada por Fray Junípero Serra, el misionero de origen mallorquín que intentó ser tan radical como su padre espiritual Francisco de Asís, y por otra parte la tardía, y digámoslo así, desesperada avanzada militar capitaneada por José de Escandón.

Pensemos en un hecho que suponemos lastimaba el orgullo español, hasta 1740 el virreinato no había logrado “pacificar” con la cruz y la espada a las poblaciones de esta región. Una nación de naciones conquistada y sometida 200 años atrás por el poder de la corona española y sin embargo, un pequeño y cercano territorio a la capital virreinal que permanecía todavía indomable. “¡Qué vergüenza!”, habrán pensado algunos poderosos; por lo que Escandón emprende, en 1742, el cerco a todos los grupos rebeldes de la Sierra Gorda; por eso la furia con que acomete en 1748 la última ofensiva, la ominosa batalla de la Media Luna, epílogo brutal en donde el capitán casi extermina a todos estos grupos.

En medio de estas circunstancias, en 1750 llegan al poblado de Jalpan, un grupo de misioneros franciscanos dirigidos por Fray Junípero Serra. Su misión, evangelizar a los indios y completar con la cruz y la palabra las tareas iniciadas por Escandón con las armas. Pero Fray Junípero, digno heredero del pobre de Asís, traía consigo un proyecto misional muy distinto y en total oposición a las ideas promovidas por el capitán en las misiones previamente fundadas. Junto a las nociones de pobreza y comunión –en su más profundo sentido– propias de San Francisco, Fray Junípero cargaba con los ideales utopistas del mejor humanismo europeo de la época. Al clima de violencia y hostilidad y creciente desconfianza con que debió ser recibido por los diversos grupos indígenas, Junípero opuso una firme actitud misional que consistió en el acompañamiento y la compresión de su problemática social, en el conocimiento de su hambre y de su lengua. Como nos lo hizo saber el antropólogo Diego Prieto, Junípero fundó cooperativas y apoyó y fortaleció sus capacidades de organización y producción, motivó el reparto de tierras y no sólo no impuso el castellano a la hora de evangelizar, sino que realizó sus tareas doctrinales en lengua pame. Se trató pues de una tarea misional de grandes dimensiones y profundas consecuencias desde el punto de vista humano y cuyos resultados son hoy apreciables en el sincretismo barroco que exhibe este armónico y singular conjunto de misiones.

EL BARROCO MESTIZO

En la actualidad, cuando se habla de las Misiones de la Sierra Gorda, lo primero que uno piensa es en las cinco edificaciones, los cinco templos. Ahí están, hay que verlas, hay que detenerse un poco más y contemplarlas, las cinco hermosas misiones. Pero como se habrá notado, son el resultado de un complejo y rico proceso histórico de mutua evangelización, por llamarlo de algún modo. Lo que hoy vemos en cada una de ellas, en cada retablo, es producto de aquel profundo encuentro entre dos grupos humanos de naturaleza radicalmente distinta. La concepción del mundo, la religión, la noción de fe, las deidades, los animales y la luz, el color y la complexión de los cuerpos y los rostros, la alimentación, el erotismo, todo era tan distinto entre los frailes que traían consigo a Europa y los indios que estaban en su tierra, pero que habían sido confinados, despojados y avasallados. Algo sin embargo los unía, uno de esos momentos extraños o más bien marginales en las historias de conquista de una civilización a otra: el respeto, el reconocimiento a la diferencia. Ahí se estaba fraguando una utopía, un pequeño grupo de europeos reconociendo al otro, lastimado hasta la raíz en su dignidad por sus mismos pares europeos.

BELLEZA ÚNICA

Así, las misiones que hoy apreciamos son asombrosas por su singularbelleza, pero ésta es la manifestación plástica, arquitectónica, de aquel encuentro, de aquel momento solar de irradiación humana, en donde el templo era el hogar de un conjunto de pueblos, el núcleo de una serie de actividades que partían de allí o allí desembocaban. Eso eran las misiones en aquel tiempo, no el edificio sino la visión de las cosas, la mirada plasmada en el templo, el nuevo orden que supongo buscaban con asombro y dificultad, las tareas que podrían ser de labranza, de ayuda mutua, de enérgica defensa ante la injusticia, de evangelización.

Por eso quizá sea tan admirable este mestizaje arquitectónico, este barroco sin par, porque cada fachada-retablo es precisamente eso, una visión, una puesta en escena de aquel momento de contacto y comunión, sí, pero en donde también se manifestó, y de manera excepcional, la diferencia. Concá es un vocablo pame que significa “conmigo”, pero que en la misión también lleva el nombre de San Miguel; ahí está San Miguel Arcángel coronando la fachada y en un costado, un conejo que no tiene simbolismo cristiano pero sí pame. Ahí está la Virgen del Pilar y la Virgen de Guadalupe en la Misión de Jalpan, que todos sabemos tiene hondas raíces mesoamericanas, y una águila bicéfala que mezcla significados. Ahí está la rica ornamentación vegetal y la profusión de mazorcas en Tancoyotl; el santoral católico de Landa o Lan ha, junto a las sirenas o rostros de inconfundibles trazos nativos. Ahí está Tilaco al fondo de un valle que recuerda a José María Velasco, con sus angelitos, sus mazorcas y su extraño jarrón, que remata toda la composición, por encima de San Francisco.

Fray Junípero Serra sólo duró ocho años en este proyecto, pero su sueño utopista llegó hasta 1770, cuando diversas circunstancias históricas –como la expulsión de los jesuitas–, provocaron en parte el abandono de las misiones. Él, sin embargo, continúo su misión evangelizadora y su ideal franciscano hasta el fin de sus días en la Alta California. Las misiones franciscanas de la Sierra Gorda, las “cinco hermanas”, como las llaman Diego Prieto y el arquitecto Jaime Font, son un maravilloso legado de aquella lucha frontal por hacer posible la utopía. Desde el año de 2003, las cinco hermanas son consideradas Patrimonio Mundial de la Humanidad. A la distancia, Fray Junípero y los misioneros franciscanos, y los pames, los jonaces y los chichimecas, que edificaron estas misiones y aquel proyecto de vida, nos parecen cada vez más grandes.

LA SIERRA GORDA

Fue decretada como Reserva de la Biosfera el 19 de mayo de 1997, para después ser reconocida como una de las Áreas de Importancia para la Conservación de las Aves por el Consejo Internacional para la Preservación de las Aves Mexicanas, y el ser la 13ava. reserva mexicana en ingresar a través del Programa “El Hombre y la Biosfera”, de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y la Cultura, a su Red Internacional de Reservas de la Biosfera.

Se ubica en la subprovincia fisiográfica denominada Carso Huasteco, parte integrante de lo que es la gran cadena montañosa conocida como Sierra Madre Oriental.

La región declarada como Reserva de la Biosfera se localiza al noreste del estado de Querétaro de Arteaga, abarcando los municipios de Jalpan de Serra, Landa de Matamoros, Arroyo Seco, Pinal de Amoles (88% de su territorio municipal) y Peñamiller (69.7% de su territorio). Es vigilada por la Conanp.

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