A finales del siglo XVIII San Blas fue reconocido como la más importante estación naval de la Nueva España en las costas del pacífico.
San Blas, en el estado de Nayarit, es un cálido
lugar donde la belleza de una exuberante vegetación tropical y la tranquilidad
de sus hermosas playas van de la mano con una historia en la que se combinan
ataques piratas, expediciones coloniales y gloriosos combates por la
independencia de México.
Llegamos cuando las campanas de la iglesia repiqueteaban a lo lejos, anunciando
la misa. Comenzaba el atardecer mientras recorríamos las pintorescas calles
empedradas del pueblo, admirando las fachadas rústicas de las casas, al tiempo
que el Sol bañaba, con tenue luz dorada, la extraordinaria vegetación
multicolor, con buganvilias y tulipanes de diferentes tonalidades. Quedamos
extasiados por el ambiente de bohemia tropical que reinaba en el puerto, lleno
de colorido y gente amable.
Divertidos, observamos a un grupo de niños mientras jugaban a la pelota. Al
cabo de un rato se nos acercaron y comenzaron a “bombardearnos” con preguntas
casi al unísono: “¿cómo se llaman?, ¿de dónde vienen?, ¿cuánto tiempo van a
estar aquí?” Hablaban tan rápido y con tantos modismos, que en ocasiones era difícil
entendernos. Nos despedimos de ellos; poco a poco se fueron acallando los
sonidos del pueblo, y esa primera noche, como las demás que pasamos en San
Blas, fueron maravillosamente apacibles.
A la mañana siguiente nos dirigimos a la delegación de turismo, y ahí nos
recibió doña Manolita, quien amablemente nos habló de la sorprendente y poca
conocida historia de este lugar. Con orgullo exclamó: “¡Ustedes están en las
tierras del puerto más antiguo del estado de Nayarit!”
SIGLOS DE HISTORIA
Las primeras menciones sobre las costas del Pacífico, donde se encuentra el
puerto de San Blas, datan del siglo XVI, durante la época de la colonia
española, y se deben al colonizador Nuño Beltrán de Guzmán. Sus crónicas aluden
al territorio como lugar pródigo en riquezas culturales y extraordinaria
abundancia de recursos de la naturaleza.
Desde el reinado de Carlos III y en su afán de consolidar la colonización de
las Californias, España consideró importante establecer un enclave puntuario
permanente para explorar esas tierras, razón por la cual fue escogido San Blas.
El sitio marcó su importancia debido a ser una bahía protegido por montañas
–excelente ubicación estratégica, conveniente para los planes de expansión de
la colonia-, y porque en la región existían bosques de madera tropicales
idóneas, tanto en calidad como en cantidad, para la fabricación de
embarcaciones. De esta manera, se inició la construcción del puerto y un
astillero en la segunda mitad del siglo XVII; en octubre de 1767 fueron botados
al mar los primeros navíos.
Las principales edificaciones se hicieron en el Cerro de Basilio; ahí todavía
se pueden aprecia los restos del Fuerte de la Contaduría y el Templo de la
Virgen del Rosario. El puerto fue inaugurado el 22 de febrero de 1768 y, con
ello, se dio importante impulso a la organización portuaria, basada en su ya
mencionado valor estratégico y en la exportación de oro, maderas finas y la
codiciada sal. La actividad comercial del puerto tuvo gran importancia; se
establecieron aduanas para el control del flujo de mercancías que llegaban
desde diferentes partes del mundo; también arribaban las famosas naos de China.
Por la misma época salieron las primeras misiones para evangelizar la península
de Baja California, bajo al guía del padre Kino y de fray Junípero Serra,
quienes regresaron a San Blas cuatro años más tarde, en 1772. Poco después este
poblado fue reconocido oficialmente como la más importante estación naval y el
astillero virreinal de la Nueva España en las costas del Pacífico.
Entre 1811 y 1812, al prohibirse el comercio de México con Filipinas y otros
países de Oriente por el puerto de Acapulco, en San Blas tuvo lugar un intenso
mercado negro, por lo que el virrey Félix María Calleja ordenó cerrarlo, aunque
su actividad comercial continuó durante 50 años más.
Mientras México luchaba por su independencia, el puerto fue testigo de la
heroica defensa realizada en contra del dominio español por le cura insurgente
José María Mercado, quien con gran audacia, firme ánimo y un puñado de hombres
desarrapados y mal armados, tomó el fuerte para los insurgentes, sin un solo
disparo, e igualmente hizo rendirse a la población criolla y a la guarnición
española.
En 1873 el puerto de San Blas fue nuevamente cancelado y cerrado a la
navegación comercial por el entonces presidente Lerdo de Tejada, pero continuó
funcionando como centro turístico y pesquero hasta nuestros días.
MUDOS TESTIGOS DE UN GLORIOSO PASADO
Al finalizar doña Manolita su narración,
salimos a toda prisa para ver los escenarios de tan importantes sucesos.
A nuestras espaldas quedaba el actual poblado, mientras caminábamos por el
antiguo sendero que nos conduciría a las ruinas del viejo San Blas.
En el Fuerte de la Contaduría se llevaban los asuntos fiscales, aunque también
se aprovechó como almacén de mercancías provenientes de navíos comerciales. Se
construyó en 1760 y tardaron seis meses para poner en pie los gruesos muros de
piedra de color gris oscuro, los almacenes y el cuarto designado para guardar
municiones, rifles y pólvora (conocido como el polvorín).
Mientras andábamos por la construcción en forma de “L” pensamos: “si estas
paredes hablaran, cuánto nos contarían”. Destacan las enormes ventanas
rectangulares de arcos rebajados, así como las explanadas y el patio central,
donde aún están colocados algunos de los cañones utilizados para la protección
de tan importante sitio. En uno de los muros del fuerte resalta una placa
alusiva a José María Mercado, su principal defensor.
Sentada sobre una pequeña barda blanca, y recargada en uno de los cañones, a
mis pies quedaban un gran barranco de unos 40 m de profundidad; la panorámica
era extraordinaria. Desde ese lugar pude observar la zona portuaria y la
vegetación tropical como un grandioso marco para el imponente y siempre azul
Océano Pacífico. El paisaje costero brindaba una fabulosa vista con enormes
árboles y densos palmares. Al mirar hacia la tierra, lo verde de la vegetación
se perdía hasta donde la vista podía alcanzar.
El antiguo Templo de la Virgen del Rosario se encuentra a escasos metros del
fuerte; fue construido entre 1769 y 1788. La fachada y muros, igualmente de
piedra, están apoyados sobre gruesas columnas. A la Virgen que en un tiempo
allí se veneró la llamaban “La Marinera”, pues era la patrona de los que
acudían a ella para pedirle su bendición en tierra y, sobre todo, en el mar.
Estos rudos hombres ayudaron a los misioneros durante la edificación de este
templo colonial.
En los muros de la iglesia se pueden apreciar dos medallones de piedra
trabajado en bajorrelieve, en los cuales están las esfinges de los reyes de
España, Carlos III y Josefa Amalia de Sajonia. Sobre la parte superior, seis
arcos soportan la bóveda, y otros más el coro.
Aquí se encontraban las campanas de bronce referidas por el poeta romántico
estadounidense Henry W. Longfellow, en su poema “Las campanas de San Blas”:
“Para mí que siempre he sido de sueños un vidente; para mí que he confundido lo
irreal con lo existente, no son de nombre solamente las campanas de San Blas,
ya que tienen un extraño y salvaje repicar”.
De regreso al pueblo nos dirigimos a un costado de la plaza principal donde se
encuentran las ruinas de la ex Aduana Marítima y la antigua Capitanía del
Puerto, de principios del siglo XIX.
PARAISO TROPICAL
San Blas nos obligó a permanecer más días de lo planeado, ya que además de su
historia, se encuentra rodeado por esteros, lagunas, bahías y manglares, que
bien valieron la pena recorrer, sobre todo al observar la gran cantidad de
especies de aves, reptiles y otros organismos que habitan este paraíso tropical.
Para quienes gustan de conocer lugares tranquilos y disfrutar de magníficos
paisajes, digna de mencionarse es la playa La Manzanilla, desde donde tuvimos
la oportunidad de apreciar una bellísima panorámica de las diferentes playas
del puerto.
La primera que visitamos fue El Borrego, a 2 km del centro de San Blas. El
lugar fue perfecto para hacer ejercicios de meditación. Sólo había algunas
viviendas de pescadores a la orilla.
También disfrutamos de la bahía de Matanchén, espléndida ensenada de 7 km de longitud
por 30 m de ancho; nadamos por sus aguas tranquilas y, tumbados sobre la suave
arena, gozamos del radiante Sol. Para mitigar la sed, disfrutamos de una fresca
agua de cocos especialmente cortados para nosotros.
Un kilómetro más adelante se encuentra la playa Las Islitas, formada por tres
pequeñas bahías separadas unas de otras por un peñasco, lo cual origina
pequeños islotes que reciben el nombre de San Francisco, San José, Tres
Mogotes, Guadalupe y San Juan; fue refugio de osados piratas y bucaneros. En
Las Islitas descubrimos un sinfín de rincones y ensenadas donde la flora y la
fauna se muestran en un esplendoroso ecosistema.
También visitamos otras zonas playeras muy cercanas a San Blas, como Chacala,
Miramar y la del Rey; de esta última no se sabe si el nombre es alusivo al
monarca español Carlos III o bien al Gran Nayar, guerrero cora, señor de
aquella región antes de la llegada de los españoles; sea como fuere, esta playa
es hermosa y, por extraño que parezca, poco frecuentada.
La última noche fuimos a uno de los tantos restaurantes localizados frente al
mar, para deleitarnos con la deliciosa y célebre gastronomía del puerto, y de
entre un sinnúmero de exquisitos platillos preparados básicamente con productos
marinos, nos decidimos por la lisa tatemada, la cual saboreamos con sumo gusto.
Vale la pena recorrer con calma esta población nayarita que nos transporta al
pasado y nos permite, al mismo tiempo, experimentar el cálido ambiente
provinciano, así como disfrutar magníficas playas de suave arena y tranquilo
oleaje.
SI USTED VA A SAN BLAS
Si Usted se encuentra en la capital del estado de Nayarit, Tepic, y desea
llegar hasta la bahía de Matanchén, tome la carretera federal o autopista núm.
15, dirección norte, rumbo a Mazatlán. Una vez que llega al Crucero de San
Blas, siga hacia el oeste por la carretera federal núm. 74 que lo llevará,
después de recorrer 35 km, directamente al puerto de San Blas en la costa
nayarita.






