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Urbanismo y arquitectura en Monte Albán

Por: Nelly M. Robles Garc

En este texto revisamos los orígenes de la ciudad de Monte Albán y el modo en que fue creciendo hasta convertirse en una importante capital indígena.

La fecha por tanto tiempo esperada había llegado, marcando el momento de recibir al nuevo sol.

Después de 52 largos años en los que habían sucedido muertes, nacimientos, guerras, periodos de paz, de alianzas; había sido, sobre todo, tiempo de realizar obras civiles y religiosas en la gran ciudad de los benizáa.

En el siglo que terminaba, hacia el año 100 antes de nuestra era, se había avanzado mucho en la construcción de la gran ciudad que habían concebido los pueblos para reconocerla como su capital religiosa, política y cultural, como el corazón de su imperio.

Algunas de sus construcciones importantes, como el Observatorio, estaban ya en funcionamiento, y desde allí se registraba el movimiento de los astros y de las constelaciones apuntando hacia rumbos fijos; sólo así se pudieron trazar con tal precisión la Gran Plaza y los edificios que posteriormente se construirían. El Observatorio tenía una doble función, pues sus fachadas lucían grandes lápidas labradas donde se narraban las conquistas que habían efectuado los señores guerreros benizáa, anunciando así a los enemigos y a la población común los logros de sus ejércitos.

Ya en esa época se podía ver la Gran Plaza casi totalmente nivelada; se observaba una gran actividad: unos hombres cortaban las enormes piedras, otros acarreaban rellenos en grandes canastos, y otros más nivelaban los cientos de metros de la plaza que habrían de preparar. Al mismo tiempo, los científicos trabajaban en el diseño de los edificios que posteriormente la rodearían, trabajo que pretendía completarse en el siguiente sol.

Entre los edificios de esa época aún temprana se encontraban varios templos y residencias de la nobleza. Hacia el sector norte se veía el incipiente Templo de la Agricultura, una gran plataforma de piedra y tierra, ornamentada en su fachada con una enorme serpiente que la envolvía. Más lejos, hacia el norte, se hallaba el Templo de Dos Puertas, con sus estucos enmarcados en austeros tableros.

En el mismo sector se ubicaban varias residencias de nobles y sabios, como la suntuosa casa de adobe, piedra y estuco de uno de los señores principales que se encargaban de dirigir las obras de nivelación de la Gran Plaza. Esa residencia era muy hermosa, con un pórtico de cuatro grandes columnas al centro del patio; sus muros, pisos y escalinatas estaban cubiertos con estuco, que hacían con una mezcla de cal de piedra y baba de nopal. Los techos eran de morillos y paja finamente trenzada para resistir los fuertes vientos de la región.

Hacia el lado oriente se encontraba un campo (gueya) del juego lachi (tlachtli), donde los guerreros recreaban el rito del movimiento (ollin) con una pelota, para preservar la vida y ganar las guerras. Era tan importante este rito que en el plano de la ciudad se había señalado la construcción de cinco edificios para el mismo fin.

En la parte central de la plaza había un estanque de agua, necesario para todos los trabajos de construcción y para venerar a Cocijo. Como se estaba dando la transición del viejo al nuevo Sol, un sacerdote ofrendó en este estanque una hermosa máscara del Dios Murciélago hecha toda en la piedra más apreciada, el jade.

Sin embargo, la ciudad estaba planeada para ser más grande y aún más bella y compleja; por lo tanto, el Nuevo Sol exigía también la organización necesaria para ejecutar las grandes construcciones, como plazas, templos, palacios, residencias, murallas y caminos. Para ello los benizáa requerían de líderes de férreo carácter que conquistaran otros pueblos y consiguieran los tributos suficientes.

Con trabajadores de los diferentes barrios y muchos otros procedentes de todos los pueblos conquistados, los benizáa se dieron a la tarea de completar la gran obra de construcción del centro de su ciudad. Bajo la coordinación de los sabios sacerdotes, que eran también arquitectos, trabajaban cientos de artesanos y miles de peones, todos ellos, por supuesto, con el permiso y la dirección de los dioses. Se proyectó también ampliar varios edificios que habían servido a lo largo del viejo sol, y para ello tiraban algunos muros y construían otros nuevos, rellenando los espacios entre una construcción y otra, pues había que mostrar el proceso de renovación.

Los benizáa habían planeado hacer una ciudad majestuosa, comparada sólo con Teotihuacan, la gran ciudad de las tierras altas desde donde llegaban las influencias religiosas, políticas y artísticas.

Así, sus templos más grandes y bellos fueron diseñados sobre grandes plataformas piramidales, teniendo todas al centro una gran escalinata para el uso exclusivo de los sacerdotes y de aquellos personajes que conducirían las ceremonias. Dichos templos eran edificios de piedra que se componían de un patio cuadrado y cerrado al centro, rodeado por tres o cuatro habitaciones.

Los templos estaban dedicados a las diferentes deidades y en ellos se llevaban a cabo ceremonias muy concurridas para honrar a un dios, o muy exclusivas en que los sacerdotes decidían los destinos de la ciudad solos, con la única presencia de sus dioses. Otros templos estaban dedicados a los ritos de iniciación y a los matrimonios.

Algunos de estos edificios eran muy complejos, pues en realidad se trataba de conjuntos arquitectónicos integrados por una gran plataforma con un templo en su parte superior, un patio cerrado en la base y, adosado a éste, un adoratorio donde se colocaban las ofrendas.

Para ornamentar la arquitectura se adoptó el diseño del tablero teotihuacano, que consistía en un marco alargado que iba a los lados de las escalinatas centrales, al límite de los muros en talud que las enmarcaban; pero luego los artistas zapotecos concibieron un tablero más complejo que el teotihuacano: lo hicieron doble, sobreponiendo dos cornisas al mismo muro vertical.

Ese tablero servía como marco para colocar diferentes motivos ornamentales, todos modelados en estuco, como los discos solares en secuencia que aparecen en los muros del edificio del tlachtli, los jaguares que se observan en otros templos al norte, los motivos serpentinos que abundan en la ciudad, o algunas joyas, como se muestra en otro edificio al norte de la Gran Plaza, donde pasaron algún tiempo los emisarios teotihuacanos que vinieron a asesorar a los zapotecos, tal y como se acostumbraba en la época después del año 400 de nuestra era. De hecho, algunos sacerdotes y artesanos zapotecos se habían trasladado a la gran ciudad sagrada de Teotihuacan y vivido allí por varios años, en un espíritu de colaboración y sumisión ante los grandes señores teotihuacanos.

Para terminar los edificios, todos los muros, pisos y escalinatas eran cubiertos con una mezcla de estuco, formando una fina capa, como si fuera su piel. Los mejores artistas eran traídos a la ciudad para enriquecerlos con diferentes diseños pintados, como flores y mariposas en bandas celestes, o simplemente con unas bandas color ocre que marcaban el paso de los sacerdotes en el piso de la Gran Plaza.

Esta Gran Plaza fue concebida para cumplir ciertas funciones en las que participaba mucha gente; en cada ceremonia se reunían allí miles de personas provenientes de diversos lugares, ya que la Plaza tenía por lo menos cuatro caminos de acceso. En esos días, desde temprano se observaba a la gente subir con las ofrendas que entregarían a la ciudad como derecho para tomar parte en las ceremonias.

En otras ocasiones la Plaza podía usarse como un gran mercado regional, a donde llegaban los mercaderes de todas las regiones de Huaxyácac para intercambiar sus productos con los zapotecos, pero también para enterarse de las noticias más relevantes. Indudablemente que con el diseño de la Plaza los benizáa habían logrado su objetivo principal: construir el corazón de su cultura.

Otro tipo de edificios importantes en la ciudad fueron los palacios de los nobles. Éstos habitaban elegantes casas de piedra desplantadas sobre pequeñas plataformas. Las casas de los señores también tenían un patio cuadrado al centro, varios cuartos rodeando ese patio y, casi invariablemente, una tumba debajo del piso del patio, para utilizarse cada vez que moría algún miembro de la familia y así asegurar que los muertos siguieran presentes entre los vivos.

Otras construcciones que requerían de una gran organización eran las obras hidráulicas destinadas a resolver los problemas de abasto y desalojo de agua de la ciudad. Por un lado, dada la tendencia a la sequía que predominaba en el valle, era necesario construir algunas fuentes de abasto, como las pequeñas presas que se realizaron hacia los sectores norte y sur, en las laderas del cerro. Allí se aprovechaban la pendiente y las cañadas para construir los diques necesarios.

Sin embargo, otro era el problema del desalojo del agua de lluvia que caía sobre la Gran Plaza. Era bien sabido que a veces Cocijo concentraba sus descargas en el corazón de la ciudad, por lo que era preciso construir verdaderos túneles debajo de las grandes plataformas para desalojar el agua hacia las laderas sur y sureste de la Gran Plaza, obra que requirió de cálculos muy minuciosos. Igualmente, se construyeron pequeños canales de desagüe debajo de las plataformas de los palacios y los templos con el mismo fin.

La gente común no vivía en la Gran Plaza, sus sencillas viviendas se ubicaban en las laderas de los cerros y estaban siempre asociadas con los terrenos de cultivo, así que cada familia cuidaba de su parcela, la sembraba y cosechaba para beneficio propio y de la ciudad. Las casas eran siempre rústicas, hechas de bejuco atado y entortadas con cal y lodo, o sea el llamado bajareque.

Por lo general las viviendas se asociaban espacialmente con algún pequeño templo o plaza para constituir los barrios de la ciudad; Dani Báa tuvo por lo menos cuatro barrios, cuyos habitantes estuvieron directamente relacionados con los arduos trabajos de construcción de la misma. Estos barrios no eran autónomos, pues dependían de las ordenanzas del gran sacerdote, entregaban el tributo que se les indicaba y sus integrantes trabajaban juntos en la construcción de sus casas y en algunas obras colectivas haciendotequio, que era un sistema de trabajo colectivo comunitario.

En los barrios también vivían los artesanos; había albañiles, estucadores, pintores, talladores de piedra, alfareros, orfebres y tejedores, entre muchos otros especialistas. Por ejemplo, los mejores alfareros provenían del barrio de Atzompa, donde había verdaderos maestros en el arte de moldear la arcilla; así, de otros barrios llegaban los artesanos que decoraban los edificios y las casas; en Xoxocotlán se localizaban los hornos de cal, donde se procesaba el material a partir de grandes piedras. De Ejutla provenían los mejores labradores de conchas para elaborar todo tipo de joyas.

En el momento de su mayor esplendor la gran ciudad tuvo cerca de 25 mil habitantes; era una ciudad muy grande desde donde se regían los destinos de toda el área oaxaqueña, por lo que era necesario contar con un sistema efectivo de gobierno. Ya que los benizáa estaban destinados a tener la supremacía sobre los demás pueblos, adoptaron un sistema muy rígido de gobierno que funcionaba a base de un sector gobernante autoritario, respaldado por un poderoso ejército.

El sector gobernante lo formaban los sacerdotes, que al mismo tiempo eran sabios, curanderos y adivinos; por ello los campesinos y demás pobladores creían ciegamente en lo que les decían, puesto que eran semidioses. Mientras tanto, el ejército se dedicaba a expandir territorialmente los dominios zapotecos más allá de las fronteras del Valle de Oaxaca, hacia la Costa, la Sierra y el Istmo de Tehuantepec, pues era de vital importancia conseguir los tributos, única fuente de alimentos, agua, ropa y demás provisiones para la vida cómoda de los dirigentes de la ciudad.

El carácter bélico que definió a la cultura zapoteca a lo largo de su historia hizo necesario, en una época tardía, la construcción de murallas defensivas en Dani Báa. La población en su conjunto y muchos cautivos de guerra colaboraron para llevar a cabo esta obra, que tenía por objeto resguardar a la gran ciudad de los posibles ataques de otros grupos que rodeaban a los Valles de Oaxaca, como los mixes y los mixtecos. Por esa razón se construyó un gran muro que atravesaba los templos ubicados al sur de la Gran Plaza, sin importar mucho que se perdiera algo de la belleza estética del conjunto.

Esta ciudad en sí ha sido una lección de vida y de comunión espiritual con los dioses, pues a lo largo de varios soles los benizáa, con la anuencia de todas sus deidades, habían logrado su objetivo: construir el corazón de su imperio.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 3 Monte Albán y los zapotecos / octubre 2000

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