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Adela Bretón: memorias de una descubridora de Chichén Itzá

Estoy vivamente interesada en ir a conocer uno de los más impresionantes “descubrimientos” arqueológicos…

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Para norteamericanos y europeos, de este siglo XX que comienza, aunque se me reprueba por ser mujer y desarrollarme en los círculos victorianos de Bristol; pero yo, Adela Breton, he de completar mis dibujos de edificios y pinturas para mis acuarelas sobre los mayas. El arqueólogo Alfred Maudslay me ha convencido, no con mucho trabajo, de ir a Chichén Itzá para hacer algunos croquis que le permitan verificar la exactitud de sus dibujos, antes de publicar su Biología Central-Americana.

Chichén Itzá no estaba “perdida”; los mayas aún recordaban su cultura ancestral y todos los historiadores sabían de su existencia, de su descubrimiento, conquista y colonización, pero su memoria se reducía a círculos muy pequeños, hasta que viajeros curiosos extendieron su conocimiento y estimularon mi imaginación, que me llevó a planear otro viaje a México para conocerla y detenerme a reproducirla.

Para preparar este viaje, que haré al arranque del siglo XX, me inicié leyendo la obra de John L. Stephens, Incidentes de viaje en Yucatán, y admirando los dibujos de Catherwood, su acompañante, porque para el primero fue el arte maya lo que más le conmovió, y muy particularmente la pintura, mi campo de interés, y porque la preparación del segundo en arquitectura e historia del arte, así como su fina sensibilidad, le permitieron realizar dibujos claros de las fachadas de los edificios. Así me llené de imágenes literarias y plásticas que me convencieron de lo grandioso de Chichén Itzá, porque es un inmenso espacio cubierto de buenos, fuertes y adornados edificios, tanto por tallas como por pinturas.

Para mi visita usaré el mapa de Chichén Itzá trazado por Catherwood. Intentaré examinar con cuidado el enigmático edificio llamado Akabcib, porque contiene jeroglíficos que llevaron a Stephens a la conclusión de que fueron hechos por los mismos que tallaron los de Copán, Quiriguá y Palenque, que había recorrido antes. Visitaré y dibujaré el edificio de Las Monjas porque sus adornos fueron muy ponderados por el viajero neoyorquino como elegantes y de gusto exquisito. Me armaré de valor para penetrar en sus cuartos y ver todas las tallas que lo adornan; asimismo, quisiera copiar sus pinturas; buscaré La Iglesia y localizaré las cornisas en las que según Stephens hay imponentes adornos de escultura, aunque toscos. Estudié el daguerrotipo que hizo de Las Monjas y pude advertir su rica y detallada decoración. Caminaré al norte hasta encontrar El Caracol. Cuidaré de observar con detenimiento todo lo que lo compone, como los gigantescos cuerpos de serpientes que limitan la escalinata que da acceso a las dos terrazas sobre las que se levanta el edificio. Con la observación reposada de El Caracol buscaré alguna respuesta a todas las preguntas que tan singular edificio ha originado. Seguiré inspeccionando la Casa Colorada, donde Stephens pensó sería un buen alojamiento, aunque prefirió la comodidad de una hacienda. Se que al otro lado del camino real se encuentran dos inmensas murallas paralelas que dejan entre sí un patio largo; en donde se desplantan estos muros hay dibujos en bajorrelieve muy estropeados, pero que trataré de reproducir viéndolos a diferentes horas del día para recibir la ayuda de la luz del Sol que los iluminará desde distintos ángulos. Debo analizar los anillos de piedra que describió Stephens, con aquellas serpientes entrelazadas, que le permitieron asociar estas murallas a las de Uxmal y concluir que estos edificios estaban destinados a la celebración de juegos públicos, y ponerle por nombre Gimnasio. Mis ojos, mi mente y mi emoción, así como mis materiales de dibujo, estarán dispuestos a captar lo que los antiguos pintores quisieron representar en los dibujos del Templo de los Tigres. De ellos, Stephens escribió:

Pero tienen estas pinturas un interés superior al que pudieran producir considerándolas simplemente como muestras de arte, porque entre ellas hay diseños y figuras que naturalísimamente traen a la memoria las muy conocidas pinturas de los mexicanos; y si estas analogías se sostienen bien, entonces este edificio conexionado con las murallas del “Juego de Pelota” viene a ser un testigo irrecusable de que el pueblo que habitaba México en la época de la Conquista pertenecía a la misma raza original de los que construyeron las ciudades arruinadas de Yucatán.

En la lista pormenorizada de los edificios descritos por este autor, tengo que añadir, con señalada importancia, El Castillo, al que iré en domingo para disfrutar de la presencia de las mujeres de Pisté, que vestidas de blanco lo recorren, viendo con admiración lo que construyeron sus antepasados. El Castillo destaca en la llanura con sus cuatro fachadas, pretendidamente orientadas a los cuatro puntos cardinales. La escalera oeste está flanqueada por atrevidos arranques de colosales cabezas de serpiente con la boca abierta y la lengua de fuera. Es bueno advertir su presencia porque pueden causar desasosiego al espectador, tanto que de ellas dice Stephens: “no hay duda de que eran los emblemas de alguna creencia religiosa, y debieron de haber excitado un sentimiento solemne de terror en el ánimo de un pueblo dotado de imaginación, cuando se paseaba entre ambas cabezas”.

Ya en la parte superior del cuyo, dice Stephens que hay un departamento con puertas al oriente, al sur y al poniente, y con macizos dinteles de zapote tallados con minuciosos relieves.

Si recorro y examino con detenimiento la columnata que tantas interrogantes causó al viajero norteamericano, quizá encuentre una respuesta a su disposición, tamaño y tallas que pueda aumentar el conocimiento de esta antigua ciudad.

Aunque he de documentarme sobre Chichén Itzá con autores dignos de crédito, que hayan estado en los sitios pero que además hayan investigado lo que iban a ver, limitados en su imaginación por sus conocimientos y por su cultura del arte y de la historia universales. De todas maneras, alguna luz añadiría a mis conocimientos. Por ello acudí a la lectura de los escritos de Auguste Le Plongeon y de su esposa Alice Dixon. Después de todo, ella, en tanto mujer, me antecedió en esta aventura; no obstante que enfermó de malaria, no decayó su entusiasmo y dedicación por el mundo maya; su ejemplo también ha alentado mi viaje. Hay que reconocerle a Alice Dixon que tuvo opiniones propias y originales, aunque en las líneas principales de la interpretación siguió a su esposo Auguste, quien en un mar de erudición desarrolló una buena cantidad de fantasía. No les di crédito, pero encendieron más mi curiosidad. Pude contrastar las proposiciones de Stephens, para quien la cultura maya era originaria de América, y contra la idea de Le Plongeon, para quien era una civilización antiquísima que había hecho aportaciones fundamentales a las culturas egipcia, griega, hindú y china, al grado de considerar el alfabeto griego como palabras mayas y al afirmar que todos los nombres de deidades, pueblos y naciones son mayas, llegando al extremo de explicar que Jesucristo dijo sus últimas palabras en maya. De sus lucubraciones han quedado a la posteridad algunas cosas, como el nombre de las esculturas de hombres recostados con un plato de ofrendas al frente, que él llamó Chac Mooles. Para él, un Chac Mool era un mapa figurativo cuyo contorno eran las costas orientales del continente americano y en el plato redondo que llevaba sobre su vientre estaba señalado el golfo atlántico y el Mar Caribe.

Con muchas dificultades logré obtener una copia de sus fotografías. ¡Su trabajo es realmente grandioso! Las realizó en una técnica apenas descubierta, tomadas con un estereoscopio que simula efectos de tercera dimensión. Aunque me fueron muy ilustrativas de lo que iba a ver, el detalle de las formas decorativas era muy poco claro, sobre todo si se comparaba con los dibujos de Catherwood.

Busqué el ya famoso libro de Claude Joseph Désiré Charnay, escrito en francés, pero del que hay una nueva edición en inglés, The Ancient Cities of the New World. Son las memorias de un incansable viajero enamorado de los sitios mayas y de la naturaleza donde fueron alzados. Su lectura me aportó un cimiento académico importante y añadió a mis estudios las novedosas opiniones que hacen considerar a Charnay la presencia tolteca en Chichén Itzá, porque compara las esculturas y los relieves de ambos sitios y afirma:

la unidad de la civilización en América, es decir que la civilización tolteca de Tula y la civilización yucateca son idénticas; que una procede de la otra, y por consiguiente los edificios de Yucatán son modernos y no pueden ser anteriores a la llegada de los Toltecas a la península.

Por otro lado, me dotó de un romanticismo peculiar con su capacidad para gozar el paisaje, como aquellas menciones de la Luna sobre las nubes, el cintilar de las estrellas, la llanura boscosa y los impresionantes montículos. Por sus prácticas advertencias supe cómo sobrellevar la vida en Chichén Itzá.

Tuve contacto con Alfred Percival Maudslay en Londres, conoció mis dibujos de los sitios de México y me comprometió a viajar a Yucatán para realizar fieles reproducciones que le permitieran corroborar sus láminas. Maudslay había explorado, medido, apuntado y fotografiado los principales edificios de Chichén Itzá con una puntual actitud científica que lo había alejado un tanto del romanticismo de sus predecesores. Su obra fue un auxilio importante para preparar mi mente y mi mirada a las formas que debía trasladar al papel, y creo que son tan exactas que serán materiales útiles para cualquier estudioso serio de las culturas antiguas.

Bath, mayo de 1900

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