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El Río de la Plata: un barco hundido en Acapulco

Bucear es una experiencia fascinante y más si lo haces cerca de un barco hundido. Aquí te contamos la historia de un navío que está en las profundidades de Acapulco y que tú también puedes visitar.

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—¿Río de la Plata? —preguntó. —¡Argentina, obviamente! —respondimos entusiasmados. —Falso —dijo—. Río de la Plata está en Acapulco.  Reímos al principio, pero al ver que el instructor endurecía sus rasgos, decidimos aguardar algún comentario aclaratorio.Estábamos reunidos al lado de la alberca, como todos los martes y jueves, en el curso de buceo. Con intenciones de hacerle patente el error en que había incurrido, decidimos investigar y, a menos que nuestros maestros de primaria nos hubieran instruidos erróneamente, estaba claro que Río de la Plata se encuentra en Argentina. Enciclopedias, libros de geografía y almanaques no consultados y todos contenían la misma información.

Para nuestra sorpresa, la siguiente clase no se llevó a cabo en la alberca, sino en la sala de descanso del deportivo. EEl televisor y la videograbadora estaban encendidos. Nos acomodamos en unos mullidos sillones. Con la tranquilidad de quien siempre ha sabido la verdad, el instructor dio inicio a la proyección. Estábamos viendo un barco hundido en la bahía de Acapulco: el Río de la Plata. Finalizando el video comenzaron las preguntas: ¿cuándo vamos todos?, ¿cuándo se hundió?, ¿cuál es su historia? Y sí, varios años después vimos satisfecha nuestra curiosidad.

Llegamos a Acapulco por la mañana y enfilamos, directamente, al establecimiento de buceo de quien más conocimientos tiene del asunto: el señor Mario. Él nos contó esta historia: Princesa Maríaera el nombre, según los últimos datos que hemos encontrado, de un navío italiano de carga y pasaje que, en septiembre de 1939, se encontraba en territorio marítimo argentino. Por aquellas fechas el mundo estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial, así que las posibilidades de llegar ilesos a casa eran francamente remotas. Ante tal situación, se convino vender el buque a la marina mercante argentina que, a partir de ese momento, le cambió el nombre por Río de la Plata. Toda adquisición de vehículos despertaba suspicacias por parte de algunos países y ésta no fue la excepción. Algunos llegaron a suponer que surtía de combustible a embarcaciones alemanas, así que comenzaron a vigilar la nave.

Corriendo el año 1944, Río de la Plata llegó a San Francisco, donde lo abordaron —entre pasajeros y tripulantes— 286 personas (tres de ellos presuntos jerarcas nazis que huían de la derrota de Alemania, con el objetivo de radicarse en algún punto de América). Ya en alta mar, el capitán, Julio Alonso Ball, avisado sobre la cercana presencia de buques de guerra, decidió aumentar la velocidad para alejarse de ellos. Fue en vano y además también los seguía un submarino. Sin más escalas, el Río de la Plata (de 130 m de eslora y 45 de manga) atracó en la bahía de Acapulco el 18 de agosto. Tripulantes y pasajeros bajaron para visitar el famoso puerto. Mientras, sus enigmáticos acompañantes continuaban estrechando su vigilancia a una distancia relativamente cercana. Algunas horas después de haber atracado, el capitán se percató de un incendio que provenía del cuarto de máquinas y que iba extendiéndose lenta pero inexorablemente. Con el fin de evitar daños tanto a las instalaciones portuarias como a la población, alejaron la nave, auxiliados por un remolcador. Debido a la escasa seguridad que representaba llevar al barco aún más lejos, éste fue abandonado a la mitad de la bahía. Tal como se esperaba, se iniciaron varias explosiones que provocaron, finalmente, el temido hundimiento, tres días después de su arribo a Acapulco. Un perro, la mascota del boque, se fue con él a las profundidades. Y con esta historia a cuestas, iniciamos los preparativos para conocer muy de cerca al Río de la Plata.

La inmersión total: buceando cerca de los restos de barco

La lancha de Mario no es grande, pero está perfectamente adecuada para las necesidades de los grupos de buzos que constantemente contratan sus servicios. Poco a poco y entre suaves vaivenes, nos fuimos alejando del punto de partida. El motor no parecía perturbar el alegre murmullo de las olas que chocaban contra la embarcación.Más rápido de lo que imaginamos, llegamos al lugar donde está ubicado el buque y, en un momento, ya estábamos en el agua. —No te preocupes — me dijo por señas, mientras se alumbraba la cara con la linterna. Sin poder hacer movimiento alguno que me alejara de él, nos fuimos sumergiendo en una agua tan turbia que no permitía ni un poco de visibilidad. Me aferré a su tanque. Estaba aterrada. Habíamos iniciado uno de los viajes submarinos más emocionantes y misteriosos que he hecho. Bucear es mágico: los peces juegan a tu alrededor, algunos muy confiados, dando una sensación de pertenencia a su medio, y los colores dentro del mar se vuelven más brillantes. Pero allí no veía ni las burbujas que emanaban del tanque de mi compañero. Poco a poco, en el transcurso de la inmersión, todo se fue aclarando, al menos lo suficiente como para que el miedo se alejara.

De pronto, a pocos metros, lo vimos.

Algas y corales dejaban percibir la oxidación del que otrora fuese orgullo tanto de la marina italiana como de la argentina. Allí estaba, a 16 m de profundidad, el Río de la Plata. Seguimos a Mario mientras nos mostraba varias partes del navío que aún se conservan en estado aceptable: una tina, unas mesas —seguramente del bar o restaurante—, algunas chimeneas y otros muebles y artefactos que, por estar casi cubiertos, resultaba imposible descubrir lo que fueron.Invadidos por la curiosidad, continuamos nuestra visita submarina por uno de los costados del barco. Mario, que disfrutaba viéndonos tan entusiasmados, señaló un gran boquete que nos invitaba a entrar. Misterioso al inicio y sorpresivo después fue el trayecto en el interior. A veces sólo un filo de luz, que entraba por alguna claraboya, nos decía que estábamos en las entrañas del gran buque. Nuestra mirada, gracias a la luz de las linternas, nos permitía admirar cada parte de lo que ahora es el hogar de cientos de peces y plantas.  En su interior, excavando en la arena, pudimos encontrar algunos cubiertos y parte de las vajillas. Siempre he pensado que si encuentras algún objeto en el interior o en los alrededores de un sitio —llámese buque, zona arqueológica o lo que sea— pertenece precisamente a éste y a nadie más; así que los dejamos en el mismo lugar donde han permanecido durante tantos años. Nuestro guía comentó después que, con fines didácticos y para conocimiento tanto de los que bucean como de los que no lo hacen, algunas piezas pertenecientes al Río de la Plata han sido exhibidas. Pero, al igual que nosotros, manifestó que éstas sólo pertenecen al que duerme en el fondo de la bahía guerrerense.

Felices por nuestra aventura y con el aire suficiente para la respectiva parada de descompresión, iniciamos el trayecto de regreso, no sin antes ver cómo Mario jugaba con un pequeño pulpo que se escondía en un recodo del barco. La poquísima visibilidad ya no me asustó. En realidad estábamos deseosos de repetir la inmersión y de seguir descubriendo la historia de algo que desde hace años pertenece al mar: el Rió de la Plata.

Nuestra curiosidad estaba más que satisfecha.

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