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Descenso en balsa por el río Urique (Chihuahua)

Nuestra expedición, formada por ocho compañeros, dio inicio un sábado. El camión de la compañía Río y Montaña Expediciones nos dejó en el pequeñísimo pueblo de Divisadero, de donde iniciamos la caminata que nos llevaría a nuestra meta: el río Urique. Con la ayuda de cuatro tarahumaras, cargamos las dos balsas y el equipo necesario, y bajamos por las angostas veredas para llegar al siguiente pueblo, lugar hasta donde nuestros amigos porteadores nos acompañarían, ya que allí podríamos conseguir bestias y más gente que nos ayudarían a continuar con nuestra aventura.

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Nuestra expedición, formada por ocho compañeros, dio inicio un sábado. El camión de la compañía Río y Montaña Expediciones nos dejó en el pequeñísimo pueblo de Divisadero, de donde iniciamos la caminata que nos llevaría a nuestra meta: el río Urique. Con la ayuda de cuatro tarahumaras, cargamos las dos balsas y el equipo necesario, y bajamos por las angostas veredas para llegar al siguiente pueblo, lugar hasta donde nuestros amigos porteadores nos acompañarían, ya que allí podríamos conseguir bestias y más gente que nos ayudarían a continuar con nuestra aventura.

El camino era precioso; al principio la vegetación era boscosa pero conforme bajábamos el paisaje se volvía más árido. Después de caminar unas horas y admirar los interminables cañones por los cuales andábamos, llegamos al pueblo que resultó ser de una sola casa. Allí un amable señor llamado Grutencio nos ofreció unas jugosas y refrescantes naranjas, y consiguió dos cargadores y dos burritos que nos ayudarían a seguir el descenso. Continuamos subiendo y bajando por veredas que labraban su camino a través de las montañas, perdimos la noción del tiempo y cayó la noche. La luna llena apareció entre los cerros alumbrándonos con tal fuerza que nuestras sombras se alargaban pintando una gran mancha en el camino que íbamos dejando atrás. Cuando estábamos a punto de rendirnos y decididos a pasar la noche en el escabroso camino, nos sorprendió el sonido majestuoso del río que nos anunciaba su cercanía. Sin embargo, todavía caminamos más de una hora hasta que por fin llegamos a las orillas del Urique. Al llegar, nos quitamos las botas para sumergir los pies en la arena fresca, preparamos una buena cena y dormimos profundamente.

El día nos llegó con los cálidos rayos solares de la mañana, que nos revelaban la claridad de las aguas del río en las que estaríamos navegando durante los siguientes cinco días. Nos levantamos con un delicioso desayuno, desempacamos e inflamos las dos balas y nos alistamos para partir. La emoción del grupo era contagiosa. Yo estaba un poco nerviosa porque era mi primer descenso, pero el deseo de descubrir lo que nos esperaba superaba en mi el miedo.

El río no llevaba mucho agua por lo que en algunos tramos tuvimos que bajar y arrastrar las balsas, pero a pesar del enorme esfuerzo, todos disfrutábamos cada momento de este fascinante lugar. El agua color verde esmeralda y las enormes paredes rojizas que encañonan el río, contrastaban con el azul del cielo. Me sentía verdaderamente pequeña junto a esa majestuosa e imponente naturaleza.

Cuando nos acercamos a uno de los primeros rápidos, los guías de la expedición. Waldemar Franco y Alfonso de la Parrra, nos dieron indicaciones para maniobrar las balsas. El fuerte ruido del agua cayendo por la pendiente me hizo estremecer, pero sólo podíamos seguir remando. Sin darnos cuenta, la balsa chocó con una piedra y empezamos a girar mientras la corriente nos arrastraba a la caída. Entramos al rápido de espaldas, se escucharon gritos y el equipo completo cayó al agua. Al salir del chapuzón nos volteamos a ver los unos a los otros y no pudimos controlar la risa nerviosa. Subimos a la balsa y no paramos de discutir lo que acababa de suceder hasta que la adrenalina nos bajó un poco.

Después de navegar cinco horas en las que vivimos grandes momentos de emoción, paramos en una orilla del río para matar el hambre. Sacamos nuestro “gran” banquete: un puñito de fruta seca y la mitad de unpower bar(por si nos quedábamos con antojo), y descansamos una hora para seguir navegando por las impredecibles aguas del río Urique. Al dar las seis de la tarde, empezamos a buscar un lugar cómodo para acampar, hacer una buena cena y dormir bajo un cielo estrellado.

No fue sino hasta el tercer día de recorrido cuando las montañas empezaron a abrirse y vimos al primer ser humano que no pertenecía a la expedición: un tarahumara llamado don Jaspiano que nos informó que aún faltaban dos días para llegar al pueblo de Urique, lugar donde pensábamos terminar nuestro viaje. Don Jaspiano nos invitó amablemente a su casa a comer frijoles y tortillas recién hechas y, claro, después de todo ese tiempo probando únicamente nuestra comida deshidratada (sopas instantáneas y avena), le entramos con singular alegría a los sabrosos frijolitos aunque ¡qué arrepentida nos dimos por la noche!

El quinto día de viaje llegamos al pueblo de Guadalupe Coronado, donde paramos en una playita. A pocos metros de donde instalamos el campamento vivía la familia de don Roberto Portillo Gamboa. Par nuestra suerte era Jueves Santo, día que empiezan las festividades de Semana Santa y todo el pueblo se reúne para rezar y demostrar su fe danzando y cantando. Doña Julia de Portillo Gamboa y sus hijos nos invitaron a la fiesta y, a pesar del cansancio, fuimos porque no podíamos perder esta ceremonia tan fascinante. Cuando llegamos, la fiesta ya había comenzado. Al observar todas esas sombras humana que corrían de un lado a otro llevando a los santos en hombros, escuchar gritos repentinos y dispersos, tamborazos constantes y murmullos de rezos, me transporté a otra época. Fue increíble y mágico poder ser testigos de una ceremonia de esa magnitud, de esta antigüedad. Estar entre las mujeres tarahumaras vestidas con largas faldas de mil colores, los hombres de blanco con su cinta amarrada a la cintura, era verdaderamente transportarse a otro tiempo y espacio que la gente de Guadalupe Coronado compartió con nosotros.

Al amanecer empacamos el equipo y mientras los hombres buscaban un transporte terrestre que fuera a Urique, Elisa y yo visitamos a la familia Portillo Gamboa. Desayunamos con ellos café con leche fresca, pan casero calientito, y claro, no podían faltar los deliciosos frijoles con tortillas. Doña Julia nos regaló un poco de capirotada, un postre delicioso compuesto de variados ingredientes como piloncillo, mermelada de manzana, cacahuates, plátano macho, nueces, pasas y pan, que se prepara para las festividades de Semana Santa; tomamos fotos de toda la familia y nos despedimos.

Dejamos el río, subimos el equipo a una camioneta y llegamos a Urique en menos de lo que canta un gallo. Caminamos por la única calle del pueblo y buscamos un lugar para comer y hospedarnos. Curiosamente no había ninguna habitación disponible, tal vez a causa de las fiestas que se celebraban en los pueblos vecinos y al gran “bailongo” que se preparaba en la plaza de Urique. Después de comer nos informaron que “El Gringo” rentaba su jardín a los acampadores, así que fuimos a verlo y por tres pesos armamos las tiendas de campaña entre los largos pastos y otras variedades de plantas. El cansancio nos hizo dormir una larga siesta, y al despertar había oscurecido. Caminamos por la “calle” y Urique se había poblado. Puestos de elotes, papas con salsa valentina, helado caseros, niños por todos lados y camionetas que recorrían la pequeña calle de un lado a otro, subían y bajaban a gente de todas edades que daban el “rol”. Rápidamente nos ambientamos, conocimos a personas muy amables, bailamos las norteñas y tomamos tesgüino, un licor de maíz fermentado típico de la región.

A las siete de la mañana del día siguiente pasó por nosotros una camioneta que nos llevaría Bahuichivo, donde tomaríamos el tren Chihuahua-Pacífico.

Nos alejamos del corazón de la sierra para llegar a Creel después de mediodía. Descansamos en un hotel, donde después de seis días pudimos bañarnos con agua calientes, salimos a cenar y nuestro día terminó en un suave colchón. En la mañana nos preparamos para dejar Creel en el mismo camión de la compañía Río y Montaña Expediciones que nos llevaría hasta México. En el camino de regreso tuve mucho tiempo para ordenar mis pensamientos y darme cuenta de que todas esas experiencias cambiaron algo en mí; conocí personas y lugares que me enseñaron el valor y la grandeza de las cosas cotidianas, de todo lo que nos rodea y pocas veces tenemos tiempo de admirar.

Fuente: México desconocido No. 219 / mayo 1995

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