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Don Gregorio ¡Feliz cumpleaños!

A gran altura se celebra el cumpleaños del Popocatépetl y a gran profundidad se entierran las raíces de este rito.

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A gran altura se celebra el cumpleaños del Popocatépetl y a gran profundidad se entierran las raíces de este rito Nada faltó en la fiesta anual del santo de Gregorio Chino Popocatépetl, celebrada según la tradición mexicana: hubo comida, música y regalos, se le cantaron “Las Mañanitas” y hasta se le echaron porras y cohetes.  Al ver al del santo contento los organizadores del festejo quedaron complacidos, incluyendo al principal de ellos, el tiempero don Antonio. Todo valió la pena: la pesada caminata a las alturas, los gastos y el tiempo invertido en los preparativos y durante todo ese día 12 de marzo. 

Los trabajadores del tiempo. Ya en el siglo XVI Sahagún hablaba de los ritos de fertilidad que practicaban los “hechiceros estorbadores de granizo”, quienes con plegarias y movimientos corporales y de sus bastones mágicos alejaban -y alejan- el granizo y atraían -aún atraen- la lluvia a los cultivos. Vientos y nubes son sometidos hoy por los conjuros de los conocedores del tiempo, los tiemperos o graniceros, hombres y mujeres, de los pueblos cercanos al volcán, a quienes la gente les llega a pagar para que alejen granizo o atraigan lluvia; por ello también se llaman a sí mismos trabajadores del tiempo. Este don lo han recibido no por herencia de sus antepasados, sino del cielo o de la palabra. El tiempero es alguien que ha sobrevivido a la descarga de un rayo o quien, aún más explícitamente, es nombrado por el propio Gregorio Popocatépetl personificado, ese viejo que tantos dicen haber visto en el campo y en los pueblos aledaños al volcán. “Cuando yo era niño -platica don Antonio Analco, uno de los tiemperos de la región-, cuando era boyero, un día vi a un señor en el campo… entonces le pregunté: Tú quién eres, no te conozco. Yo soy Gregorio Chino Popocatépetl -dice-, y tú vas a trabajar conmigo. Ahí, al cerro que humea, ahí vas a ir… Tú vas a andar conmigo. Cuando tú me visites serás recibido siempre -me dijo. “Correcto -le contesté-. Después se me vinieron los sueños. Ya le vi de diferentes maneras en sueños. “Nuestro Padre Dios me dio ese don -agrega Antonio Analco- y le voy a seguir mientras viva”.

Es claro para los hombres de estos pueblos que Gregorio Popocatépetl es tanto volcán-naturaleza como hombre-divinidad. A su vez, como montaña, es agua que escurre de los manantiales, ceniza fertilizante y paisaje imponente; como humano, es el viejo conocido por muchos que aparece y desaparece súbitamente, el que solicita comida y obsequios pero sólo los acepta si los depositan en los sitio sagrados de las alturas del volcán. “Claro que lo he visto… varias veces”, comenta doña Anselma Hernández, suegra de don Antonio, quien con alrededor de 70 años, descalza y sin más abrigo que un suéter, sube cada año a más de 4 000 m a la cueva sagrada del volcán. “Tengo años de subir y bajar sobre de él… Dicen quesque nos va a tapar este hombre, pero qué nos va a hacer el viejito. Cuando dicen que aventaba piedras, en esos días vinimos también: no le vimos nada, pero apenas en el cumpleaños de mi hija lo vimos… con sus barbitas largas. Le digo: ‘Ay no no no… Ya córtate esas barbas, ya pareces chivo'”. Al poco tiempo, en la cueva sagrada se le dejaron al volcán algunos rastrillos desechables.  Un volcán pintado de “azul Tláloc”  Deidad de las montañas, de las aguas, de la fertilidad, Tláloc se asoció directamente con el Popocatépetl, que es montaña, que provee de agua, que propicia la fertilidad.

El dominico Diego Durán escribió en el siglo xvi que “a este cerro reverenciaban los indios antiguamente por el más principal cerro de todos los cerros; especialmente quienes vivían alrededor de él… le hacían muy ordinarios y continuos sacrificios y ofrendas…” Por la misma época Sahagún escribió que sobre él los indígenas ofrecían sacrificios a los dioses del agua y que lo representaban modelado con pasta de amaranto. Varios adoratorios prehispánicos se han encontrado en el Popocatépetl, así como vasos con el rostro de Tláloc y pinturas rupestres de esa época y con el mismo tema.  Las fiestas prehispánicas en honor de las deidades de la lluvia se realizaban entre el 2 de febrero y el 22 de abril de nuestro calendario, periodo ritual que coincide hoy con el de los tiemperos de Puebla, ya que el 2 de febrero se bendice la semilla y el 12 de marzo -cumpleaños del Popocatépetl- se realiza la ceremonia preparatoria o anticipatoria a la petición formal de la lluvia, la que ocurre el 2 de mayo. Junto con el tiempo, el lugar es la otra dimensión del rito al volcán: el crestón rocoso de unos 45 m de largo por unos 15 de alto conocido como “el Ombligo”. Situado en el flanco oriente de la montaña, a 2 000 m del cráter y a 4 300 m de altitud, como única formación de piedra que rompe la gris monotonía de los llanos de ceniza, es por sí misma, en lo físico, un lugar mágico. Punto de encuentro entre el mundo del hombre con el inframundo y el plano celestial, este probable adoratorio prehispánico es casi un monumento al sincretismo, donde se reúnen por algunas horas los verdes frutos del agua con las tres cruces de madera que allí permanecen; las imágenes religiosas del catolicismo con los espíritus de los cerros y los volcanes. “El Ombligo es -dice Julio Glockner en su libro Los volcanes sagrados-, un centro del mundo, espacio sagrado en el que se entabla relación con las deidades y con los antepasados”. 

Entre la boca y el ombligo  Es 12 de marzo en el calendario, día de San Gregorio Magno; 7 de la mañana en el reloj, hora de la partida del tiempero a su compromiso. Todo es subida, pura subida, siempre subida. En el camino van quedando atrás el bosque de las faldas y los pastizales amarillos arriba de él; el paso es cada vez más lento y el peso de los comales, la leña, la cazuela, las frutas y las botellas es mayor. Ya rasguñando las nubes, el Ombligo es cada vez más visible, y el oxígeno, cada vez más raro; un paso al frente se convierte en dos hacia atrás en la renegrida ceniza que rodea al peñón sagrado. El viento cortante como navaja de hielo no desanima ni a las niñas del tiempero que, con sólo su vestido y un suetercito, también suben al cielo por unas horas sobre la espalda de Gregorio. Al frente del grupo de familiares y vecinos de su pueblo llega al Ombligo don Antonio, líder espiritual de la comunidad, quien, después de quitar del área ritual los restos de objetos de la última ceremonia, se dirige al volcán con rezos entre murmullos, como los de un hijo que humildemente saluda al padre.

Tras cubrir con flores rojas las tres cruces de madera que allí se encuentran, va colocando sobre un mantel de colores y con toda ceremoniosidad, cada una de las frutas y verduras que se ofrendan a la montaña; los panes y las tortillas; las botellas de tequila, de brandy y de cerveza; el cirio y las veladoras. Entre los aromas prehispánicos del copal, el tiempero levanta la cazuela con guisado y eleva sus plegarias para ofrecerlas al volcán (en ocasiones se ofrenda también la sangre de un guajolote). Al final, los regalos, los objetos que Gregorio Chino solicita al tiempero cada año (en años anteriores esta lista ha incluido un acordeón, un traje de guerrero azteca y un traje “de licenciado”. En una ceremonia similar del cumpleaños de Rosita Iztaccíhuatl, el 30 de agosto, le ofrendan a la volcana ropa interior femenina, aretes y zapatos). Las prendas de vestir suelen colocarlas don Antonio y sus ayudantes sobre las cruces; los otros regalos, entre la comida, sobre el mantel que cubre a la negra ceniza.

En esta ocasión el guisado fue una salsa de chile guajillo con pescado seco; uno de los asistentes presentó al volcán un arreglo grande de las verduras cultivadas -el hombre devolviendo ritualmente a la naturaleza lo que toma de ella-, pero el regalo principal fue una gargantilla de oro, brillante, como Gregorio se la había solicitado en sueños al tiempero Antonio. La solemnidad y los murmullos terminan para dar paso a la manifestación colectiva de alegría mezclada con cariño que inicia con el canto de las Mañanitas (con música o a capella, según el presupuesto). Mientras los cohetes gritan en el cielo, los hombre gritan porras cargadas de efusividad: “¡Don Goyo, Don Goyo, ra ra ra!”. 

Ofrecida ya a la deidad volcán su abundante comida, el tiempero y su gente pueden repartir la suya, junto a una fogata y entre nubes que llegan y pasan por este techo de México. Después, don Antonio Analco dirige la danza ritual de los listones o Danza de las Cintas. Al son de su armónica los mayordomos y las mujeres del pueblo van entrelazando los listones de colores, símbolo del arcoiris, sobre un mástil de madera. Tejer los listones en esta variante de una danza de fertilidad, muy extendida en México y realizada también en Europa, es un encargo que el volcán hace al tiempero y que él cumple cada año. En la trama de listones formada puede “leer” cómo vendrá el tiempo para los meses posteriores. “Cuando viene fuerte el tiempo -comenta- yo sé cuál nube trae agua, cuál trae viento y cuál granizo”. Bajo el sol vespertino y frío de las alturas se cantó entonces la despedida a la Montaña de Cristo, casi un himno al sincretismo: “Adiós, cerro primoroso/ nos vamos a caminar/ sólo Dios sabe cuándo/ te volveremos a visitar. Adiós, adiós, ya nos vamos/ honrado sea Jesucristo/ a ti nos encomendamos/ adiós, Montaña de Cristo”.

Al terminar los rezos de despedida, rúbrica de la ceremonia, don Antonio se dirige a todos: “¡Gracias, señores!”, y comienza el largo regreso. Doña Inés, su esposa, fue la última en dejar el Ombligo. Antes de hacerlo se despidió de la montaña sagrada: se hincó, inclinó la cabeza; de su boca salieron suaves pero profundas palabras, y de sus ojos, lágrimas tan brillantes como el cercano hielo de la cumbre, pero cálidas. Instantes después, entre nubes, comenzó su descenso hacia la Tierra. El autor agradece al señor Antonio Analco y al antropólogo Julio Glockner su apoyo en la realización de este artículo, basado en gran parte en los libros de éste Los volcanes sagrados. Mitos y rituales en el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl y Así en el cielo como en la tierra. Pedidores de lluvia del volcán (Grijalbo). También un agradecimiento por su información al Dr. Carlos Valdés y a Hidromiro Romero, ambos del Cenapred. 

Fuente : México desconocido No. 289 / marzo 2001 

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