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El descubrimiento de la Tumba 7 en Monte Alban

Corría el año de 1931 y en México se vivían momentos importantes. Había cesado ya la violencia de la revolución y el país gozaba por primera vez de un prestigio internacional, producto del auge de las ciencias y las artes.

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Era la época del ferrocarril, de la radio de bulbos, aún de los bombines y de damas valientes que reclamaban un trato más igualitario con los hombres. En esa época le tocó vivir a don Alfonso Caso.

Desde 1928, don Alfonso, abogado y arqueólogo, había llegado a Oaxaca, procedente de la ciudad de México, en busca de algunas respuestas a sus inquietudes científicas. Quería conocer los orígenes de los indígenas actuales de la región. Quería saber cómo eran y para qué servían los grandes edificios que se adivinaban en los cerros conocidos como Monte Albán.

Para ello, don Alfonso diseñó un proyecto arqueológico que consistía primordialmente en la realización de excavaciones en la Gran Plaza y en los mogotes que la circundaban; en 1931 ya era tiempo de llevar a cabo esos trabajos largamente planeados. Caso reunió a varios colegas y estudiantes, y con fondos propios y algunas donaciones inició la exploración de Monte Albán. Los trabajos empezaron por la Plataforma Norte, el conjunto más grande y más alto de la gran ciudad; primero la escalinata central y de allí en adelante la excavación respondería a las necesidades de los hallazgos y de la arquitectura. La suerte quiso que el 9 de enero de esa primera temporada, don Juan Valenzuela, ayudante de Caso, fuera llamado por los campesinos a revisar un terreno donde se había hundido el arado. Al penetrar al pozo que ya algunos trabajadores habían limpiado, se dieron cuenta de que estaban frente a un hallazgo verdaderamente espectacular. En una fría mañana de invierno se había descubierto un tesoro en una tumba de Monte Albán.

La tumba resultó ser de personajes importantes, como lo demostraban las magníficas ofrendas; fue denominada con el número 7 por así corresponderle en la secuencia de tumbas excavadas hasta el momento. La Tumba 7 fue reconocida como el hallazgo más espectacular de América Latina en su tiempo.

El contenido consistió en varios esqueletos de personajes de la nobleza, más su rica vestimenta y los objetos de las ofrendas, en total más de doscientos, entre los que se encontraron collares, orejeras, pendientes, anillos, bezotes, diademas y bastones, la mayoría elaborados en materiales preciosos y muchas veces procedentes de regiones fuera de los Valles de Oaxaca. Entre los materiales resaltaban oro, plata, cobre, obsidiana, turquesa, cristal de roca, coral, hueso y cerámica, todo trabajado con mucha maestría artística y con técnicas por demás delicadas, como la filigrana o los hilos de oro torcidos y trenzados en figuras extraordinarias, algo nunca visto en Mesoamérica.

Los estudios demostraron que la tumba había sido reutilizada varias veces por los zapotecos de Monte Albán, pero la ofrenda más rica correspondió al entierro de por lo menos tres personajes mixtecos que murieron en el Valle de Oaxaca por el año 1200 de nuestra era.

A partir del descubrimiento de la Tumba 7, Alfonso Caso adquirió un gran prestigio y junto con éste llegaron las oportunidades para mejorar su presupuesto y continuar las exploraciones de gran escala que había planeado, pero también llegaron una serie de cuestionamientos acerca de la autenticidad del hallazgo. Era éste tan rico y hermoso que había quien opinaba que se trataba de una fantasía.

El descubrimiento de la Gran Plaza lo realizó en las dieciocho temporadas que duró su trabajo de campo, apoyado por un equipo profesional integrado por arqueólogos, arquitectos y antropólogos físicos. Entre éstos se encontraban Ignacio Bernal, Jorge Acosta, Juan Valenzuela, Daniel Rubín de la Borbolla, Eulalia Guzmán, Ignacio Marquina y Martín Bazán, además de la esposa de Caso, doña María Lombardo, todos ellos renombrados actores de la historia de la arqueología de Oaxaca.

Cada uno de los edificios fue explorado por cuadrillas de trabajadores procedentes de Xoxocotlán, Arrazola, Mexicapam, Atzompa, Ixtlahuaca, San Juan Chapultepec y otros pueblos, comandadas por alguno de los miembros del equipo científico. Los materiales obtenidos, como las piedras de construcción, la cerámica, los objetos de hueso, de concha y de obsidiana fueron cuidadosamente separados para ser llevados al laboratorio, ya que servirían para indagar las fechas de construcción y el carácter de los edificios.

El minucioso trabajo de clasificar, analizar e interpretar los materiales llevó al equipo de Caso muchos años; el libro acerca de la cerámica de Monte Albán no se publicó sino hasta 1967, y el estudio de la Tumba 7 (El Tesoro de Monte Albán), treinta años después de su descubrimiento. Esto nos muestra que la arqueología de Monte Albán tuvo y aún tiene un trabajo muy laborioso por desarrollarse.

Indudablemente que los esfuerzos de Caso valieron la pena. A través de sus interpretaciones sabemos hoy que la ciudad de Monte Albán comenzó a construirse 500 años antes de Cristo y que tuvo por lo menos cinco periodos constructivos, que los arqueólogos de hoy siguen llamando épocas I, II, III, IV y V.

Junto con la exploración, el otro gran trabajo fue el de reconstruir los edificios para mostrar toda su grandeza. Don Alfonso Caso y don Jorge Acosta dedicaron muchos esfuerzos y una gran cantidad de trabajadores para reconstruir los muros de los templos, los palacios y las tumbas, y darles la apariencia que se conserva hasta nuestros días.

Para entender completamente la ciudad y los edificios realizaron una serie de trabajos gráficos, desde planos topográficos en los que se leen las formas de los cerros y del terreno, hasta dibujos de los contornos de cada edificio y sus fachadas. Igualmente, tuvieron mucho cuidado en dibujar todas las subestructuras, es decir los edificios de épocas anteriores que se encuentran dentro de los edificios que vemos ahora.

Al equipo de Caso le correspondió también la tarea de hacer una mínima infraestructura para poder llegar al sitio y sobrevivir semana tras semana entre la tierra excavada, los materiales arqueológicos y los entierros. Los trabajadores trazaron y construyeron el primer camino de acceso que aún hoy se utiliza, así como unas casas pequeñas que les sirvieron de campamento durante las temporadas de trabajo; tuvieron que improvisar también sus almacenes de agua y llevar todos sus alimentos. Fue, sin lugar a dudas, la época más romántica de la arqueología mexicana.

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