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El mexicano que fue héroe en la tragedia del Titanic

Conoce la historia de Manuel R. Uruchurtu, el mexicano que naufragó en el Titanic y que se convirtió en héroe por salvar una vida. ¿Habías escuchado hablar de este suceso?

31-08-2018, 1:22:57 PM

A bordo del legendario transatlántico británico viajaba Manuel R. Uruchurtu, un joven abogado cuya caballerosidad lo convertiría en héroe. O al menos eso cuenta la leyenda.

El Titanic fue el barco de vapor más moderno de su tiempo, pero también el naufragio más famoso del siglo XX. La catástrofe ocurrió entre la noche del 14 de abril y la madrugada del 15 de abril de 1912, en las heladas aguas del Atlántico Norte, donde el barco chocó contra un iceberg. A este acontecimiento se le han dedicado miles de páginas y cientos de horas en la pantalla. Pero, hasta hace poco, ningún mexicano figuraba en el episodio del “insumergible” coloso náutico.

Una historia desconocida: El mexicano que fue héroe en la tragedia del Titanic

Al cumplirse cien años del hundimiento, comenzó a circular la leyenda de “el héroe mexicano del Titanic”: Manuel R. Uruchurtu. La historia se había mantenido como una anécdota familiar, pero El caballero del Titanic, una biografía novelada escrita por Guadalupe Loaeza, popularizó a este singular personaje, inmortalizado en su tierra natal como símbolo de la caballerosidad y el honor.

El joven abogado y político Manuel R. Uruchurtu había nacido en 1872, en Hermosillo, Sonora. Provenía de una familia de clase alta, por lo que pudo estudiar Derecho en la Ciudad de México, donde se instaló, contrajo matrimonio y tuvo siete hijos. En el tiempo del porfiriato, Don Manuel era un influyente abogado y diputado federal, una figura muy reconocida en la escena política mexicana. Su trabajo fue conocido ante los tribunales internacionales porque disputó la pertenencia al territorio nacional del Chamizal que Estados Unidos reclamaba como suyo.

En 1912, mientras México se encontraba en plena Revolución Mexicana, Uruchurtu hizo una visita oficial por Europa. Ahí se detuvo unos días en Francia para visitar a su padrino político y mejor amigo, el general Ramón Corral, ex vicepresidente del gobierno de Porfirio Díaz, que se encontraban juntos en el exilio.

Hacia el fin de su visita, Uruchurtu reserva un lugar de vuelta en el barco Francia, que llegaría a Veracruz. Sin embargo, por caprichos del destino, el yerno de Corral había reservado un boleto en el Titanic, y decidieron intercambiar pasajes. Antes de embarcarse, el abogado escribió varias misivas: “París, Francia, 26 de marzo de 1912. Me embarco en Cherburgo el 10 de abril próximo en la mañana en el vapor Titanic”; “Madrid, España, 30 de marzo. Salgo el 10 del próximo abril a bordo del Titanic. Espero llegar el veinticuatro o veinticinco del mismo mes”, y al final, un cablegrama a Remigio Uruchurtu: “Embárcome”.

El día del hundimiento del Titanic

Con el boleto número 17601, en primera clase, Uruchurtu aborda el Titanic. Mientras el buque navega por las aguas del Atlántico, cerca de la medianoche fría del 14 de abril, choca con un témpano de hielo que raja la coraza del barco. Reinan el caos y la desesperación. No hay botes suficientes para todos. Miles de pasajeros pierden la vida congelados en el fondo del Atlántico.

Por su condición diplomática y su boleto de primera clase, Uruchurtu había logrado subirse al bote número 11. De pronto, apareció una dama inglesa que viajaba en segunda clase, Elizabeth Ramell Nye, con una niña en brazos y alegando que tenía un esposo y un hijo esperándola en Nueva York. Cuando los oficiales se negaron a dejarla subir, Manuel Uruchurtu se puso de pie y le cedió su lugar en el bote, pidiéndole a la mujer un solo favor: que en caso de morir, fuera a ver a su esposa y a sus hijos y les contara lo ocurrido esa noche. Años después, según relata la familia Uruchurtu, Elizabeth viajaría a México a cumplir con su palabra.

 

Aunque es muy inspiradora, muchos misterios envuelven esta historia. Por un lado, la escritora Guadalupe Loaeza ha declarado que no halló ningún documento que pudiera probar el hecho. Por otra parte, se ha difundido el rumor de que Elizabeth Ramell Nye no estaba casada en ese entonces y que nadie la esperaba en América, pero que usó ese argumento para despertar compasión. Independientemente de si es una leyenda o un hecho histórico, este relato abre dos preguntas, una por cada lado de la historia.

¿Podrías sacrificarte para salvar a otro ser humano? ¿Qué serías capaz de hacer para salvar tu vida?

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