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El son jarocho

Veracruz, además de puerto de nostálgicos encuentros y capital de un estado naturalmente exuberante, siempre se ha vanagloriado de ser la capital musical de México. Ha sido todo, desde el refugio de numerosos músicos cubanos-entre ellos Celia Cruz, Beny Moré y Pérez Prado-, hasta la escala predilecta de marineros rusos y el lugar obligado para todo mexicano que ansía volver agotado a casa.

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Es impresionante que la buena música tradicional haya sobrevivido aquí; largos años de competencia con las grandes orquestas de baile, las marimbas callejeras y los mariachis, no han logrado marginar a los grupos de son jarocho. Persisten los sones como La Bamba que se originaron en el siglo XVIII, cuya energía no deja de impactar lo mismo a los roqueros que a los directores contemporáneos de Hollywood.

Los años cuarenta y cincuenta son considerados como la edad de oro del son jarocho, época en que los mejores músicos acudían a México, desde lo más remoto del estado de Veracruz, para convertirse en estrellas del celuloide y del vinilo, en locutores de radio e imanes de los escenarios más prestigiosos de América Latina. A pesar del acelerado desarrollo de la ciudad de México y de los nuevos estilos de vida, no se extinguía el gusto por la música tan recurrente en los bailes y las fiestas del pueblo.

Con el arribo de una nueva generación desmemoriada el auge del son jarocho tocó su fin. Muchos artistas como Nicolás Sosa y Pino Silva regresaron a Veracruz; otros permanecieron en la ciudad de México, para morir sin fama ni fortuna, como fue el caso del gran requintista Lino Chávez. El gran éxito del son jarocho corresponde a una ínfima parte de su historia. La cima del éxito sólo albergó a unos cuantos, principalmente Chávez, Sosa, los arpistas Andrés Huesca y Carlos Baradas y los hermanos Rosas; en la década de los cincuenta, las calles de México eran el escenario de cantidad de soneros jarochos a los que no se les abría más puerta que la de la cantina.

Hoy, aunque sea difícil que algún talentoso músico de son jarocho se convierta en estrella, es cierto también que no falta trabajo en bares y restaurantes del puerto y de la costa, o bien para amenizar las fiestas en toda la región.

Hacia el sur de Veracruz, donde la cultura indígena diluye la fuerte presencia africana del puerto y otras regiones del estado, todavía se tocan sones jarochos en los fandangos, la fiesta popular jarocha, donde las parejas se alternan sobre la tarima de madera, agregando con su complejo zapateo una nueva capa a los densos ritmos elaborados por las guitarras.

MÚSICOS CON HISTORIA

A finales del siglo pasado, el son jarocho no tenía rival y los fandangueros solían celebrarse en todo el estado. Luego, cuando la moda del baile de salón irrumpe en el puerto con danzones y guarachas de Cuba y polkas y valses norteños, los soneros adaptan sus arpas y guitarras al nuevo repertorio, y añadieron otros instrumentos como el violín. Pino Silva recuerda que, en los años cuarenta, cuando empezó a tocar en el puerto, los sones no se oían sino hasta el amanecer, cuando la gente, ahora sí, abría el alma.

A Nicolás Sosa le sucedió algo parecido. Campesino y arpista autodidacta, ensayaba en el umbral de su casa para no molestar a la gente rodeado de mosquitos, y al poco tiempo estuvo viviendo de interpretar valses y danzones. Un día, en que se le ocurrió tocar unos sones “de pilón”, en la feria de Alvarado, un capitalino lo invitó a la ciudad de México proponiéndole hacer el viaje en marzo del año siguiente. La lejanía de la fecha de invitación motivó la desconfianza de Nicolás. Sin embargo, al poco tiempo, le avisaron que aquel señor le había dejado el dinero para su viaje a México. “Fue el día 10 de mayo de 1937 y ese día agarré el tren de aquí, yo sin saber a que iba”, recuerda Sosa, casi 60 años después.

Resultó que su mecenas era Baqueiro Foster, prominente compositor, productor y estudioso de música, además de excelente anfitrión: Sosa se hospedó tres meses en su casa situada a espaldas del Palacio Nacional. Baqueiro transcribía la música que el veracruzano había absorbido desde su infancia y que pensaba que a nadie le interesaba. Más tarde empleó aquellas transcripciones en su trabajo con la Orquesta Sinfónica de Jalapa y promovió a Sosa y su grupo para que se presentaran, varias veces, en el ambiente elitista del Palacio de Bellas Artes.

Haciendo caso omiso a las recomendaciones de Baqueiro, Sosa regresó a la capital en 1940, en donde permaneció treinta años. En ese tiempo participó en el cine y la radio, además de toca en diferentes clubes nocturnos. Su gran rival fue Andrés Huesca quien acabó por conseguir mayor renombre y riqueza que Sosa debido a su estilo sofisticado de interpretar el son original al que don Nicolás siempre permaneció fiel.

Como la mayoría de los soneros, Huesca nace en una familia campesina. su intuición para promocionar el son jarocho lo lleva a introducir modificaciones importantes: un arpa más grande para tocar de pie y composiciones modernas con menos espacios de improvisación vocal o de solistas instrumentales que, si bien conservaban el sabor jarocho, resultaba más “pegajosas”.

Por lo general, los músicos que invadieron la capital, en las décadas del auge jarocho, se fueron adaptando a un estilo más rápido y virtuosista que satisfacía más al público de los centros urbanos. Por otro lado, esta mayor rapidez también convenía al músico, especialmente en las cantinas, donde el cliente pegaba por pieza. Así, un son que duraba hasta quince minutos en Veracruz podía despacharse en tres, cuando se trataba de dar ambiente en una cantina de la ciudad de México.

Hoy en día, la mayoría de los músicos jarochos interpretan este estilo moderno a excepción de Graciana Silva, una de las artistas más afamadas actualmente. Graciana es una excelente arpista y cantante jarocha e interpreta los sones siguiendo las formas antiguas con un estilo más viejo aún que el de Huesca. Tal vez esto se explica porque, a diferencia de la mayoría de sus colegas y paisanos, Graciana nunca abandonó Veracruz. Su ejecución es más pausada, a la vez que profundamente sentida, con estructuras más complejas y adictivas que las versiones modernas. La Negra Graciana, como la conocen allá, toca tal como aprendió del anciano maestro que cruzó el río para iniciar a su hermano Pino en el arpa. A pesar de ser, como dice Graciana, “ciego en los dos ojos”, el viejo don Rodrigo, se percató que era la niña, quien lo observaba cuidadosamente desde un rincón del cuarto, la que iba a convertirse en una gran arpista de la música popular.

La voz de Graciana y su forma de tocar, “a la antigüita”, llamaron la atención del musicólogo y productor Eduardo Llerenas quien la oyó tocar en un bar de los portales de Veracruz. Se dieron cita para hacer una grabación extensa con Graciana, tocando sola, y también acompañada por su hermano Pino Silva en la jarana y con su excuñada María Elena Hurtado en una segunda arpa. El compacto resultante, producido por Llerenas, llamó la atención de varios productores europeos, los que pronto la contrataron para una primera gira artística por Holanda, Bélgica e Inglaterra.

Graciana no es la única artista que prefiere tocar sola. También Daniel Cabrera vivió sus últimos años cargando su requinto y cantando los viejos sones por todo Boca del Río. Llerenas le grabó 21 de estas joyas musicales, empapadas de una melancolía insólita dentro de la alegría jarocha. Cabrera murió en 1993, poco antes de alcanzar los cien años. Desgraciadamente, quedan pocos artistas con un repertorio semejante. La comercialización del son jarocho obliga a los músicos de la cantina incluir en su repertorio boleros, rancheras, cumbias y uno que otro éxito comercial del momento.

Aunque el repertorio jarocho se haya reducido, las cantinas son aún un importante impulso para la música tradicional. Mientras los clientes prefieran un buen son en vivo a lo que les ofrece la sinfonola o el video, muchos músicos podrán seguir ganándose la vida. Además, en la opinión de René Rosas, un músico jarocho, la cantina resulta ser un ámbito creativo. Según él, sus años de trabajo en estos lugares fueron los más estimulantes, porque, para sobrevivir, su conjunto tenía que manejar un repertorio enorme. Durante esa época el conjunto Tlalixcoyan, como se nombraba el de René Rosas y sus hermanos, produjo su primer disco, después de varias semanas de ensayo en la trastienda del Templo de Diana, una cantina de Ciudad Nezahualcóyotl.

El conjunto Tlalixcoyan fue contratado, el poco tiempo, por los dueños de un elegante restaurante. Ahí los descubrió Amalia Hernández, conductora del Ballet Folklórico Nacional de México, quien, con profesional intuición artística, integró a su Ballet al conjunto de los hermanos Rosas. A partir de este momento, para los hermanos Rosas, el Ballet representó un salario atractivo y seguro y la oportunidad de viajar por el mundo entero (en compañía de 104 colegas), a cambio de hundirse en una especie de coma musical por la reiterativa ejecución de un mínimo repertorio, noche tras noche y año tras año.

La gloria del son jarocho reside en la creatividad espontánea de cada interpretación. A pesar de que en la actualidad el cancionero jarocho más frecuente consta de sólo una treintena de sones, cuando se interpreta cualquiera de ellos siempre resulta en grandes y originales floreos en el arpa, en respuestas improvisadas en el requinto y en versos inventados al instante, normalmente con fuerte vena humorística.

Después de trece años, René Rosas salió del Ballet Folklórico para tocar en varios conjuntos importantes. Actualmente René, con su hermano el cantante Rafael Rosas, el notable arpista Gregoriano Zamudio y Cresencio “Chencho” Cruz, el as del requinto, toca para un público de turistas en los hoteles de Cancún. Su estilo sofisticado y las perfectas armonías en la guitarra muestran el gran alejamiento que guardan ahora con sus raíces originales. Sin embargo, las improvisaciones en el arpa y las respuestas furiosamente entretejidas del requinto, delatan su imborrable sangre sonera jarocha. Rafael Rosas, después de 30 años con el Ballet, no ha perdido su voz ronca y cachonda ni el antiguo repertorio de sus años mozos.

A mediados de los setenta, René dejó el Ballet para tocar con Lino Chávez que, si no era el más conocido de los requintistas jarochos, probablemente fuera el mejor.

Chávez, nació en Tierra Blanca y se mudó a la capital a principios de los cuarenta. Allí, siguiendo los pasos de Huesca y Sosa, trabajó en el cine, programas de radio y grabación. Formó parte de tres de los grupos jarochos más importantes: Los Costeños, Tierra Blanca y Conjunto Medellín.

Lino Chávez murió relativamente pobre en 1994, pero representa una gran inspiración para una generación de soneros veracruzanos, los que escucharon sus programas, cuando jóvenes. Entre estos soneros destaca el Conjunto de Cosamaloapan, actualmente estrella de los bailes del ingenio de aquel pueblo cañero. Dirigido por Juan Vergara, toca una versión impresionante del son La Iguana, en la que el ritmo y la voz revelan con claridad las raíces africanas de esta música.

EL SON JAROCHO VIVE

Aunque los buenos soneros actuales, como Juan Vergara y Graciana Silva ya tienen más de 60 años de edad, esto no quiere decir que el son jarocho esté en decadencia. Hay una buena cantidad de músicos jóvenes que prefieren el son a la cumbia, el merengue a la marimba. Casi todos ellos vienen de los ranchos o pueblos pesqueros de Veracruz. Una excepción notable es Gilberto Gutiérrez, cofundador del grupo Mono Blanco. Gilberto nació en Tres Zapotes, pueblo que ha producido excelentes músicos campesinos, aunque él y su familia son terratenientes del lugar. El abuelo de Gilberto fue el dueño del primer gramófono del pueblo y así trajo las polkas y los valses a Tres Zapotes, dejando a los nietos la tarea implícita de recuperar para el son el lugar que se merece.

De todos los grupos actuales de Veracruz, Mono Blanco es de los más atrevidos musicalmente, introduciendo algunos instrumentos diferentes al son jarocho y trabajando en Estados Unidos con músicos cubanos y senegaleses para producir un sonido distintivo. Sin embargo, hasta ahora, el mayor éxito profesional lo ha conseguido con las interpretaciones más tradicionales de los viejos sones jarochos, lo que dice mucho del gusto del público actual por esta música.

Gutiérrez no fue el primero en dar al son jarocho un sabor internacional. Siguiendo el auge de los años cuarenta y cincuenta, muchos músicos mexicanos viajaron hacia Estados Unidos y uno de los sones jarochos más antiguos logró invadir el hogar de millones de estadounidenses: La Bamba, con versiones de Trini López y Richie Valens.

Afortunadamente se puede escuchar La Bamba en una forma original, en la voz de la Negra Graciana y también en la versión de algunos grupos del sur del estado. Tales interpretaciones muestran el espíritu de una música que, como el ágil y apreciada iguana, puede enfrentar muchos contratiempos, pero se niega resueltamente a morir.

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