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El Valle de La Grulla, en la Sierra de San Pedro Mártir

Conoce este magnífico escenario natural en el estado de Baja California, y descubre en su asombrosa geografía -siempre verde-, enormes pinos de más de 50 m de altura. ¡Te sorprenderán!

Desensillé y me fui a recorrer el lugar a pie. Aunque he visitado el sitio varias veces, sigo asombrándome. A unos cuantos metros estaba el arroyo suavemente estruendoso, errante, decidido, vital, donde los caballos se refrescaron y nosotros también; a un lado, una pequeña poza llena de peces, donde podríamos nadar o pescar.

Acampamos al pie de un grupo de grandes pinos, protegidos por moles de granito, que en sus suaves formas nos permitían espacios para acurrucarnos. El pasto suave, cubierto por millones de hojitas secas de los pinos, ofrecía un cómodo colchón, en donde ya sólo bastaba extender la bolsa de dormir. Al ir preparando la comida entre todos, la plática se fue dando espontánea y los datos surgieron, alguien sabía de la historia, otro de la flora, la fauna, la arqueología y tantas cosas.

Nos encontrábamos a 2,100 msnm, en la meseta principal de la Sierra de San Pedro Mártir, la más alta de la península de Baja California, una mole de granito del Cretácico (100 millones de años de edad) que se alzó de entre el desierto, hasta casi tocar el cielo. El Picacho del Diablo, con 3,100 msnm, marca la cima de la sierra.

Este valle es el más bello y extenso de una serie que se encuentran en la meseta. Hace algunos miles de años, cuando el clima era más húmedo y frío, fueron lagos, pero poco a poco se fueron secando hasta como están hoy en día, cubiertos por arenal, cruzados por arroyos y delimitados por un denso bosque de pinos. De entre su flora destacan varias especies de pinos, siendo la más notable el ponderosa, que llega a alcanzar los 50 m de altura. También tiene juníperos, encinos, álamos, alisos y sauces.

Entre la flora muy especial que hay en La Grulla se encuentran los rosales de castilla (Rosa minutifolia), bella planta nativa de Baja California. Fue el padre Junípero Serra, en 1769, quien registró por vez primera esta flor para Baja California, y su hallazgo lo hace precisamente en esta sierra.

Moradores de ayer y de hoy

La Grulla se encuentra dentro del Parque Nacional Sierra de San Pedro Mártir, precisamente por sus características únicas como sitio natural. En cuanto a fauna, este lugar es el hogar de muchas especies; nosotros vimos víboras de cascabel, culebras de agua, venados cola blanca, coyotes, sapos, truchas, pero también existen otros que en esta ocasión no encontramos como borregos cimarrón, gatos montés, zorrillos, murciélagos, ardillas, halcones, cóndores entre otros tantos que viven aquí.

De pronto comencé a pensar quién habría sido la primera persona en descubrir este lugar, La Grulla, y en qué circunstancias. Recordé que fueron los indios kiliwa, del tronco yumano, los habitantes milenarios de esta sierra. Durante un tiempo inmemorial la habitaron, ella les dio refugio. La huella de su presencia está por doquier y se aprecia por los numerosos sitios de arte rupestre, campamentos, metates, morteros, puntas de flecha, tepalcates… Eran nómadas y cambiaban de campamento constantemente, dependiendo de las estaciones. Vivían principalmente de la cacería y de la recolección de bellotas y piñones. Los kiliwas llamaban al Valle de la Grulla con el nombre de “Casilepe”, ignorándose su significado.

Los primeros europeos llegaron en 1766. En dicho año, el misionero jesuita Wenceslao Linck, de origen checo, exploró el norte de la península desde su misión de Francisco de Borja, alcanzando la sierra, la cual cruzó desde la vertiente del Pacífico para salir por el desierto de San Felipe. Para 1794, después de extensas exploraciones, los misioneros dominicos establecen la misión de San Pedro Mártir de Verona. Inicialmente la ubican en el Valle de La Grulla, que ya desde entonces tenía dicho nombre, se desconoce la razón exacta, pero es de suponer que alguno de los exploradores vio una o varias grullas, de ahí la denominación. El sitio tenía abundante agua, pastos, tierra para cultivo, varias rancherías kiliwa, así que lo vieron apropiado. Sin embargo, con lo que no contaron los misioneros fue con el intenso frío que llega a sentirse en la parte alta, produciéndose cada invierno intensas nevadas que dificultan todo tipo de comunicación y trabajos. Así, la misión de San Pedro Mártir sólo duró unos pocos meses en La Grulla o “Casilepe”, trasladándola o un sitio más bajo, hacia el sur. Actualmente en La Grulla aún pueden verse unos cuantos vestigios de dicho intento misional.

Con los misioneros llegaron soldados y vaqueros, que posteriormente, al colapsarse el sistema misional se convirtieron en ganaderos. Ellos dieron vida a una de las tradiciones más antiguas de Baja California, la del vaquero. Precisamente los misioneros establecieron en La Grulla uno de sus sitios favoritos para concentrar el ganado en grandes corrales, ya que en el verano abunda el pasto. Así nació la ganadería en esta región, la que era atendida por los vaqueros misionales desde las misiones de Santo Domingo, al pie de la sierra, y la de San Pedro Mártir. Esta tradición aún la conservan los vaqueros de esta región hoy en día, debido a que casi no hay caminos.

Horas de ensueño

Varios días estuvimos acampados en La Grulla, a un lado de su manantial y de una gran poza que rebozaba de truchas, una subespecie endémica que abunda en los arroyos. Desde luego, parte del ritual diario fue el de retozar algunas horas intentando pescar algunas truchas, sí pescamos algunas, pero nos dimos cuenta de que sí “son muy truchas”.

Caminar fue una delicia, por su pasto verde  y abundante, su copiosa agua y las grandes piedras graníticas que abundan y le dan un toque muy especial. Iniciábamos la jornada con el café al calor de la fogata matutina, después el desayuno y a caminar por los alrededores para descubrir los encantos del entorno. Tomar fotografías, buscar la flora y la fauna, descubrir vestigios arqueológicos, visitar las huellas de la primera misión de San Pedro Mártir, cabalgar, era parte de la rutina diaria. Platicar con los vaqueros, conocer sus historias, sus leyendas, mitos, esperanzas y miedos.

El tiempo se pasó como agua entre las manos, entre pláticas vehementes, recorridos inolvidables, risas desvergonzadas, cantos en las fogatas, unos atardeceres imposibles, intensos, de esos que van más allá de la vista y llegan al alma. Fueron días en que estuve fuera del orbe común, experimentando y sintiendo un mundo de renovación. Es un privilegio poder conocer lugares como éste, así como son, sin la mano del hombre en ellos, verlos tal cual se crearon, tal cual evolucionaron, como la naturaleza los hizo, es un lujo poder admirar algo así con su pureza intacta, en la plenitud de su totalidad, en su belleza habitual, sin accesorios ni aditamentos.

Ha sido casi milagroso que hasta estos tiempos, el valle de La Grulla se haya conservado intacto. La razón principal es que no tiene accesos para vehículos. Se llega hasta él en cuatro horas de caminata. Ojalá nunca permitan accesos vehiculares a ninguno de los maravillosos valles de la Sierra de San Pedro Mártir, las futuras generaciones lo agradecerán.

¿Conoces este paraíso verde de Baja California? Cuéntanos tu experiencia… ¡Comenta esta nota!

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